Santiago Gamboa: "Los pastores evangélicos se han convertido en caciques electorales"

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Santiago Gamboa participó en la BCN Negra y presentó Será larga la noche, su última novela, en la que se adentra en el mundo de las iglesias evangélicas en la Colombia actual.

 

 

Texto: ANNA MARÍA IGLESIA

 Foto: ANA PORTNOY

Tras casi dos décadas, regresa al género negro con una novela en torno a las iglesias evangelistas.

Confieso que nunca he sido un gran lector de novela negra y, de hecho, Perder es cuestión de método, mi primera novela de este género, empezó siendo una especie de chiste. La escribí como respuesta a Juan Ignacio Taibo, quien me dijo que, en Colombia, con todo lo que pasaba, no había novela negra. Entonces, yo le dije que me diera un año para escribir una. Y así hice, si bien Perder es cuestión de método rompe un poco con el género, ante todo porque quien investiga no es un detective, sino un periodista. Ahora, más de veinte años después, tras regresar a Colombia, después de haber vivido fuera tres décadas fueras, he redescubierto mi país y lo que he visto son signos de una violencia que regresa. Con esta novela, quise hacer una fotografía de la Colombia de hoy.

De hecho, la novela no alude al pasado, sino al inmediato presente.

No me interesaba volver a hablar del paramilitarismo, de la guerrilla ni del narcotráfico. Todos ellos son temas que siguen estando muy presentes en Colombia, pero yo quería prestar atención a otros temas, como es el de las iglesias evangélicas.

Usted indaga sobre las conexiones que hay entre las iglesias evangélicas y la ultraderecha.

Y no solo con la ultraderecha, sino también con algunas bandas criminales y, más en general, con todo tipo de corrupción. No todas, por supuesto, pero se han detectado iglesias evangélicas dedicadas al lavado de dólares del narcotráfico y que tiene una especie de aparatos militares para proteger a sus pastores, reconvertidos en mafiosos que ganan mucho dinero, ante todo, a través de lo que les quitan a los fieles, obligados a pagar una porcentual de su sueldo. Hasta ahora Colombia estaba sumergida en el siglo XX; de hecho, problemas como la guerra o el narcotráfico son propios del siglo XX. Con esto no quiero decir que en el XXI no haya narcotráfico, es un problema que no se va a acabar, pero, por lo menos, ya no lo contamina todo.

En este sentido, ¿la influencia política de las iglesias evangélicas es un problema de hoy, relativamente reciente?

Me interesó mucho el tema de las iglesias evangélicas porque, como dices, es algo propio de nuestra época y porque afecta a toda América Latina y también a Estados Unidos, país de origen y donde las iglesias evangélicas tienen mucho poder. Prueba de ello es que fueron esenciales en la elección de Trump como presidente. Se han apoderado de la política y crecen como una mancha de gasolina, que se extiende sin freno. En Ecuador, por ejemplo, el presidente es un pastor. En Bolivia, tras la salida de Evo Morales, entró en el parlamento una mujer con la Biblia en la mano y gritando que, finalmente, Cristo entraba y salía la pachamama. El monstruo nazi-fascista de Bolsonaro no hubiera obtenido la victoria sin el apoyo de los evangelistas. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que las iglesias evangelistas han irrumpido en la política y los pastores se han convertido en caciques electorales, poniendo así en peligro la democracia. De ahí que para mí las iglesias evangélicas representen un problema nacional e internacional.

Los líderes de dichas iglesias, con sus coches, su inconmensurable riqueza, su protección privada, se asemejan mucho a los líderes de los cárteles de la droga o a algunos mafiosos.

Por supuesto. Muchos de estos pastores se han convertido en mafiosos dedicados principalmente al lavado de dólares. El sistema financiero colombiano es de los más vigilados del mundo, precisamente por el narcotráfico. Sin embargo, las iglesias evangélicas, en virtud de la libertad de culto, no solo están exentas de impuestos, sino también de todos estos controles. De ahí que los pastores puedan lavar dólares con total impunidad y de ahí también que, como tú dices, haya pastores que actúen como narcotraficantes. Ellos quieren suplantar el Estado y lo hacen acercándose a la población más pobre. Ayudan a la gente, pero el costo de esta ayuda es muy grande.

¿El fenómeno de las iglesias evangélicas no afecta a Europa?

No, porque en Europa hay clase media, la gente es medianamente educada... Es difícil que determinados contenidos calen. El discurso de las iglesias evangélicas necesita de estados frágiles, de población miserable y pobre y de una ciudadanía no muy letrada.

Sin embargo, en Estados Unidos están muy presentes.

Sí, pero ten en cuenta que el norteamericano medio es una persona bastante poco formada, muy emotiva y poco inteligente. Estados Unidos es casi un continente, tiene muy poco del judío intelectual retratado por Woody Allen o del ciudadano culto de San Francisco o Los Ángeles. Estados Unidos está compuesta, principalmente, por esa masa de gente que votó a Trump y que es de una gran ignorancia, de la que se aprovechan luego las iglesias evangélicas.

De lo que no hay duda es que las iglesias evangélicas han sabido utilizar muy bien los medios de comunicación y los telepredicadores se han convertido, en países como Estados Unidos, en figuras de referencia.

Recuerda que, en el mundo protestante, existe la moral del dinero, la moral de la producción. Los pastores evangélicos no necesitan grandes ideas y, en efecto, las iglesias evangélicas no se sustentan sobre un discurso rico en contenidos, como le sucede al cristianismo. Yo no soy creyente, pero diría que mientras los buenos sacerdotes católicos son como filósofos que interpretan los textos, los pastores evangélicos son vendedores puerta a puerta. Pero, además de buenos vendedores, son muy hábiles a la hora de resolver los problemas de la gente. Por esto, necesitan tanto que la gente tenga problemas y, sobre todo, que la gente no tenga el capital económico necesario para resolverlos por sí solos.

En una entrevista, señalaba que había elegido a dos periodistas como protagonistas porque un policía no hubiera tenido credibilidad.

La novela negra anglosajona parte de un concepto muy claro: hay un orden que, de repente, es roto por un crimen. Y el detective es aquel que lo restablece. En América Latina no es así, porque la ley no necesariamente tiene que ver con la verdad y, mucho menos, con el orden. A mí me parece muy poco persuasivo y creíble la figura del detective. Hay, evidentemente, detectives que se han jugado la vida a la hora de investigar el entorno del narcotráfico, pero creo que quien busca la verdad es sobre todo el periodista, porque no representa la ley, sino la verdad, y, sobre todo, porque él es el representante de la sociedad.

¿El periodista siempre ha sido un personaje incómodo en Colombia?

El periodista es muy incómodo, por eso el narcotráfico va a por él. El periodista es, al menos para mí, una figura un poco romántica, es alguien que cree en la bondad del ser humano, que busca la verdad y, sobre todo, que es capaz de jugarse la vida por esa verdad. Para ser periodista se necesita una gran vocación, porque muchísimas veces para llegar ahí donde necesita y quiere pone en riesgo su integridad. El periodismo no te convierte en rico, pero convierte al periodista en un agente positivo para la sociedad. En cambio, la policía, en países como el mío, está al mismo nivel de los paramilitares. Por esto, es muy difícil para mí convertirlo en héroe.

Será larga la nocheLa elección de dos mujeres periodistas como protagonistas implica también insertar dos mujeres en un mundo de hombres, como es el de las iglesias evangelistas.

Sí, es un mundo muy masculino. Elegí dos protagonistas femeninas, porque creí que las miradas de dos mujeres eran la que más convenía a la hora de penetrar en un mundo tan sórdido como es el de las iglesias evangélicas. En América Latina, la mujer periodista corre los mismos riesgos que el hombre y, de hecho, hombres y mujeres periodistas son asesinados y/o amenazados en muchos países latinoamericanos, quizás, con la excepción de Argentina y Chile.

Pero, ahora en Colombia han cambiado.

La situación se ha calmado, sin duda. Sin embargo, aunque el narcotráfico ya no está tan presente, hay otros agentes que intervienen y para los cuales el periodista es alguien incómodo. En este momento, en Colombia, todos los días asesinan a líderes sociales. ¿Quiénes son estos líderes? Pues personas que organizan pequeñas comunidades pobres para velar por sus intereses y evitar así que sean manipuladas. Intentan que a estas comunidades llegue la formación y que la gente sepa relacionarse con el poder, sin ser manipulada ni utilizada por él. Los líderes sociales son incómodos porque subrayan los fallos del gobierno, denuncian la falta de infraestructuras y de apoyo. Por eso son asesinados, como también lo son los ex combatientes de las FARC. Ya se han asesinado casi 200.

Para crear a uno de sus personajes, usted conoció a algún excombatiente de las FARC.

Sí y lo que más me ha sorprendido es lo más obvio: son personas como nosotros. Durante décadas, no tuvimos ningún contacto con la gente que formaba parte de las FARC, solamente éramos testigos de sus actos violentos. Con el proceso de paz, me fue relativamente fácil conocer a personas que habían formado parte de las FARC, la mayoría de ellos campesinos. Date cuenta de que, en Colombia, hemos vivido un conflicto en el que participaban militares, paramilitares y guerrilleros. Pero, si te fijas quiénes son, por quiénes están formados estos tres grupos, te darás cuenta de que todos eran campesinos, afros, indígenas y pobres. Por tanto, la guerra que tuvo Colombia como escenario era una guerra de pobres contra pobres. Muchos entraron en la guerrilla, no para enriquecerse, sino porque creían en las ideas que la definían.

Hace algunos meses, las principales ciudades colombianas fueron testigo de las manifestaciones de los jóvenes. ¿Se ha superado ese miedo que caracterizó los años noventa?

Sin duda. Ahora mismo, el mismo grupo político de derechas que se oponía al proceso de paz está ahora en el gobierno. No puede detener el proceso de paz, pero lo paraliza. La gente protesta contra este gobierno de derechas y, por momentos, de extrema derecha por distintos motivos: los estudias exigen una universidad pública gratuita y una salud pública, reivindican el proceso de paz, al que, como te decía, el gobierno está poniendo obstáculos, y pide que se respete el activismo político de los líderes sociales. Mientras hace ocho años no participaba de la vida política, la juventud de ahora está muy implicada y, saliendo en las calles, reivindican su derecho a participar y a decidir sobre el futuro de su país.

Los estudiantes son el opuesto a los interlocutores de las iglesias evangélicas.

Por supuesto. Los hijos de aquellas mujeres que caen en la red de las iglesias evangélicas son los que protestan en las calles. Mientras los pastores evangélicos quieren que nada cambie, pues es lo que les conviene para conservar su poder, estos jóvenes buscan transformar el país. Y para transformarlo lo primero que se necesita es una educación gratuita para todo el mundo.