Juliana González-Rivera: “El viaje es lo que sucede detrás de los ojos, no delante”

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En La invención del viaje (Alianza) de la doctora en ciencias de la comunicación y viajera empedernida Juliana González-Rivera descubriremos miles de motivos para hacer el petate y echarse al camino, a la vez que conoceremos a personajes de renombre histórico que lo hicieron antes que nosotros.

 

 

 

 

Texto: DAVID VALIENTE JIMÉNEZ

 

¿Por qué una historia de viajes?

Porque no existe ninguna alegoría tan poderosa como el viaje para los seres humanos: sinónimo de casi todo, es nuestra metáfora de la vida, de la muerte, del conocimiento, de la escritura. Me interesa porque está presente en todas las dimensiones de la vida del hombre, y porque cada momento estelar de la humanidad tiene un viaje entre medias. A él le debemos la vida –el nacimiento es nuestro primer viaje–, y también la población de los continentes, las primeras explicaciones metafísicas, el método científico –que Descartes formuló tras sus desplazamientos–, el descubrimiento de los otros e incluso un montón de avances y artefactos que los viajeros llevaban y traían consigo en su trasegar. El viaje se inscribe en la formación de los pueblos y naciones, está presente en las religiones y ha influido en la historia del arte y de las ideas, en cada rama del pensamiento y cuestión política, académica o creativa. Además, recorrer el mundo lo ha hecho más comprensible, y la noticia de la lejanía se la hemos confiado a los viajeros. Por todo eso me interesó escribir su historia. La vida es lo que sucede mientras nos movemos. Sin embargo, rápidamente me di cuenta de que ese universo es tan vasto que cartografiar su mapa resultaba una quimera. Pero son precisamente los viajeros quienes nos han hecho creer en la utopía de que el mundo es abarcable, legible, que se puede resumir en unos cientos de páginas. Así, La invención del viaje responde a ese espíritu, uno similar al que motivó, por ejemplo, a Julio Verne a escribir en 1878 su Historia de los grandes viajes y los grandes viajeros, o a los autores de las colecciones de viajes que se publicaron por cientos entre los siglos XVII y XVIII. Soy consciente de que ésta es una historia que nunca puede ser completa. Hay omisiones, elipsis, muchos pendientes. Por eso el libro procura ser, más que un catálogo de viajeros, una radiografía del espíritu del viaje en cada época, aunque eso sea, desde luego, también una quimera.

¿Por qué el libro de viajes está envejeciendo tan mal?

El viaje ha vivido una auténtica explosión en el último siglo. Nos movemos más que nunca, viajar se ha masificado y se democratiza, pero ello ha supuesto un declive en el volumen y la calidad de publicaciones –con excepciones extraordinarias– y también hay menos interés en los lectores por el género del relato de viajes. Se consumen guías, folletos, fotografías de destinos turísticos, pero ya no leemos a los viajeros como antes. A esto ha contribuido un mal llamado periodismo de viajes, que más que periodismo es, en muchos casos, publicidad de lugares para ir de vacaciones, y cuando sí es información, anteponelos datos prácticos al relato que procura la comprensión de los otros.También la abundancia de imágenes, favorecida por las redes sociales, privilegia un tipo de mirada rápida, literal, superficial, casi siempre carente de capas de profundidad y muy lejos de contribuir a esa comprensión de la que hablaba. Todo eso es muy distinto a las historias memorables que solían traer consigo los grandes viajeros, esos que seguimos leyendo aunque pasen los siglos, como Humboldt o Marco Polo. Por eso es urgente que reaparezca ese personaje que se mueve, que busca,que va más allá del turismo e intenta comprender a los demás y comprenderse a sí mismo a través del contacto, el asombro, el camino, la curiosidad y la lejanía.

¿Podríamos decir que la literatura de viajes es el origen de todo relato?

El viaje está en el origen de las ciencias naturales y humanas. Las naturales empezaron con las expediciones científicas y de descubrimiento, y el periodismo, la historia, la literatura, la antropología, la etnografía y las ciencias de la cultura abordaron sus objetos de estudio, desde el principio, con recorridos, estancias y visitas. Heródoto, el gran narrador del siglo V a.C, fue el viajero al que consideramos padre de muchas de esas disciplinas, porque se desplazó para informarnos sobre la lejanía, para verificar lo que había oído decir sobre los otros y para explicar el por qué de sus costumbres o conflictos. También él fue antecesor de personajes como Rousseau o Lévi-Strauss, que buscaron en las distintas culturas aquellos elementos comunes que nos permiten conocer al ser humano. Asimismo, durante siglos, geógrafos, cartógrafos y escritores dependieron del viaje para describir el resto del mundo a sus contemporáneos. Los mapas se gestaron en movimiento y gracias a los relatos de los mercaderes y caminantes. Las primeras historias naturales y geografías se las debemos a historiadores-científicos-viajeros como Plutarco, Eratóstenes, Ptolomeo y Arriano. Los marineros y exploradores entre los siglos XVI y XVIII cartografiaron la tierra, su flora, fauna, gentes, costumbres y accidentes geográficos. Y en el Siglo de las Luces, el viaje y su relato fueron la forma por excelencia de instrucción, aprendizaje y conocimiento del mundo. Los ejemplos son cientos. El viaje es la gran metáfora del conocimiento en todas las épocas. Y desde siempre nos hemos puesto en ruta para alcanzarlo.

¿Es en Grecia donde nacen los reportajes y las crónicas?

Con Heródoto, precisamente. Él fue quizá el primero en salir al camino con preguntas propias de un reportero: “¿Cuáles son las causas de las guerras?”“¿Cómo son esos otros que no conozco y viven al otro lado de la frontera?” Viajó movido por la curiosidad, y lo que contó partía del deseo de informar a sus contemporáneos. De hecho, leía sus averiguaciones en público, narrando la lejanía de ciudad en ciudad. Jenofonte, uno de sus sucesores, se preocupó también por contar la crónica detallada de la expedición de los diez mil griegos que, al servicio de Ciro el Joven, intentaron derrocar al rey Artajerjes. Ambas obras están llenas de exotismo, color local, detalles sobre paisajes, flora, fauna y las costumbres extrañas de los pueblos que iban encontrando a su paso, elementos que hoy entendemos como propios del reportaje y la crónica. En Grecia también apareció la disciplina de la paradoxografía, que se desarrolló tras las conquistas de Alejandro Magno, y eran listas de noticias curiosas en las que se anotaba todo lo que a los griegos les merecía el calificativo de «asombroso» o «fuera de lo común», a cuyo margen se escribían pequeños relatos y razonamientos científicos. Todo ello tenía fines informativos. Incluso la Ilíada y la Odisea no se entenderían como ficción, sino que se recitaban en los colegios y se estudiaban como renglones de la historia. Pero quizá fue mucho antes: el primer periodista fue tal vez el primer hombre que se alejó de la tribu y regresó para contar lo que había al otro lado y les dijo a los otros: ¡esto es lo que vi! La información prima siempre entre las páginas de cualquier relato viajero.

El libro nos advierte de cómo el nacimiento del periodismo moderno está vinculado a la figura de grandes viajeros que narraban hechos de gran magnitud que ocurría en otros países o regiones del planeta, entonces, ¿fue antes el periodismo internacional que el local y el nacional?

La noticia de la lejanía se le confía al viajero, decía Walter Benjamin, y desde siempre conocer a los otros dependió de los pocos intrépidos que se arriesgaban a la aventura, a un camino lleno de “bárbaros”, idiomas distintos, rutas peligrosas, espacios incógnitos. Podemos considerar protoperiodistas a Heródoto, Jenofonte, Marco Polo, los cronistas de Indias o incluso a Julio César que nos daba la noticia desde el frente de batalla, durante la Guerra de las Galias. Pero cuando nace el periodismo propiamente dicho, la primera prensa contó con interés las noticias del mundo y tomó sus primeros temas del viaje: huracanes, naufragios, conquistas y descubrimientos. Además, sus padres fundadores eran todos viajeros: Prevost, Rousseau y Diderot en Francia, Addison, Fielding, Johnson, Defoe, Sterne o Walpole en Inglaterra. También, tras el boom del género del relato de viaje desde los siglos XVI y XVII, se consolidó un amplio público lector que demandaba y consumía información del extranjero con avidez, y esto favoreció que los textos de viaje abundaran en la prensa. Alrededor de 1850, el periodismo lo ejercían escritores de renombre, y las crónicas de los descubrimientos se publicaban tanto en los boletines de las sociedades geográficas como en los periódicos, donde los textos de ciencia e historia se mezclaban con noticias del mundo y relatos de lo exótico.

En su libro hace referencia a la visión exótica o decadente que Occidente tiene de Oriente, ¿usted cree que la visión que tenemos hoy se aproxima a la realidad, o por el contrario sigue anquilosada?

Nuestra visión de Oriente como tierra de ensueño, de misterio, poblada de monstruos o maravillas, se empieza a tejer desde que un navegante griego, seis siglos antes de Cristo, escribió́ un relato poblado por grifos, unicornios, seres de un solo pie y un solo ojo. Las crónicas se sucedieron, ampliando el repertorio de exotismo y leyenda. Esto se exacerbó entre 1500 y 1800, cuando los escritores occidentales, fascinados con los misterios del harén y de Turquía, escribieron cientos de páginas sobre ese territorio de monarcas, eunucos y concubinas, más de oídas que real. Y en el último siglo, como explica Edward Said con su teoría del Orientalismo, hemos construido, también gracias a los libros de viajes, una imagen de un Oriente intolerante, fanático, exuberante, ignorante e inferior. Se trata, como es lógico, de una visión parcial, incompleta. Pero el viaje es, por definición, el relato de un fracaso, la crónica de una incomprensión. Es una quimera pensar que solo por visitar un lugar podemos comprenderlo en su totalidad. El viajero honrado, el que usa el viaje como una metodología del entendimiento, se esfuerza por contar a los otros y comprender aquella alteridad con la que se encuentra, pero su relato siempre será parcial, incompleto. El libro se llama La invención del viaje precisamente porque los viajeros han creado la ficción con la que creemos conocer a los demás mientras podemos ir a comprobar si aquello que nos han dicho es cierto o falso. Sus relatos han dibujado la tierra, han inventado el mundo para nosotros.

¿Usted ve diferencia entre las inquietudes y los intereses que perseguían los aventureros occidentales de las inquietudes e intereses de los aventureros orientales?

Hay una anécdota curiosa en el relato de Guillermo de Rubruk, el fraile franciscano que Luis IX de Francia envió en embajada a las tierras del gran Kan en 1253. En Karakorum, cuando preguntó por los monstruos que, según las crónicas, habitaban esa zona del mundo, dijo haberse quedado sorprendido: los asiáticos le explicaron que ellos no habían visto ninguno. Pensaban que los hombres con cabeza de perro vivían en Occidente. La anécdota ilustra cómo en cada época los intereses de los viajeros han sido comunes, sin importar el origen. El viajero y su actitud ante el mundo suelen ser un reflejo de cada periodo histórico y, sus relatos, tesoreros y responsables de las cosmovisiones. El viaje ha evolucionado de la necesidad a la búsqueda de la libertad, y entre medias, sin importar si orientales u occidentales, los hombres nos hemos movido buscando instrucción, placer, exotismo, aventura, huyendo, exiliados, para evangelizar o conquistar territorios. En el libro intento sintetizar, en cuatro grandes motivos, esas razones por las que viajamos en todas las épocas, pero creo que sobre todas ellas prima la búsqueda. Viajero es el que busca. No sabe muy bien qué, pero esa carencia lo obliga a moverse, lo impulsa al camino. Y eso no varía dependiendo de donde se haya nacido.

Ibon Battuta dice: “Viajar te deja sin palabras, pero después te convierte en escritor.” ¿Para ser un buen escritor es imprescindible viajar?

El viaje es una escuela de la mirada y de la experiencia, y creo que ambas cosas favorecen al escritor, diría incluso que son indispensables. Saint Exupéry decía que “no hay que aprender a escribir, sino a ver, porque la escritura es una consecuencia, de la experiencia, y también de la mirada”. El viaje, entonces, nos ayuda a abrir los ojos, a ver lo nuevo, a activar los resortes de la curiosidad y la imaginación, que son asimismo motores para la creación. Además, creo que el viajero se hace viajero precisamente cuando escribe su viaje, cuando convierte ese trasegar en biografía. Porque viajar es, en sí mismo, un acto creativo, narrativo, incluso un ejercicio de estilo. De hecho, casi siempre lo que hace al viajero «viajero» es que hace de su viaje creación. El desplazamiento es una promesa de escritura, y uno de sus placeres está en evocarlo, en la posibilidad de plasmar su experiencia. Incluso, en los diccionarios, «viajero» es «el que escribe el viaje». El suyo es un acto creativo en varias vías: cuando viaja, cuando se inventa a sí mismo y cuando lo cuenta. Y además es llamativo que el viaje esté presente en todas las grandes obras de la literatura universal –el Quijote, Moby Dick, la Odisea– y en las que parece que no tienen tras de sí autores que no son comprensibles sin sus viajes, como Stendhal, Flaubert, Sontag, Levi o Yourcenar.

Ha habido pocas mujeres viajeras. ¿A qué se debe esta falta?

Seguro son muchas más de las que conocemos, y hay que celebrar los esfuerzos que hacen hoy tantas editoriales e investigadores por descubrirnos cada vez más mujeres viajeras intrépidas, curiosas, pioneras, visionarias. Tan valientes que no permitieron que nada detuviera su impulso ni su deseo de hacerse al camino, e incluso, disfrazadas de hombres para pasar desapercibidas, se las arreglaron para ser las primeras en llegar a muchos sitios. El viaje y las exploraciones han sido narrados casi siempre por voces masculinas, eclipsándolas a ellas muchas veces, pero estaban ahí, contribuyendo de un modo más trascendental del que imaginamos. Apenas ahora estamos recuperando muchos de sus escritos y aportes, conociendo en detalle sus biografías: Nellie Bly, Annie Londonderry, Gertrude Bell, Maureen Wheeler, Isabella Bird, Ida Pfiffer, Mary Kingsley, Isabel Barreto… En cada época ellas supieron encontrar la vía para moverse por el mundo: la peregrinación, el periplo cultural –aunque las excluyeran, por ejemplo, del Grand Tour porque no estaba previsto que viajaran solas–, o acompañar a sus maridos embajadores o científicos les sirvió como excusa para hacerlo. Asimismo, hallaron la forma de dejar constancia de su mirada singular e íntima a través de cartas, diarios y memorias. El impulso de partir es una pulsión común a todos los seres humanos, no distingue entre hombres y mujeres.

Usted afirma que la figura del viajero comprometido, que arriesgaba su vida, que ponía el alma en el viaje y era como una esponja, absorbía todo, ha muerto. ¿Cree que en pleno siglo XXI esa figura se podría recuperar?

No creo que haya muerto, pero sí que el viaje, el viajero y su relato están en crisis. La información rápida de internet, el turismo masivo y la ausencia de grandes relatos favorecen el peligroso viaje inmóvil del que hablaba Marc Augé, en el que no se mueve ni la mente ni la imaginación. Vivimos en una época literal, que disfruta de los espejos: la autorreferencia es la tendencia de nuestro tiempo, como decía Pedro Sorela, y el relato de viajes contemporáneos, desafortunadamente, están lleno de autores que en lugar de ver, van a reconocer lo que se supone que tienen que encontrar y recrean su paso por los lugares en lugar de favorecer la comprensión de los otros. Sin embargo, grandes viajeros siguen existiendo, al margen del turismo de masas. Esos que entienden que lo que importa no es el paisaje, sino lo que sugiere, cronistas que entienden su relato como arte, capaz de interpretar y formular nuevas propuestas de comprensión. Hoy existe el peligro de que las imágenes sustituyan a los mitos. Hacen falta nuevas Troyas que representen todas las ciudades, Ulises que sean todos los hombres, viajeros que sepan convertir la historia en mito y relatos de viaje como metáfora de la vida, de la muerte, del conocimiento y de la escritura. Creo que es posible. Entre esos millones que viajan sin ver, todavía hay quienes se atreven a cruzar realmente la frontera y a mirar con ojos propios, que son los de la curiosidad y el asombro. Ellos son los que todavía nos hacen soñar con lo que hay “al otro lado” y se convierten en un modelo de hombre libre: siembran en otros la inquietud sobre la lejanía, para que, como él, salgan al camino e intenten descubrir esa sabiduría que solo provee la ruta. Como digo en el libro: “el relato de viajes no ha muerto. Pero si agoniza hay que reinventarlo, resucitarlo, seguir buscando, porque cada época necesita sus viajeros y la nuestra no es la excepción. Es urgente que reaprendamos a viajar, a ver. Para, otra vez en la ruta, podamos escribir la historia de nuestro tiempo de una forma más fidedigna que la de los espejos”.

¿Cómo es la relación de las nuevas tecnologías y el viaje?

Por un lado, las tecnologías digitales nos han hecho creer que el mundo está al alcance, que podemos recorrerlo y conocerlo sin desplazarnos, y que ya no es necesario que se nos informe sobre la lejanía. Esto sucede, en parte, porla ilusión de las imágenes, que parece que nos acercan y hacen nuestro mundo más comprensible, pero no es cierto. A su vez, una suerte de preciosismo fotográfico falsea el mundo e invisibiliza realidades que no son fotogénicas, que no son objeto de likes en las redes sociales. Sin embargo, hay ejemplos excepcionales en los que las nuevas formas del relato contemporáneo, que integran distintas narrativas digitales —redes sociales, 360, transmedia, realidad virtual y aumentada—, se empiezan a emplear para contar el mundo y favorecer la comprensión de los otros y sus problemáticas. Pero más allá de las tecnologías y de las formas de contar, creo que el viaje es lo que sucede detrás de los ojos, no delante, y eso no se puede fotografiar ni comunicar a través de formatos. El viaje no es solo una acción sino una sensación, una emoción, un espíritu, y también una huella. A veces, incluso una herida. De cualquier modo, una experiencia transformadora y singular de la que no se sale ileso. Pero hoy las tecnologías dificultan la distancia que es necesaria para mirarnos mejor desde lejos, para que esa transformación ocurra. Parece que nos acercan, pero compartimos más informaciones, me gusta, posts, chatsy tuits que realmente acercarnos y construirnos a través del contacto. «Entender» y «conocer»suceden después del extravío, tras alejarnos del yo y las certezas que tenemos asumidas. Y por eso esa ilusión de cercanía no contribuye a la comprensión. De hecho, nos mantiene en nuestro lugar habitual aunque nos movamos. Y para viajar hay que irse.