Manuel Vilas: "Sueño que tras mi muerte volveré a ver a mi padre"

Hits: 531

Begoña Piña conversa con Manuel Vilas, que quedó finalista del Premio Planeta con "Alegría"

 

 

 

 

Texto: BEGOÑA PIÑA

Foto: ASÍS G. AYERBE

 

Manuel Vilas es una rara avis, mezcla de escritor, padre, hijo y huérfano que en el cruce de estas identidades esenciales ha encontrado la autopista del escritor. Hace un par de años decidió jugársela. Cerró la puerta a veinticinco años de enseñanza y se quedó solo con el dolor. Con la ausencia definitiva, física, de sus padres le asaltó la urgencia de no perder su memoria y escribió Ordesa. El libro se convirtió en un éxito de ventas. La jugada había salido bien. Pero, para un hijo de la “clase media asustada”, que vive “con la sospecha constante de que me puedo ir a la ruina absoluta”, no era suficiente. Así que siguió escribiendo y terminó Alegría, una especie de continuación reflexiva de la anterior. Quedó finalista del Premio Planeta, ganó con él 150.250 euros y se relajó. Ahora podría por fin ser un escritor dedicado solo a la literatura.

Muchos y encendidos halagos, magníficas previsiones de ventas, una promoción agotadora pero feliz… se tiñeron un poco de pesar cuando, tras conocerse su cambio de editorial, desde Alfaguara al Grupo Planeta, empezaron a correr rumores y comentarios donde le tachaban —también a Javier Cercas, ganador del Planeta— de desleal. Cuando tengo esta charla con Manuel Vilas, el escritor ha concluido ya que este es “un asunto menor” y que su única responsabilidad es escribir el mejor libro que pueda. Con Alegría sigue siendo el hijo de su padre muerto, aunque es un poco más el padre de sus hijos y el hombre asaltado por la depresión —él prefiere llamarlo melancolía— que fantasea con la muerte, se interroga a sí mismo y escudriña sus emociones más profundas. Viaja de hotel en hotel y de recuerdo en recuerdo, busca el silencio y ansía constantemente la felicidad de sus hijos, “los dos grandes actores de la historia de mi vida”.

Usted es poeta. No debe ser fácil pasar de la poesía a la novela.

Todos tenemos una casa común, usamos el mismo material, las palabras, es un movimiento de palabras. El objetivo final, en su caso, es contar historias, yo necesito contar historias. Para mí, el paso ha sido sencillo porque yo en mis poesías cuento historias, son pequeños relatos.

Y ¿qué hace un poeta en la novela?

Un poeta le puede dar un plus a una novela, la belleza en el lenguaje, la precisión. Un poeta es incapaz de escribir una frase mal escrita. Siempre hablo de Pedro Páramo, que es una de las grandes cimas de la confusión entre la poesía y la narrativa.

También ha aportado usted a los dos últimos libros una buena dosis de impudicia ¿no?

El pudor… es una cosa solo española. La literatura autobiográfica está llena desde Proust, el primero que lo introdujo en la modernidad. Aquí en España hablamos de la impudicia, pero porque hemos tenido problemas para decir la verdad. Si lo que se hace es desde el deseo de comprender, de recordar, como una expresión de amor, tiene legitimidad moral. Si nace con el ánimo de odiar, pierde toda legitimidad, es un relato prostituido.

Ya, pero ¿se autocensura usted por este motivo?

Hay cosas que me gustaría contar y que no cuento por temor a herir a alguien, aunque yo crea que son hermosas y que sería bueno escribirlas precisamente por su belleza.

¿En este libro es usted más padre que hijo?

Sí. Ordesa era un hijo sobrecogido por la pérdida de sus padres. En Alegría soy un padre que quiere a sus hijos y quiere regalarles a sus abuelos. Todo es el vínculo abuelos-padres-hijos. Es una continuidad en el tiempo.

¿No hay algo de obsesión en esto?

Bueno, el narrador del libro es un hombre obsesionado porque la vida tenga sentido. Tiene un gran enemigo, la depresión. Pero la única realidad es la de que nos morimos.

¿Y por eso la depresión?

En Alegría la depresión está como diagnóstico psiquiátrico y como sociológico. La depresión no es actual, antes se llamaba melancolía. Hoy se habla despectiva- mente del deprimido, no se debe hacer. El deprimido, el melancólico, es una persona con una inteligencia superior, alguien que ve más que la mayoría de la gente, alguien que ve el vacío de la vida. Yo he visto el vacío de la vida. El vacío existe. Buscar el significado a la vida es algo cultural. El deprimido empatiza tanto con el vacío de la vida que enferma.

En la novela, el narrador, o usted, encuentra a veces ese significado.

La gran epopeya del deprimido es crear un significado de su vida, sabiendo que la razón del vacío es cierta. El narrador de la novela construye un significado que para él es suficiente. Esta es la gran lucha de los seres humanos, para muchos vivir es crear un significado, tenemos que crear valores morales.

Vacío o no, esta es una novela de la herencia ¿no?

La herencia sigue siendo de gran importancia, tanto para afirmarla como para negarla. No se puede pasar de puntillas por la vida por el hecho de ser hijo. Eso es algo que se te lleva el ochenta por ciento de la energía vital.

¿Le preocupa la herencia que va a dejar a sus hijos?

El significado de la vida para un padre son sus hijos. Siempre me digo: "No te obsesiones tanto". Pero hay un mandato biológico, sacar adelante la vida para que perdure.

¿Y los que no sienten ese mandato?

Son unos abandonados. La literatura está llena de desafección materna y paterna, la tradición es enorme.

¿Y los que no tienen el instinto de la maternidad o la paternidad?

Ser hijo es algo universal, ser padre o madre es facultativo. Si eres hijo y has recibido el amor incondicional de tus padres… Qué triste debe ser un ser humano que no experimenta eso nunca. Esas serán personas furiosas, doloridas, porque el amor calma.

Usted en la novela intenta emular constantemente a su padre.

Sí, el narrador está obsesionado con buscar parecidos con sus padres, se pregunta todo el tiempo qué pensaría su padre de esto y aquello. Todo lo que hace en su vida que no contemplan sus padres es como irreal. Por eso habla de Felipe González, porque daba verosimilitud a esa familia, le veían en televisión… es una especie de ordenación familiar y política.

Ordesa era el libro de un huérfano más que de un escritor. ¿Y Alegría?

Aquí soy más escritor, hago menos confesiones y me he protegido más. Ordesa es un libro escrito en un estado de urgencia emocional, había que salvar a mis padres del olvido. Ahora es otro momento de mi vida, ya no siento rabia, ni desolación, ahora hay aceptación. En la desolación, el narrador se quiere suicidar… Lo del suicidio son ideas mías reales. En ese puente de Chicago. Me pregunto qué es la muerte y después de ella, ya no hay angustia, es una liberación. ¿Por qué no lo hice? Por mi padre, él no lo aprobaría. Ese es un pensamiento muy real. Y en ese momento piensas cuánto tiempo tardarás en ahogarte. Es la obsesión por descansar del sufrimiento de estar vivo.

Pasa de pensamientos muy profundos a otros del día a día, como rociarse de colonia en un Duty Free…

No es que me perfume, es que me ducho. Lo hago. Ya lo digo en el libro, por mucho que robes al capitalismo…

¿Eso es un reflejo de la irritación por los abusos del sistema?

Eso es, un reflejo de la irritación, del grado de irritación o de saberse esclavizados, exprimidos por un sistema económico y social. Y sabemos que fuera no hay nada. El capitalismo nos destroza, pero no hemos sabido crear nada fuera de ese sistema.

Hablando de capitalismo, el premio Planeta…

Lo más importante para mí del premio es que con él van aparejados muchos lectores. Si escribo y no hay alguien al otro lado, tengo una sensación de fracaso brutal.

Pero el dinero le permitirá ahora vivir de escribir ¿no?

Escribir es un trabajo duro, de muchas horas al día. Claro que es importante saber que ahora puedo dedicarme a escribir profesionalmente. He estado veinticinco años dando clases a adolescentes y escribiendo por las tardes o los fines de semana. Ahora puedo tener otro ritmo.

Pues, ¡qué tranquilidad!

Bueno, yo vengo de la clase media asustada, vivo con la sospecha constante de que me puedo ir a la ruina absoluta. Eso es una cosa que no te quitas de encima nunca. El actor James Caan, que procedía de una clase humilde, decía lo mismo, decía que le había ido bien, pero que vivía con esa pesadumbre. He visto a mis padres con enormes dificultades económicas y eso lo llevo encima.

La necesidad del escritor, sin embargo, ¿es otra?

Sí. Lo peor que le puede pasar a un escritor es no escribir. Mi literatura se explica por una admiración por la vida, para abominar de ella o lo contrario. Todo lo que me pasa es de una vulgaridad extrema, pero a mí me parece admirable.

Esta novela nació durante la promoción de la anterior, ¿encuentra algo admirable en hablar todos los días con periodistas?

En la promoción de Ordesa se me acercaban octogenarios y nonagenarios que venían con el libro subrayado. Uno me dijo: “Yo era amigo de tu padre”. Me contaron cosas de mi padre que yo no sabía.

Me refería más a la rutina de hablar constantemente con la prensa.  

Para mí es maravilloso, es maravilloso que mi trabajo suscite el interés de los periodistas. Siento mucho agradecimiento. Y hay eso que llaman feedback, con ciertas preguntas descubro cosas que me han ampliado la mirada del libro. También me pasa con los lectores en los clubes de lectura.

Ya sabe que en los círculos literarios hay quienes le han tachado de traidor con Random House por pasarse a Planeta. ¿Cómo lo lleva?

Es un asunto menor. Al principio fue mucho más una cuestión mediática. Estar en una editorial o en otra es algo azaroso o fruto de las circunstancias. Nosotros, los escritores, Javier Cercas y yo, nos dedicamos a escribir el mejor libro posible. Y ahí termina nuestra responsabilidad.

No deja de estar todo en medio del sistema capitalista del que hablaba antes…

Claro, te das cuenta de que el libro es un objeto, un bien de consumo. Te das cuenta de que lo que no está en el mercado no existe. Don Quijote está en el mercado, Macbeth está en el mercado…

Ahora solo hace falta espacio para leer ¿no?

Sí, es importante favorecer espacios para la lectura, que los ciudadanos tengan espacios para leer. Si tenemos a los ciudadanos con trabajos basura, agobiados, trabajando muchas horas del día, ¿cuándo van a leer?