Los mil ecos de la verdad

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texto ANTONIO ITURBE  foto ASÍS G. AYERBE

Elia Barceló está en el momento crucial de su carrera como escritora. Sigue reinando en la ciencia ficción con novelas de una alta calidad literaria. Y también está en el top de la novela juvenil: acaba de ganar el Premio Edebé con El efecto Frankenstein, una historia con saltos en el tiempo donde hay aventuras pero también una poderosa reflexión sobre quién es el monstruo: el ser desorientado o el que lo abandona a su suerte. Pero hace dos años salió a conquistar más territorios y dio un golpe de autoridad en la novela sin etiquetas con El color del silencio. Por eso hay expectación por su nueva novela “realista”, si es que eso existe. A lo largo de las páginas de El eco de la piel desarrolla un enigma con habilidad de relojera. La protagonista, una joven llamada Sandra, un poco quejica y mucho más conservadora de lo que ella misma cree, es contratada por el hijo de una empresaria de éxito en todos los frentes de su vida que revolucionó el sector del calzado. Sandra va a ir abriendo puertas y se va a introducir en el laberinto de una vida ajena llena de luces y sombras y secretos guardados bajo muchas llaves hasta hacer aflorar la verdad. O eso cree.

La novela explica cómo Sandra trata de recomponer el puzle de la vida de Ofelia, pero se encuentra piezas con aristas muy diferentes hasta que componemos la figura completa. ¿Hemos de juzgar positiva o negativamente a Ofelia?

Ofelia es salvajemente contradictoria. Hay momentos en que me gusta y otros en que no. Pero estoy contenta con cómo me ha salido porque es como la vida misma. Hay personas que por momentos te parecen maravillosas y en otros te parecen lo peor. Eso es lo que hace que un personaje sea redondo, que se pueda mirar desde muchos puntos de vista, porque es que los seres humanos, todos y cada uno de nosotros, somos así.

Vemos cómo Sandra tiene intención de hacer aflorar su verdadera historia e incluso está convencida de haberlo logrado, pero se equivoca. ¿Escribir una biografía verdadera es imposible?

En esta novela me planteo fabular sobre la construcción de la historia de alguien que ya no vive y, por mucho que busques, nunca se logra reunir su vida completa. Pero es que eso no solo pasa con los muertos, ni tú mismo tienes todo el registro de todo lo vivido, es imposible. En esa búsqueda de reconstrucción biográfica se encuentran piezas y, con esa manía nuestra de dar sentido al mundo, tú tratas de construir una vida que suene posible, coherente. Y lo que falta por en medio te lo inventas. Si encuentras una hoja de diario, una carta, una foto, le quieres dar sentido aunque te falte todo el contexto. Por ejemplo, hay una foto de grupo de un Premio Edebé en la que estoy pegada a Carlos Ruiz Zafón. Yo no lo conozco, nunca he hablado con él, no tenemos ningún tipo de relación, pero si alguien al paso de muchos años encuentra esa foto tal vez pensará que nos conocíamos, puede llegar a pensar que éramos buenos amigos.

Tal vez se escriben novelas para que las historias se cierren y no nos dejen en la eterna incertidumbre.

Decía Cortázar que la coherencia siempre alegra, vaya usted a saber por qué.

Esta es una novela donde el conflicto no explota ruidosamente, a la manera del thriller, sino que se va cocinando. ¿La maceración de la historia tiene el riesgo de perder a algún lector por el camino?

No sé si la novela va a gustar o no, a pesar de que sea muy legible, pero parte de una idea más profunda. En esta novela se me ocurrió antes el “cómo” que el “qué”. Es el relato de Sandra, que va reconstruyendo un pasado y empieza a ir encajando las piezas. Y el lector acompaña ese proceso y va viendo dibujarse la figura de Ofelia. Las piezas encajan y cree que por fin lo ha comprendido, pero entonces es cuando todo da la vuelta y se empieza a desvelar qué sucedió realmente. Yo podría haber intercalados saltos de la acción en el tiempo, conozco todos los trucos del oficio, sé lo que podría haber hecho para que vendiera más, pero no lo he querido hacer.

¿Interpelas a la inteligencia narrativa del lector?

Puedes leer la novela en sus tramas y pasarlo bien, pero también puedes reflexionar sobre cómo todo lo que lees es un artefacto. He querido también jugar con el lector, incluso engañarlo porque esa es la gracia, proponerle que al final observe el mecanismo de la propia narración. Esta novela tiene algo de desafío.

Aquí, como en muchas de tus novelas, el pasado y el presente tienen conexiones inesperadas. ¿El tiempo es uno de los asuntos que más marca toda tu obra?

Hay dos cosas muy importantes para mí: el tiempo y el amor. Son centrales, las cosas que de verdad nos marcan como seres humanos. Desde pequeñita sufro, o gozo, de una cosa que mi marido llama hiperucronia, que es la sensación constante del tiempo que pasa. Y la comparación entre lo que fue, lo que es, lo que quizá sea, los diferentes futuros posibles y los diferentes pasados posibles. Cuando voy caminando por la ciudad veo imágenes de cómo pudieron ser las cosas cien años antes, cómo vestiría la gente, cómo sería ese lugar y cómo serán cien años después. Se me viene a la cabeza, no lo hago adrede, no lo puedo evitar.

En ese juego de espejos de introducir la ficción dentro de la ficción, no siempre hay una voluntad de tergiversar, sino que la memoria se desvía con los falsos recuerdos. ¿Nos mentimos sin darnos cuenta?

Uno recuerda cosas que le han contado otros, pero llega al convencimiento de que las vivió, de que estuvo allí, e incluso se acuerda y cree recordar con detalle algo que no sucedió. Y, cuando te quedas como único superviviente de esa memoria, tu verdad se convierte en la verdad.

Tus novelas son de relojería. El hecho de que seas profesora de escritura en la universidad en Alemania, ¿hace que para ti la estructura sea sagrada?

Es fundamental, sin estructura firme el edificio se cae. Pero soy muy intuitiva. Lo que pasa es que cuando yo me siento a escribir ya llevo mucho tiempo pensando en esa historia. Mientras escribo una novela yo ya estoy dando vueltas a la siguiente en mi cabeza.

¿Y eso no te perturba?

En la que estoy escribiendo ya sé a dónde voy. Le dedico tiempo y trabajo, claro, pero ya tiene su camino. En los ratos libres, cuando estoy haciendo un sofrito, me vienen ideas para otras novelas. También me pasa por las noches antes de dormir, que voy barajando ideas y saltando de historia en historia hasta que me duermo.

¿Y eso no te crea ansiedad? ¿No empiezas a dar vueltas por la cama como una peonza?

Sí, a veces me cuesta dormir cuando me engancho a alguna idea. Hay veces que estás pensando y sabes dónde quieres llegar y las dos escenas cruciales, pero por en medio a veces me extravío. Recuerdo una vez en el piso de la playa cuando estuve toda la noche paseando por el balcón y, como es muy pequeño, pues arriba y abajo, de un lado al otro, pensado cómo solucionar un problema en la novela. Es que molestas más si te quedas en la cama, el otro se da cuenta de que te vas poniendo como rígido, agitado. Mejor levantarse, tu pareja ni se entera si no enciendes muchas luces. Hasta que a las cinco de la mañana dije: "¡Ya está!". Y me pude ir a dormir. Y al día siguiente lo escribí.

En el libro se plantea el dilema entre contar la verdad o cumplir el encargo de hacer una biografía que no entre en las zonas oscuras del biografiado. Si Sandra fuera una alumna tuya y te consultase, ¿qué le recomendarías que hiciera?

Yo soy antigua, de la ética. Eso sí, esa verdad la has de haber comprobado, no valen habladurías. Una vez que has encontrado documentos o cartas que prueban que traicionó o mató has de pensar: "¿Es necesario contarlo?". Si es necesario, lo haces.

Pero algo que pasó hace cincuenta, setenta o cien años, ¿cómo decidir si es “necesario”?

Si ves que en una ciudad están poniendo muchas estatuas a un señor y tú descubres que era un hijo de su madre y lo contrario de lo que parecía, entonces creo que tienes derecho a decir lo que hay y es lo que se debe hacer. Pero si estás haciendo la biografía que te ha encargado un señor y descubres que su madre tenía amantes a punta de pala… ¿para qué lo vas a contar? Lo único que vas a hacer es daño a su hijo y qué más le daría con quién se acostaba su madre. Son decisiones difíciles, especialmente cuando la biografía no es de encargo y tú has de marcar los límites. Por eso yo jamás he escrito una biografía, son mis personajes los que se atreven con eso.

¿Y si es de encargo?

Si se trata un encargo para sobrevivir, pues salvo que encuentres cosas moralmente inaceptables, si se trata de turbulencias privadas, haces lo que te han mandado. También hay gente que encarga y que escribe novelas para que las firmen otros. Estamos en un mundo en el que hay que comer.

Eres una autora muy dotada para la ciencia ficción. ¿En esta novela no te ha tentado en ningún momento traspasar la frontera de lo real?

Tengo muy claro dónde eso entra y dónde no. Hay historias en las que me parece natural que se cruce la línea del tiempo, que un fantasma vaya a hablar con el protagonista. Yo en cada novela quiero una cosa. Pero cuando estoy haciendo una novela realista, estoy en eso. Para mí, en esta novela la cuestión era hablar de que todo es narración, que los seres humanos somos textuales y estamos hechos de palabras. Nos narramos, nos narran, al final lo único que queda es lo que otros han dicho de nosotros. Lo que tú dices de ti mismo suele desaparecer contigo. Y la identidad, en parte, está hecha de palabras y de una suma de ecos en que se acaba perdiendo el sonido original del que partió. La vida es un juego de espejos y ya no sabes en qué punto estás de ese laberinto. Añadirle una dimensión fantástica era rizar el rizo: la gente se habría vuelto loca y yo también.

En esta novela, donde de una manera u otra todos los personajes ocultan algo, las dos videntes resultan ser los personajes más generosos e incluso sensatos de todos. ¿Respetas a este tipo de personas?

Sí, respeto a la gente que tiene capacidades diferentes a las habituales. Yo he conocido a lo largo de la vida no a muchas, pero sí a tres o cuatro personas que tenían algo, una capacidad que los demás no tenemos. Y todas ellas han sufrido mucho. Imagínate que eres una persona que, cuando ves a alguien, sabes qué enfermedad tiene, sabes que se va a morir. Tiene que ser horroroso. Si se lo preguntan, pues le pueden aconsejar que se revise el páncreas o lo que sea, pero si están en un autobús y ven a una persona, ¿qué hacen? ¿Van y se lo dicen? Cuando topas con este tipo de personas especiales suele ser gente generosa que ha de luchar contra el mundo porque nadie se lo quiere creer. También hay timadores, claro, a montones.

En el libro también hay un sexo bastante variado y agitado. ¿Por algún motivo?

Uno de los temas centrales era ese. Todo el mundo piensa que la gente de hace cien años eran muy básicos, muy decentes, sin ningún tipo de imaginación erótica, Se cree que todo era tipo chico-chica y posición del misionero… pero nunca fue así. Nos creemos que lo hemos inventado todo y es mentira.

Hablabas antes de que el amor es un motor en tu obra, pero aquí el amor descarrila en muchas estaciones…

Yo no he dicho que mis historias de amor vayan a funcionar, pero mis personajes se quieren.

Hay un momento en que diferencias entre enamoramiento y amor. ¿Cuál es esa diferencia?

Es una diferencia química muy clara, lo he investigado durante años. ¿Tú eres un cuerpo o tienes un cuerpo? Esa idea me empezó a dar vueltas. Yo soy yo y además tengo un cuerpo, ¿pero yo qué soy si no tengo cuerpo? Si a mi “yo” le cambian cosas yo cambio. Te dan pastillas y una persona enérgica se vuelve blanda o al revés, te dan hormonas y cambia tu sexo de hombre a mujer… y empecé a pensar que nosotros somos nuestro equilibrio químico. Y con el enamoramiento pasa como con una droga dura. Hay situaciones en que conoces a una persona e incluso sin gustarte como ser humano, hay una atracción sexual química tan salvaje que no puedes hacer nada contra eso. Cuando no está la echas de menos como si te faltara la droga, es un síndrome de abstinencia absoluto. Hay estudios que afirman que ese estado dura un máximo de tres años y durante ese tiempo tu estarías dispuesta a morir por esa persona. Está por encima de todo lo creíble e increíble. Poco a poco va diluyéndose ese efecto químico y ya empiezas a verlo como un ser humano y empiezas a juzgarlo y puede llegar un momento en que digas: "¿Cómo pude engancharme a él?".

Así visto, el amor parece una intoxicación…

Es lo que les pasa a Romeo y Julieta. Es un envenenamiento el amor fou o follie a due: dos personas que, con tal de estar juntas, están dispuestas a quemar el mundo o a sí mismas.

Pero algo bueno tendrá el enamoramiento…

Para la literatura es fenomenal. Y para la vida, si lo sobrevives. Porque durante esos meses que dure es una intensidad que nunca más vas a sentir. Y, en el mejor de los casos, tras ese subidón químico, empiezas a quererlo de verdad… pero no siempre es así.

Cuando el suelo se mueve bajo tus pies, ¿cuál es ese libro al que acudes como refugio?

Varios. El mago de John Fowles, por ejemplo. O Así vuela el cuervo de Ann-Marie MacDonald. Siempre los relatos de Cortázar. Me gustan algunas de las primeras novelas de Stephen King y la manera en que va armando la tensión. Para mí la literatura es algo que he estado desmontando siempre: ¿cómo cambiaría si cambiaras el narrador? Mi profesión como profesora de escritura ha sido la de desmontadora de libros para ver su funcionamiento.

Antes dijiste que a la hora de escribir eras intuitiva. ¿Y eso cómo se puede enseñar?

No se puede. Es como alguien que va a aprender a dibujar: necesita tener dentro una manera propia de ver las cosas. Tú le puedes enseñar técnicas, pero en la literatura uno tiene una voz, una forma de ver el mundo.

Cambiaste tu vida aquí para irte a vivir a Alemania hace muchos años. ¿Ha valido la pena? ¿Si empezaras de nuevo, te volverías a ir?

Yo me iría donde estuviera Klaus. Nosotros somos simbióticos. Nos conocimos con 18 y 20 años, y ya siempre hemos estado juntos. Yo aprendí alemán y él aprendió español. Los dos aprendimos la lengua del otro. Para nosotros el mundo está bien cuando estamos juntos. Hay gente que dice que el amor es una chorrada, que es un invento de los poetas… Pero yo, cuando hablo de amor, lo hago con conocimiento de causa, no es una cuestión de fe, es verdad.