“Hoy, más que nunca, hay que ocupar la calle”

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texto MILO J. KRMPOTIC  foto SAMUEL DE ROMAN

Anna María Iglesia nos habla de “La revolución de las flâneuses” (WunderKammer).

La redactora jefe de Librújula firma este ensayo dedicado a las escritoras, pensadoras y activistas que, aunque invisibilizadas por la tradición, no dudaron en ocupar el espacio urbano con su deambular crítico, simbólico de su lucha por unos derechos que incluyen la existencia en solitario, la huida del consumismo, la autoría y, en definitiva, la insubordinación.

Aún hay quien no se ha enterado de que la relación “machismo-feminismo” esconde una falsa dicotomía: lo uno es restrictivo-agresivo y lo otro, inclusivo y universal. En cambio, el término “flâneuse” sí parece esconder una oposición, llegas a identificarlo con la «anti-flâneur». ¿Por qué?

El concepto de “anti-flâneur” proviene de la lectura que realiza Catherine Nesci de la figura de la flâneuse y tiene que ver con el hecho de que la flâneuse se contrapone a la figura del flâneur no solo en cuanto mujer, sino en su relación con la ciudad y, consecuentemente, con el espacio público. La flâneuse es aquella que se reivindica como sujeto y no como objeto, tal y como se representaba a la mujer. La flâneuse es aquella que construye su propio relato urbano desde su propio yo, desde su propia experiencia y, por tanto, se representa como sujeto que se autolegitima. En este sentido, es también un anti-flâneur en cuanto se construye desde la transgresión social, política y cultural.

Durante el siglo XIX, la mirada hegemónica masculina (y machista) equipara a la flâneuse con la prostituta. Y, en el XX, una cita de Sylvia Plath nos remite a “la fémina siempre en peligro de ser asaltada y agredida”. En uno y otro sentido, la mujer que pasea, la mujer curiosa, queda reducida a la genitalidad…

Como señala Rebeca Solnit, no es casual que cuando se habla de “mujer de la calle” o de “mujer pública” se aluda a la prostituta, mientras que un hombre público es alguien que es reconocido socialmente, alguien con relevancia social. Desde siempre, la mujer ha sido excluida de la calle, del espacio urbano. Quien transgredía esta norma era la prostituta y lo hacía en cuanto objeto, en cuanto mercancía que podía ser comprada para satisfacer los placeres sexuales masculinos. La hipocresía moral encerraba a la mujer en el espacio doméstico, a excepción de la prostituta, a la que se “permitía” salir a la calle para ser comprada, para ser consumida como mero objeto. A partir de aquí se entiende la frase de Plath: la mujer que está en la calle es aquella que puede ser agredida o asaltada en cuanto puede ser consumida, en cuanto es considerada como mero objeto. Está lógica es la que sigue estando detrás de las agresiones que diariamente sufren muchas mujeres, es la lógica que está detrás de denuncias de distintas formas de violencia, llegando hasta el asesinato, sufridas por las mujeres todavía hoy. Y, lo que es peor, esta es la lógica que se reafirma cada vez que, frente a una violación o asesinato, alguien sostiene que “es mejor que una mujer no vaya sola en ciertos lugares y a ciertas horas”. Este argumento lo seguimos escuchando, pone el acento sobre la víctima y no sobre el victimario, y perpetúa la idea de que el espacio urbano, la calle, el espacio público es un espacio no del todo apto para la mujer. En este sentido, todavía hay mucho que hacer, todavía hoy las mujeres tenemos que reclamar nuestro derecho a la ciudad, un derecho que no puede sino sustentarse en la libertad que confiere el estar seguras en la ciudad, el sentirse legitimadas y respetadas. El ser reconocidas como sujetos, nunca como objetos.

A la vez, si hemos de extender la tendencia hasta este siglo XXI, aunque la mujer parece haberse adueñado de su parte del paisaje urbano, el miedo permanece. La paseante necesita de otros paseantes, necesita de testigos, para poder ejercer su subjetividad en libertad…

Como decía antes, el miedo permanece. Basta ver los testimonios de campañas como #YoTecreo para darse cuenta de que el miedo pervive. Si no fuera así, ninguna mujer, al volver de noche a casa, pediría al taxista que la esperara hasta que entrara en el portal o que, de regreso a casa a pie, llamara por teléfono a una amiga para estar siempre localizada. Asimismo, este miedo no perviviría si determinados hombres no entendieran que una mujer por la calle no debe ser objeto de comentarios, toqueteos, miradas… es decir, de diferentes formas de violencia, que tienen su máxima expresión en la violencia sexual y en el asesinato. Bajo este punto de vista, la figura de los otros es esencial: la lucha por reclamar el derecho de la ciudad no debe ser exclusiva de la mujer, sino también del hombre. Es la sociedad en su conjunto la que debe defender el derecho a la ciudad de cualquier sujeto, empezando por la mujer, pero no solo. Las agresiones homófobas que están llenando desgraciadamente las páginas de los diarios en estos días son responsabilidad de todos: en cuanto testigos, tenemos que actuar, no permanecer callados, pues el silencio es una forma de aceptación de la violencia. En este sentido, los otros son imprescindibles para hacer frente a una lucha que nos implica a todos y que tiene que ver con la defensa de la libertad de cada cual.

Por otro lado, si tal y como dices hay que reivindicar a la flâneuse no como paseante, “sino como crítica, como ensayista, es decir, como voz pública”, queda claro que este ensayo te convierte en esa extensión de la flâneuse. Pero ¿eres tú misma paseante? ¿Nació alguna de las ideas de este texto mientras recorrías las calles de Barcelona?

Este texto no nació de mi experiencia como paseante. De hecho, no he querido introducir ninguna referencia personal en el libro en cuanto quería que fuera una reflexión que fuera más allá de mi misma y es que hubiera sido reductivo delimitar la reflexión a mi experiencia personal, que no creo que resulte de particular interés ni tampoco es paradigma de nada. No soy yo la que me vaya a definir, lo único que puedo decir al respecto es que soy paseante en cuanto soy ciudadana, en cuanto soy mujer que se reivindica como tal en el espacio público. En mi opinión, toda mujer es paseante, toda mujer debe ser flâneuse en el sentido que debe reivindicarse en el espacio público y su voz es tan legítima como la de cualquier otro. Todas, pero también todos, deberían ser paseantes críticos en cuanto sujetos que constantemente cuestionan el sistema —el mapa, el relato hegemónico… Si dejamos de ser críticos, aceptamos el sistema impuesto, nos convertimos en ciudadanos pasivos; es decir, en títeres del poder. Para no ser estos títeres, la mirada crítica y la voz contestataria son imprescindibles.

Hablando de esa doble mirada, al leer tu ensayo me he acordado una y otra vez de Elvira Navarro y de Esther García Llovet, dos creadoras que han escrito sobre sus paseos pero que están especialmente interesadas en la periferia urbana, no en su centro. Sin ánimo de hacer tendencia de lo que podría no ser más que una coincidencia, ¿crees que quizá ese interés por lo periférico responde a la voluntad de explorar y de reivindicar aquellos paisajes que tradicionalmente se dejaron de lado? ¿Que en ese sentido puede haber una relación directa entre periferia y flâneuserie?

Creo que el interés por lo periférico tiene que ver, en todo caso, con el deseo de reivindicar lo periférico como algo central. Lo periférico es lo subalterno, aquello que permanece fuera del centro porque no interesa, porque no quiere mostrarse, porque se oculta. Lo periférico son, como diría Foucault, los espacios otros: el manicomio, la cárcel, las barriadas, los centros de internamiento, los barrios que no aparecen en los mapas, los sujetos anulados por el relato… En este sentido, creo que el interés por la periferia es su legitimación. Por tanto, la relación entre periferia y flâneuserie reside en la voluntad de poner el foco en aquellos espacios y sujetos que fueron y son silenciados, reside en la legitimación de sujetos anulados en espacios tachados del mapa, real y metafórico. Podemos entender por periferia desde determinadas zonas urbanas hasta aquella historia cultural, literaria, artística, científica —pienso en todas aquellas mujeres matemáticas que hicieron posible a través de sus estudios, hasta ahora no reivindicados ni reconocidos, la llegada a la Luna— protagonizada por mujeres que han permanecido fuera de los manuales y los libros de historia, que han sido excluidas del canon. Su relación con la flâneuserie reside en su reivindicación, en su legitimación.

Al analizar a las protagonistas de algunos cuadros de Hopper, hablas de una conquista de la soledad, de una soledad legitimada. Y me parece interesante. De algún modo, es como afirmar que la revolución consiste en que a la flâneuse la dejen por fin en paz…

Efectivamente, porque defender que te dejen en paz implica defender la libertad de acción, de movimiento, de expresión. Que te dejen en paz significa ser libre de actuar sin ser sometida al escrutinio, sin ser juzgada, significa apropiarse del propio espacio y defenderlo.

Resumiendo un poco, el proceso revolucionario que describes para la flâneuse vendría a ser el siguiente: 1) Objeto silencioso/silenciado de una mirada masculina; 2) Paria o extranjera o mujer disfrazada de hombre; es decir, sujeto desplazado pero al menos dueño de su mirada y experiencia; y 3) Yo creador que cuestiona el discurso oficial. ¿Falta alguna etapa para alcanzar la igualdad o ahora es cuestión de pulir los aspectos secundarios de la tercera? Por decirlo de otro modo, los muros a derribar, ¿siguen siendo paredes maestras o son más bien tabiques?

Hay muros, más que tabiques, sobre todo si miramos más allá de nuestro propio contexto. En Arabia Saudí las mujeres conquistaron el derecho a conducir solo el año pasado, ¡en el 2018! ¿Cómo no hablar de muros? Y aquí, en nuestra realidad, tenemos un partido como VOX, apoyado, por mucho que lo nieguen, por la derecha representada por PP y Ciudadanos, que quiere anular la ley del aborto. ¿Qué significa esto? Pues que el sistema se apropia del derecho de la mujer sobre su propio cuerpo, que a la mujer se la desapropia de su cuerpo. Pensemos en la gestación subrogada, ¿acaso no es una forma de reconvertir el cuerpo de la mujer en un objeto al servicio del mercado? Y, volviendo a VOX, estamos delante de un partido que niega la violencia de género y rechaza el feminismo tachándolo de “ideología de género”. No solo creo que todavía hay muros, sino que estamos en un momento en el que desde la derecha y la extrema derecha se pretende reconstruir muros abatidos. Afortunadamente, socialmente somos mucho más consciente que antes y más tenemos que serlo. Hoy más que nunca, hay que ocupar la calle, solo así podremos abatir los muros todavía existentes e impedir que se construyan unos nuevos.

Finalmente, entroncando con la primera pregunta, ¿no puede existir una flâneuserie oficialista? ¿Solo puede existir cuando se actúa-piensa-escribe a la contra?    

Para mí, sí. La flâneuse oficialista es como el intelectual integrado: un contrasentido. Más que actuar o pensar a la contra, se trata de actuar y pensar siempre desde una posición crítica, siempre desde el libre ejercicio del contra-poder, es decir, nunca como sujetos pasivos, sino como sujetos activos que intervienen críticamente en la res publica.