Rodrigo Fresán: "Lo que pasa aquí es lo más parecido a vivir dentro de 'Sopa de ganso' de los hermanos Marx

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El escritor argentino Rodrigo Fresán publica 'La parte recordada' (Literatura Random House), el último libro de su tríptico conformado por 'La parte inventada' y 'La parte soñada'.

 

 

Texto: EDUARDO HOJMAN Foto: ANA PORTNOY

 

Con el lanzamiento de La parte recordada, Rodrigo Fresán termina la que quizás sea su obra magna, una monumental exploración por la mente de un escritor, plagada de referencias a iconos culturales de toda una época, desde los Beatles hasta Emily Brontë. Tres libros, con más de dos mil páginas en total, a los que su autor prefiere llamar, en lugar de trilogía, «tríptico, como una figura de biombo que se puede plegar de diferentes maneras» y que, desde Historia Argentina hasta Jardines de Kensington o El fondo del cielo, coronan una serie de títulos que él ve no como objetos independientes sino como «habitaciones en las que entro y salgo según lo necesito». Con este motivo, o esta excusa, nos encontramos con Rodrigo en un bar del centro de Barcelona, en cuyas paredes había estilizadas fotos de temática jazzística intercaladas con televisores que transmitían alguna u otra hartante deriva de esa cosa llamada «procés» ante la indiferencia absoluta de los parroquianos, para una charla que, como reflejo involuntario de los tres grandes temas de su obra, también terminó aludiendo a recuerdos, sueños e inventos.

Empecemos hablando de la trilogía. ¿Cuánto tardaste en escribirla?

Para La parte inventada tardé 5 años. Los dos libros siguientes me llevaron tres y dos años respectivamente. Fueron diez años en total. Pensé que no iba a ser más que uno, pero cuando lo terminé, seguí tomando apuntes y agregando cosas que fueron a parar a las traducciones y a la edición de bolsillo. 

En este tríptico daría la impresión de que el componente ensayístico tiene más importancia que la trama. 

En el primer título hay una disquisición sobre Scott Fitzgerald, en el segundo sobre Emily Brontë. Hay núcleos sobre la novela Drácula, sobre Saul Bellow, sobre los Beatles, sobre Pink Floyd. Pero mi desafío en tanto escritor de ficción era que todos estos nódulos o tumores seudoensayísticos no ficcionales, que por lo general tratan de cosas que a mí me interesan personalmente, tuvieran algún tipo de incidencia o valor dramático en la vida del personaje, que representaran un momento traumático. Toda esa información que recorre estos libros es como un mecanismo de defensa del personaje. Él se esconde detrás de toda esa información y de estos tótems por motivos no ensayísticos ni literarios sino emocionales. De todas maneras, y voy a aclararlo por la millonésima vez, el personaje no soy yo. Tenemos muchas filias en común y algunas fobias, pero también diferencias diametralmente opuestas. Él hace un apostolado de la ausencia de pareja estable, advierte contra los peligros de la paternidad y, fundamentalmente, lo que lo convierte en un ser bastante negativo, no puede escribir, problema que como verás yo no tengo. Podría decirse que nunca se escribió tanto sobre no poder escribir como en este tríptico.

¿Todos tus libros tienen bonus tracks?

Casi todos. Ya que tengo la obligación de leer las pruebas, le agrego cositas. Un bonus track en realidad es una rémora o venganza por las veces que tuve que comprar Forever Changes de Love, ya que en cada edición hay una cosa nueva. De todas maneras, siempre voy a comprar cualquier reedición de The Kinks, los Beatles, Bob Dylan, Pink Floyd, porque siento que les debo dinero. Les he sacado mucho más de lo que yo puedo llegar a darles. Los Beatles tuvieron una presencia constante en mi infancia, incluso más que mis propios padres.

¿Tus padres estaban metidos en política?

No, mi madre tuvo una especie de flirteo juvenil cuando estudiaba psicología y cerraron la facultad. De todas maneras era muy fácil estar metido y muy difícil no estarlo, simplemente por figurar en alguna agenda o tener algún amigo. Rodolfo Walsh se escondió un tiempo en mi casa y no porque mis padres estuvieran metidos en política sino porque era amigo de mi padre. Lo cual lo convirtió inmediatamente en un hecho político con consecuencias muy puntuales para nosotros.

Aunque la política no te guste mucho y aunque no aludas directamente a ella en gran parte de tu obra, estuvo metida en tu vida desde el principio. Entiendo que te secuestraron cuando eras muy chico por cuestiones relacionadas con esos hechos.

Sí. Yo ya di. Cuando me acusan de no hacer literatura testimonial, yo siempre digo que cuando tenía 10 años ya di lo que tenía que dar. Cuando ocurrió ese episodio yo ya debía de estar pensando literariamente. Era, también, un mecanismo de defensa: cuando estaba en el asiento trasero de un Torino blanco (no de un Falcon verde, me apresuro a aclarar), yo pensaba que por fin me estaba ocurriendo algo que algún día iba a ser un cuento. Ya me veía escritor: por suerte pertenezco a esa generación donde en el colegio cuando no sabían qué hacer con nosotros nos decían: redacción, tema libre. De todas maneras, en La parte soñada (y esto es un spoiler), se revela que los padres desaparecidos de los protagonistas habían sido delatados por sus propios hijos; creo que un uso más extremo de la historia política argentina no se ha visto nunca. Curiosamente en Argentina ninguna crítica se detuvo en ese detalle. Tal vez no hayan llegado a leerlo.

Historia Argentina, tu primer libro, también generó algunos malentendidos relacionados con una utilización irreverente de la política.

Yo siempre fui bien entendido como un malentendido desde el minuto cero de mi carrera. Mi impresión es que en una historia de la literatura argentina moderna no sabrían muy bien dónde ponerme. Hay una especie ahí de espejos y contrarreflejos deformantes, cosa que a mí me encanta. Nada vivo más como un logro que no estar en ninguna parte. Tengo más libros escritos en España y más años de escritor editado que los que tuve en Argentina y eso no me convierte en un escritor español pero tampoco soy del todo un escritor argentino. Mi tradición no es exclusivamente argentina. Aunque la tradición argentina está siempre sostenida por el gesto de la extranjería, tanto en lecturas como en desplazamiento. 

Cortázar decía que ser argentino es estar lejos y estar triste. 

Estoy de acuerdo con la primera parte pero no con la segunda. Antepongo la alegría que proyectaba Borges en el escritor argentino y la tradición que decía que como nuestro tema era el universo sólo quedaba afrontar semejante desafío con alegría. Además pocas literaturas argentinas rezuman más alegría por escribir que la de Cortázar. 

En «Histeria Argentina II», otro cuento de Historia Argentina, el protagonista se choca con Borges en una galería comercial del centro de Buenos Aires y lo hace volar por los aires. Muchos lo leyeron como un símbolo, pero ese episodio ocurrió realmente.

Nada me interesaba menos que matar a Borges y mucho menos en términos reales. Creo que mi generación en general no tiene el impulso parricida de matar a nadie ni para atrás ni para adelante. 

Sin embargo, sí existió una tradición parricida en la literatura argentina centrada en Borges, desde el mandato explícito de Gombrowicz («¡Maten a Borges!») hasta a las críticas desde la ideología.

Esa clase de crítica es una excusa perfecta para una gran cantidad de hijaputeces, tanto en el terreno de lo literario como en el cívico. Me parece que es mejor hablar de envidias literarias y punto. No tiene sentido pensar que porque tenés un problema político con Borges hay que matarlo como escritor. La gente que dice que Bioy Casares es malo porque es burgués y no trabajó en toda su vida no sé de qué hablan. Sobre todo porque si yo pudiera no trabajar en toda mi vida y escribir como Bioy Casares firmo ya. Y eso lo hago extensivo a todo tipo de etiquetamiento de todo libro, escrito por mujer, por hombre, de tal o cual nacionalidad, de la edad que sea. Con los años uno se va volviendo no sé si más sabio o más cansado y te vas dando cuenta de que todo se reduce a si el libro es bueno o malo y a que el autor no tenga una faceta vital demasiado reprochable. A mí el perfil de escritor comprometido con su tiempo y testigo de su entorno diciendo cosas políticamente correctas o de una obviedad insoportable o siendo un maldito no me interesa. Soy completa, total y absolutamente nabokoviano. Si Nabokov nunca jugó la carta del exiliado perseguido por media Europa para que le den el premio Nobel de literatura, toda mi admiración para él. 

¿Cambió tu manera de escribir cuando te mudaste de Argentina a Barcelona?

No creo. Salvo en los diálogos evidentemente argentinos, mi escuela lexicológica es el doblaje mexicano de los capítulos de La dimensión desconocida. El español que deberían aprender los extraterrestres para ser entendidos tanto en América como en España. El 95% de lo que leo es en inglés. El traductor al inglés de mis libros dice que son super fáciles de traducir. Por ejemplo, tiendo a poner el adjetivo antes que el sujeto. Me gusta como suena más una cosa que otra. Lo que termina decidiendo una dirección es la calidad del sonido. 

En una ocasión el escritor argentino Charlie Feiling comparó su modo de escribir con el tuyo: mientras él no escribía hasta tener toda la idea desarrollada, vos escribías sin parar y luego recortabas. ¿Es así?

Yo no recorto. Soy más inclusivo. La teoría de la sencillez cristalina, que el objetivo sea llegar a eso, siempre me hizo un poco de ruido. Me parece que ese es el punto de partida. Uno parte del silencio para hacer ruido, no del ruido para hacer silencio. Pero tal vez ahí está la influencia del rock. 

¿En qué otro sentido te influye el rock?

A mí me beneficia lo que está bien hecho y bien escrito. Escucho Piano Bar de Charly García y Nadie sale vivo de aquí de Andrés Calamaro por lo menos una vez al mes. Son dos discos formidables más allá de si son o no argentinos y de si formaron parte de mi juventud. Por otra parte, soy consciente de que tengo muchos agujeros y me interesa conservarlos. Finalmente, lo que más pesa es la música de mi infancia. Casi todo lo que te ocurre en la infancia es formativo sin fecha de vencimiento. Tienes toda tu infancia y la pubertad y el descubrimiento y la práctica del sexo y todo lo demás son variaciones sobre melodías que ya escuchaste, mejor o peor arregladas, más o menos afinadas.

¿No se descubre nada más después de eso?

La paternidad. Es lo último. Es como la gran despedida. Lo más trascendente que te puede llegar a ocurrir. Volvés a vivir tu propia infancia viendo la de tu hijo, como si fueras un hidden track. Una vez John Irving me dijo que cuando mi hijo tuviera un año yo recordaría cosas que a mí me habían pasado a esa edad y también que iba a descartar un montón de tonterías. Es muy inspirador para la escritura pero tenés que tener cuidado y no utilizarlo. No convertirte en una especie de vampiro de tu propio hijo. En realidad es mi hijo el que me vampiriza a mí, porque diseña las portadas de mis libros y cobra por ello.

¿Que más no se puede vampirizar a la hora de escribir?

Me parece que no hay que abusar de la literatura del yo y como dice Nabokov la realidad está sobrevalorada. Además, no entiendo el impulso que te lleva a pensar que todo lo que te ocurre es interesantísimo; eso de contar la muerte de tu padre, la pelea con tu novia y la uña encarnada que te pisaron en el metro y la manera en que todo eso te trajo una cantidad de reminiscencias de cuanto tu madre tomaba pastillas porque era maniacodepresiva y tu padre cogía con la sirvienta. En realidad, la autoficción existió siempre. Campos de Londres de Martin Amis es autoficción, David Copperfield también; pero, en todo caso, debería ser ficción-auto, es decir, que la ficción vaya por delante del auto.

¿Y el cambio de país no es un descubrimiento vital?

En principio yo soy un emigrado, no un exiliado. La gran diferencia es que el emigrado tiene tiempo de embalar la biblioteca. Me fui por cuestiones completamente personales. De todas maneras yo ya me había ido de Argentina a los diez años. Viví seis años en Venezuela y fue mucho más trascendente, traumático, movilizador y complicado para mí volver de Venezuela a Argentina a los dieciséis años que irme de Argentina a los diez o volverme a ir a los treinta y cinco. Regresar en plena adolescencia a un país que estaba bajo una dictadura militar después de haber vivido en el trópico en pleno boom del petróleo, donde estabas cerca de todo y el bolívar valía lo mismo que la libra inglesa… Me impresionó la ciudad de Buenos Aires, tan oscura y gris. Yo iba con una chaqueta que tenía un pin del Che Guevara en la chaqueta y cuando me lo vieron en la calle pasaban cosas muy raras. No sé por qué lo tenía, ni si era mío. El Che Guevara tampoco me parece un gran personaje.

Tus paisajes literarios son más interiores que exteriores. El ámbito no parece que te influyera mucho…

Es una decisión estética. Me gustan mucho los libros que transcurren dentro de cabezas. Esos son mis escritores favoritos. Vonnegut, Proust, Nabokov. Hay un componente real pero es bastante accesorio, casi siempre son construcciones mentales de alguien que lo está armando ante tus ojos. En ese sentido me gustan más los escritores que los narradores. La admiración incondicional por el modelo chejoviano no me interesa. Me parece que Cheever es mejor. Yo siempre digo que Cheever influyó a Chejov: cuando todos están muertos, hay que acomodar al mejor delante del otro. 

El personaje del tríptico está muy enfadado contra el mundo y algunos reseñistas afirman que ese enfado es también tuyo y a la vez una especie de novedad en tu obra.

No sé, algunos deben de pensar que soy un personaje que se lo pasa pegando saltitos y tarareando entre las flores y que ahora llegué a un punto de hartazgo. Probablemente haya algo de eso, pero en realidad yo lo planteé como homenaje a la tradición judeonorteamericana del personaje canalla miserable y castastrofista (Roth, Malamud, Bellow). 

Pero los enfados del personaje se centran en las principales marcas de lo actual y lo moderno...

Esos enfados son compartidos por mucha gente, ¿no? Pero es importante tener en cuenta que ese enfado tiene un sentido narrativo dramático, que se revela muy claramente al final del tercer volumen y que en cierta forma es la punta del iceberg de la construcción de los tres libros. De todas maneras, cada vez que entro al metro y veo a todo el mundo mirando el telefono en lugar de un libro, algo que sí era habitual hasta no hace mucho tiempo, no puedo evitar pensar que vamos un poquito peor, sobre todo porque no están leyendo un libro en la pantalla, sino actualizando su perfil social o viendo la hamburguesa que se comió su mejor amiga al mediodía. En mi libro digo que cuando uno era chico sabía que iba a tener un día horrible en el que tendría que ver las diapositivas de las vacaciones de los parientes, pero eso era un día, ahora es todo el tiempo, estás viendo las vacaciones, el trabajo, todo lo que hace todo el mundo.  En cualquier caso, tampoco es el típico enfado de un hombre de cierta edad contra la juventud o los hábitos juveniles, porque el problema es cuando una persona de ochenta años con la movilidad reducida se para en la escalera mecánica a mirar el móvil, tapa la salida y corre el riesgo de caerse y desnucarse. El problema no son los jóvenes; de hecho, ellos están mucho más justificados, porque la adicción al móvil sería como el equivalente a una droga más o menos dura de otro tiempo. A mí lo que me sorprende es que personalidades maduras, formadas, con una cierta resistencia a lo novedoso, caigan tan rápidamente atrapadas, entonces no puedo más que pensar que hay algo un poco raro ahí. 

¿Qué opinión te merece la situación en Cataluña?

Bueno, este último libro termina en Cataluña y con un tema político, a raíz del hecho real de que Soraya Sáenz de Santamaría le regaló La parte inventada a Junqueras, sólo que en la realidad no pasó nada y en la ficción se genera una tormenta social y al autor lo buscan para matarlo. No creo que Soraya haya leído el libro y le haya gustado; probablemente le haya atraído el título. Además, Junqueras estuvo lento; tendría que haberle regalado a ella La parte soñada. Habría quedado perfecto. De todas maneras, viniendo de Latinoamérica, cuando veo todo este asunto pienso: bueno, yo ya di. A veces digo que lo que pasa aquí es lo más parecido a vivir dentro de Sopa de ganso de los hermanos Marx sin los hermanos Marx. Todos cantando «Freedonia» y los himnos y todo eso. 

¿De qué vive un escritor que saca 3 libros cada 10 años?

De lo que se puede. De lo que se te pone a tiro. Vivo de lo que escribo. Tengo esa suerte de eso. Pero soy consciente de que estoy viviendo un fin de ciclo. Tuve suerte hasta ahora. A los dieciocho años yo fui explotado por una revista pero en ese momento ser explotado significaba que podía pagarme mi piso, vivir con mi novia, ir al cine, comprarme las drogas que me interesaban y viajar una vez por año a Nueva York. Ahora nadie diría que eso es ser explotado. Cuando llegué a Barcelona era como Scott Fitzgerald y ahora soy como Scott Fitzgerald pero, por así decirlo, en otro momento de su vida. Claudio López me decía que mis lectores se mantenían constantes mientras que los de los best-sellers descendían vertiginosamente y falta poco para que se encuentren. De todas maneras, soy consciente de los libros que hago y no puedo tener expectativas demenciales de venta. En cualquier caso, no puedo quejarme.

Además, tampoco se trata de libros “fáciles”.

Yo soy un gran fan de los libros difíciles y complejos. Cuando me dicen que mis libros son difíciles yo respondo que es más difícil escribirlos que leerlos. Me gusta generar una cierta dificultad para alejar a los indeseables. El principio de La parte inventada consiste básicamente eso, en transmitir el mensaje de que, si quieren encontrar algo fácil, busquen en otro lado. Un poco como el principio de El nombre de la rosa, el ascenso a la abadía como dificultad. También ocurre en El hombre sin atributos, Ulises, En busca del tiempo perdido, Moby Dick. Me gustan los libros que te someten a una especie de educación y entrenamiento. O como en la película 2001, con veinticinco minutos de monos golpeando huesos. Es un cortafuegos: los que llegan hasta ahí, bienvenidos, síganme los buenos, como decía un gran filósofo mexicano de nombre Roberto Gómez Bolaños.