Rebeca García Nieto: "hemos dejado de hacer caso a Hessel y se nos ha pasado ya la indignación"

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La escritora Rebeca García Nieto publica "Los que callan", una novela sobre la desilusión y el descreimiento de la sociedad española actual, una novela sobre la crisis y sobre el silencio, forma de aceptación y, a la vez, de la mano del protagonista, forma de rebeldía. 

 

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 

Doctora en psicología y psicóloga clínica, Rebeca García Nieto es una lúcida lectora, autora de artículos ensayísticos dedicados a autores como James Joyce, Virginia Woolf, William Faulkner o Thomas Pynchon. Colaboradora habitual de Jot Down y Letras libres, publica ahora Los que callan, una novela que, como afirma la propia García Nieto, es profundamente política. Ambientada en las elecciones de junio 2016, Los que callan es un retrato de una sociedad titubeante y descreída, una sociedad en la que conviven quienes todavía se aferran a la idea de que es posible cambiar las cosas con una gran mayoría de silenciosos que aceptan las reglas del juego, dándolo todo por perdido. En el centro de la historia está Toni, un joven silencioso que quedí anclado en 1982. Su vida es la del observador, la de alguien que no encaja en la sociedad de tu tiempo, alguien que, sin quererlo, ejerce una forma de resistencia al no adaptarse a la realidad que le rodea.

 

“Si él no es la palabra de Dios, entonces Dios nunca habló” dice la cita de McCarthy que da inicio a tu novela, en la que, no sé si en parte partiendo de Beckett, todos parecen buscar un sentido que nunca llega.

Sí, la cita está extraída de “La carretera”. Me pareció apropiado utilizarla como antesala de mi novela porque trata de la relación entre un padre y su hijo, algo importante en “Los que callan”, y, sobre todo, por cómo McCarthy caracteriza al Chico, el chaval protagonista, que mantiene la inocencia a pesar del mundo que le rodea. Dicho esto, mi novela no se desarrolla en un escenario apocalíptico, a no ser que entendamos que la situación política y social actual se parece al fin del mundo.

Si pensamos en la otra cita con la que da inicio la novela y que pertenece a Kafka, ¿podría decirse que ese dios, ese sentido, ese mesías, que se espera no ha llegado porque todavía esté llegara el día después de ese Juicio Final que no se ha realizado?

La otra cita es uno de los aforismos de Kafka. Es bastante críptico, como todo lo que escribió, y para algunos es una prueba de su ateísmo. Parece que Kafka cuestionaba la llegada del mesías anunciada en la religión judía y se burlaba de algunos rabinos que decían ser el elegido. De todas formas, mi novela tiene más que ver con Faulkner o Dostoievski que con Kafka. Personajes como Benjy, de “El ruido y la furia”, el Príncipe Mishkin, Bess, de “Rompiendo las olas”, o el Toni de mi novela encarnan la inocencia, la bondad, en un mundo que no se caracteriza precisamente por estas cualidades. A alguno de ellos el discurso de poner la otra mejilla, de sacrificarse por los demás… acaba saliéndoles caro. Por suerte, en mi novela no se llega a esos extremos.

Los que callan no es el relato de un juicio final, como diría Kafka, pero sí del juicio al que se someten los protagonistas, aquellos que, víctimas de la crisis económica del 2016 y carentes de toda esperanza.

La novela transcurre el día de las elecciones de 2016. Eran las segundas elecciones que vivíamos en menos de un año por la incapacidad de los partidos para formar gobierno. En las de 2015, la gente estaba ilusionada con los nuevos partidos, creían que era posible el cambio; en las de 2016, el ambiente era distinto. Se notaba el desencanto, parecía que la gente había dejado de creer en la posibilidad de cambiar las cosas.

Leemos: “El chico de la Lourdes pensaba que el auténtico logro del sistema, su mejor baza, eran los desencantados, esas personas que pensaban que no había ninguna salida a la situación”. ¿El sistema siempre prefiere a los que callan, a los desencantados antes que a aquellos que creen en el cambio?

Al sistema le conviene el inmovilismo. Si dejamos de exigir a los políticos que solucionen nuestros problemas, si seguimos sin luchar para que mejoren nuestras condiciones laborales…, nunca cambiará nada. Aunque todo sigue más o menos igual, hemos dejado de hacer caso a Hessel y se nos ha pasado ya la indignación. Somos los ciudadanos perfectos para el sistema.

La figura de Toni es particularmente interesante porque, si por un lado, Los que callan parece ser una novela sobre la espera de un Dios que no llega, Toni, el que no habla, el que observa, al que no se le entiende, parece presentarse como ese mesías al que, sin embargo, nadie reconoce.

Yo no definiría a Toni como mesías, aunque sí tiene rasgos similares a esas Christ-like figures que te comentaba antes –Benjy, Mishkin o Bess-, habituales en la literatura y el cine. Básicamente, Toni encarna la figura del hijo, y, como todo hijo, Toni contradice las expectativas de sus padres. A ellos, como a todos los padres, les habría gustado tener el hijo más guapo del mundo, el más listo, el más alto, etc. Pero nunca somos como ellos han imaginado. Buena parte de la novela cuenta cómo encajan los padres el nacimiento de su hijo. Al principio con angustia y desconcierto; luego con vínculos afectivos cada vez más fuertes. También en la relación con su hermana se observa una evolución. Primero tiene cierta pelusa, porque a Toni le quiere todo el mundo, pero poco a poco acabarán teniendo una relación tan especial como la de Caddy y Benjy.

¿Podría establecerse una cierta relación entre la figura de Toni y la de Bartlebly de Melville, en cuanto son dos seres que desde su no encajar en el mundo, conforman la única verdadera resistencia al sistema del que forman parte?

Bueno, a diferencia de Bartleby, Toni no elige resistir. Simplemente es como es. Uno de los personajes, el novio de su hermana, que está obsesionado con el discurso del 15-M, dice que Toni es un antisistema porque es inmune a la publicidad y no desea lo que deseamos los demás, pero esa opinión es más producto de su afán por politizarlo todo que otra cosa.

Describiendo un juego infantil, escribes: “Se podría decir que todos siguen desempeñando el papel que entonces les fue asignado: “unos siguen haciendo de mesías; otros, de discípulos fieles; otros, de traidores. Los más siguen desentendiéndose de todo, como Pilatos”.

En la novela, los juegos de los niños, que obviamente son ficticios, son un reflejo de la sociedad de la que forman parte. Los niños imitan a los adultos, así que no es de extrañar que sean competitivos hasta en las situaciones más insospechadas. Las dinámicas de los grupos de niños, por otra parte, no son muy distintas de las de los mayores. Siempre hay un líder y unos seguidores, siempre hay rivales y personas que prefieren no entrometerse. Por otra parte, en una ciudad como Valladolid, donde el factor religioso tiene tanto peso, es inevitable que este aspecto aparezca en muchos aspectos de la vida cotidiana.

A partir de la figura del telepredicador, se cuestiona las figuras mesiánicas, aquellas que quieren “salvarnos” o decirnos cómo tenemos que actuar

En la novela, el padre de Toni llama a la televisión “la Telepredicadora” por su afán de lavar el cerebro de los espectadores y porque, en su opinión, fomenta el consumo y la incultura.

¿El desencanto nos ha llevado como sociedad a lavarnos las manos como Pilatos?

Como te comentaba antes, creo que el desencanto hacia el tema político es evidente. Nada tiene que ver la situación actual con los tiempos del 15-M, cuando se pensaba que era posible vivir en un mundo mejor. Por suerte, sí que nos estamos mojando con algunos temas, como la lucha por la igualdad de la mujer. Las huelgas feministas de los últimos años y movimientos como el #MeToo, etc. son prueba de que sí somos capaces de movilizarnos por algo que afecta a una gran parte de la población y creo que, aunque queda mucho camino por recorrer, sí está dando algunos resultados.

En este aspecto, es interesante la figura del padre de Toni, un hombre comprometido que quiere que su hija vote, participe en las elecciones. Este conflicto entre padre e hija ¿podríamos leerlo en términos generacionales?

Sí, el conflicto intergeneracional está ahí. Se ve sobre todo en las discusiones que tiene el padre de Toni, que vivió la dictadura franquista y luego la Transición, con el novio de su hija, que, como he dicho, está vinculado al 15-M.

Leyendo Los que callan he pensado en Lectura fácil de Cristina Morales: ambas novelas, aunque de forma muy distinta, plantean la hipocresía en torno a las políticas de integración de las personas con alguna discapacidad, una hipocresía que, en tu caso, se revela en forma de abuso en el mundo laboral.

Durante los años de la crisis la explotación laboral afectó a todo el mundo, bueno, a todos los que tenían “la suerte” de tener un trabajo. La aprobación de la Reforma Laboral dio pie a todo tipo de abusos y se instaló una idea un tanto perversa: no tienes derecho a quejarte si trabajas 13 horas al día y cobras una miseria porque al menos tienes trabajo. En la novela, que es totalmente ficción, esto se lleva al extremo y la explotación laboral no respeta a nadie, ni siquiera a los más vulnerables. Por suerte, en la realidad no es así y estos colectivos están muy protegidos.

Asimismo, narras también la hipocresía del discurso católico del “querer al prójimo” al observar cómo todavía hoy hay sacerdotes que niegan el sacramento a las personas con Síndrome Down.

La relación de la Iglesia con estas personas ha sido siempre un tanto ambigua. He leído noticias sobre párrocos que han negado la comunión a personas con síndrome de Down en los últimos años, pero creo que estas noticias son una excepción, no la regla. En mi novela, el párroco trata a Toni como a cualquier otro chico y le hace participar en catequesis, el coro, etcétera. Le tiene mucho cariño.

Si antes te preguntaba si al sistema le convienen más los desencantados, ¿al discurso religioso, al poder eclesiástico, le conviene también los desencantados que se aferran al dogma antes que los que, incluso desde dentro, plantean que pueden cambiarse las cosas?

Imagino que sí, todos los sistemas prefieren la inercia, el inmovilismo. De todas formas, más que a la Iglesia como institución, en la novela se hace referencia a la comunidad religiosa, al grupo de vecinos que se agrupan en torno a una parroquia para ayudar a las familias del barrio que están en apuros. Esto, que parece cosa de épocas pasadas, ha vuelto a darse con la crisis cuando muchas familias tenían serias dificultades para llegar a fin de mes.

Los que callan es una novela en la que resuenan los ecos de Kafka, Joseph Roth o McCarthy y, al mismo tiempo, es una novela que se inscribe dentro de una determinada narrativa abiertamente política, desde Marta Sanz a Isaac Rosa, pasando por Belén Gopegui.

Más allá de que el protagonista tenga rasgos similares a otros personajes literarios que destacan por su inocencia, creo que la novela tiene, sobre todo, un fuerte componente social y, si se quiere, político. Se centra en los años de la crisis económica, que, para algunos, como José Luis Sampedro, es consecuencia de la crisis de valores que estamos viviendo. Al contraponer a personajes como un jefe sin escrúpulos la figura de alguien como Toni, se acentúa la falta de reparos de un sistema que no tiene miramientos con nadie. Toni funciona como una especie de espejo, ante él todo el mundo se retrata.