“Esta crisis no es el fin del mundo, sino el fin de un mundo” Daniel Innerarity:

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"Pandemocracia" es una reflexión y un repaso de los acontecimientos que la COVID 19 está provocando en nuestras sociedades y gobiernos

  

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Texto: David VALIENTE JIMÉNEZ

“Cuando llegó la pandemia, un amigo me mandó una foto con una página de mi anterior libro y me dijo: “¡Tú ya lo sabías, cabrón!”, me comenta Daniel Innerarity, autor de Pandemocracia, su libro publicado recientemente en Galaxia Gutenberg. “Le puedo asegurar que lo desconocía, aquí el único que estaba seguro de ello era Bill Gates - me afirma entre risas-. Este libro no lo podría haber escrito en un periodo tan corto de tiempo, si no fuera por mis anteriores libros, donde afirmo que nuestros sistemas políticos no están preparados para afrontar una crisis de las magnitudes de la Covid-19”.

Pandemocracia intenta reconciliar posturas apelando a la reflexión sesuda y paciente de los acontecimientos que han marcado los últimos meses: los errores, los aciertos, los ensayos e, incluso, el conocimiento que no traspasó las puertas del mundo de las ideas, nada puede escapar al ojo atento y a la mente activa del ciudadano, que al igual que un filósofo de la Grecia Clásica, debe trabajar en un marco teórico apropiado para entender la crisis y salir de la caverna construida por algunos mercachifles de la descomunicación.

Las intenciones de Innerarity están muy claras desde el prólogo. Meritxell Batet, presidenta del Congreso de los Diputados, como un Virgilio salido del infierno, nos guía por las primeras páginas y, posteriormente, nos abandona a la suerte infinita de la reflexión y la mesura. En las líneas de Pandemocracia conviven tanto el compromiso con la objetividad (y con los hechos) como el deseo sincero de hallar una solución definitiva, razón por la cual encontramos frases como esta: “una democracia le debe tanto a la crítica como a los gobernantes”. El éxito en la lucha contra las crisis reside en la capacidad de la sociedad para comprometerse, sin olvidar la acción política. Nuestros gobiernos deben desarrollar operaciones oportunas, teniendo en cuenta el perfecto equilibrio entre los componentes exógenos y endógenos de las comunidades humanas, para cercar de manera efectiva los males que nos azotan y que, como nos lo demuestra la Covid-19, no perdonan ni el más mínimo error. Por mi parte, me quedo con la siguiente frase: “Esta crisis no es el fin del mundo, sino el fin de un mundo”, una línea a la esperanza.

En Pandemocracia, nos habla sobre la necesidad de reflexionar los hechos. Pero para reflexionar se necesita tiempo y memoria, y por lo que podemos observar estamos faltos de las dos cosas, entonces ¿cómo vamos a reflexionar?

De alguna manera lo vamos a tener que hacer. Vivimos en sociedades aceleradas en donde la ralentización no es sencilla, nuestras economías dependen de estos ritmos; además, nuestra propia psicología humana está programada con esos códigos de tiempo. La única solución es crear instituciones y formar a personas que compensen esa desmemoria. Por supuesto, es difícil que esto lo puedan hacer los políticos en plena contienda política, o los científicos que ahora mismo están ocupados buscando una vacuna. Pero estas instituciones ya existen. En el ámbito político, disponen de escasos recursos y poca legitimidad; sin embargo, se encuentran tanto a nivel regional como global. En el mundo de las ciencias, estamos quienes nos dedicamos a las ciencias sociales; nuestra voz es más reflexiva y también poco escuchada, lo adecuado sería que la audiencia nos prestará más atención.

Con relación a lo que acaba de decir, en su libro también habla de dos categorías de pensamiento: el pensamiento político simple y el pensamiento político complejo. El primero, justo en el que nos encontramos, es incapaz de hacer frente a las grandes crisis como la vivida con la Covid-19. En cambio, el pensamiento político complejo está dotado de las herramientas para afrontar crisis de estas magnitudes. Usted pide un cambio en ese pensamiento, un cambio que nos ayudaría a solucionar otras crisis que nos azotan, ¿cree que ahora es el momento de hacer ese cambio?

La Covid-19 nos está dando una gran oportunidad, sin duda. Pero ya se han producido algunos aprendizajes. Sin ir más lejos, hemos aprendido que esta crisis es más simétrica que la anterior, por lo tanto estamos empleando las herramientas que se crearon durante la crisis del 2008 para combatir la actual. Por ejemplo, en Europa se ha puesto sobre la mesa la metalización de la deuda o la respuesta común a la crisis. También hubieron aprendizajes en relación a la crisis sanitaria; la sociedad comprendió que el colapso sanitario era causado no solo por la Covid-19, sino también por el resto de enfermedades estacionales que actuaron a la par. Esto es un pensamiento complejo, que tardó en abrirse paso, pero que al final lo consiguió. Aprendizajes hacemos, tal vez no todos los que debiéramos y a la velocidad necesaria.

¿Hemos abusado de los números obviando el contexto a la hora de gestionar la crisis y criticar su gestión?

Los números ejercen una atracción mágica sobre los humanos en tiempos de incertidumbre. Los números son como los datos, pueden significar cualquier cosa de acuerdo con el contexto en el cual sean interpretados. Lo realmente importante es la interpretación de los datos objetivos. En esto nos lo jugamos todo.

¿En momentos de crisis, prima el saber científico o la incertidumbre humana?

El saber científico es la mayor certeza disponible para los humanos en relación con los problemas de la salud y la enfermedad. Pero esta certeza no es absoluta. La vacuna contra el Sida todavía no se ha descubierto, aunque contamos con instrumentos paliativos para convivir con el virus. La ciencia se nutre del ensayo y del error, por eso no va a poner fin a nuestros conflictos, pero sí nos va a proporcionar algunas posibles certezas. No esperemos que nos resuelva nuestras disputas políticas, pero eso no quita que la valoremos más y que, a la par, aprendamos a convivir con incertidumbres que ni siquiera la ciencia puede resolver.

Usted lo conceptualiza como “la gestión del desconocimiento”.

Efectivamente. O dicho de otra manera: es la parte de la ciencia que se relaciona  con el conocimiento exacto y seguro para solucionar los problemas. Pero hay otros saberes, como las ciencias sociales, que no están volcadas en la búsqueda de certezas objetivas y absolutas, sino en la discusión sobre el sentido de nuestras evidencias. Decimos que de esta crisis saldremos valorando más a la ciencia, aunque la que valoraremos de verdad va a ser a la ciencia cortoplacista, útil e inmediata.

¿Esperar de la ciencia que sea útil e inmediata va a ser nocivo para nuestra sociedad? Con esta pandemia muchos trabajos científicos relevantes para descubrir el tratamiento o la vacuna se están publicando sin antes haberlos sometido a las revisiones de pares.

Durante la crisis la calidad de los trabajos científicos ha disminuido. En gran medida, la demanda social nos ha llevado a ello. La ciencia cuenta con dos caminos para su desarrollo: un camino a largo plazo basado en la paciencia y otro más cortoplacista que responde a las necesidades de resolver un problema colectivo o a la impaciencia del individuo que quiere forjar su carrera científica. Por encima de todo, la ciencia requiere paciencia y tolerancia al error. Ahora mismo se están haciendo muchos ensayos de vacuna contra la Covid-19, de los cuales solo tres o cuatro darán buen resultado. La ciencia vive del planteamiento de hipótesis, sin esto no habría ningún ensayo exitoso.

Portada pandEn su libro, nos habla de la pluralidad de saberes y de intereses y de cómo estos son gestionados durante las crisis. Afirma que es importante un punto de conexión donde los dos puedan desarrollarse, ¿no cree que esa pluralidad es imposible y que vamos a obtener, bien, un único camino, bien, una lacha de intereses?

Durante la crisis, se produjo un fenómeno, que ya había comenzado antes a tomar fuerza: una comunidad de Estados que se copian entre ellos las buenas prácticas. Al principio de la crisis las opiniones eran diversas: unos optaron por la inmunidad masiva, mientras otros por el confinamiento, bien parcial, bien total. Con el paso del tiempo, los Estados, mediante la imitación, han aprendido de los errores y los aciertos de otros; España aprendió de Italia y a su vez Portugal lo hizo de España. En América Latina, y lo sé por las conversaciones que mantengo con gente del continente, aprecian la manera que tuvimos de solucionar el problema, les parece ejemplar y la emplean de modelo para solventar su propia guerra con el virus. Nos equivocamos al pensar que la globalidad consiste exclusivamente en intercambiar productos, también es un buen espacio para el intercambio de ideas.

¿Esta crisis ha mostrado definitivamente la vulnerabilidad del sistema global que llevamos alimentando estos últimos 20 años?

Sin duda esta crisis ha sometido a prueba muchas cosas, y entre ellas aquellas relacionadas con la convivencia. Nuestra condición corporal, que a veces olvidamos, se ha dañado durante el confinamiento, creándose una mayor desigualdad. Gracias a la vulnerabilidad comprendemos que si queremos salir de la crisis sanitaria la responsabilidad de nuestro comportamiento es fundamental. Esta vez no solo cuenta la acción de los Estados.

¿La derecha está aprovechando la idea de la libertad individual para hacer campaña contra gobiernos actuales?

La extrema derecha europea ha criticado el confinamiento, argumentando que es una agresión a nuestra libertad individual; han obviado nuestra capacidad de contagio, algo que debemos tratar con responsabilidad. Esta derecha, que proviene de Estados Unidos y crítica al veto parental y los impuestos, se está introduciendo en nuestra sociedad. A diferencia de la conservadora, no le tengo ningún respeto.

Usted dice en Pandemocracia que más que prohibir hay que “movilizar una ética de la responsabilidad”, ¿Cómo lo hacemos? ¿La educación tendría que regresar al debate?

Cuando apelamos a la educación como el camino para solucionar los problemas, en realidad estamos tirando la toalla, ya que depositamos nuestra confianza en procedimientos muy largos. Ahora podemos hacer cosas, es más, ya se han hecho; por ejemplo, los gobiernos de distintos países han promovido buenas campañas de información en las que se ha potenciado la responsabilidad individual de una ciudadanía que, en la mayoría de las ocasiones, respondió adecuadamente.

¿Esta crisis va a terminar definitivamente con la Unión Europea? El contexto actual difiere de la crisis del año 2008; actualmente afrontamos problemas como la inmigración, la desafección norte-sur, el Brexit.

La crisis del 2008 sí pudo haber terminado con la Unión Europea, pero, por el contrario, de esta crisis saldrá más reforzada. La dimensión sanitaria ha puesto en jaque los elementos de gobernanza a disposición de la UE y ha obligado a los estados a reflexionar. Como ha dicho usted, la crisis nos ha pillado en un momento muy malo; no obstante, las interpretaciones han cambiado por completo: ahora no son un grupo de países endeudados por su praxis irresponsable. Este discurso se ha revertido a favor de una mayor conciencia de la vulnerabilidad compartida, es decir, los miembros de la Unión Europea han comprendido que las condiciones sanitarias de un país miembro inciden sobre el resto y, además, de que las condiciones crediticias, para esta crisis, deben ser discutidas. Los países del sur de la UE, también, han cambiado su percepción de Europa: antes la veían como una amenaza para sus democracias, pero consideran que en esta crisis se ha entrometido poco. Ahora la ven como una solución.

Dice usted en el libro que la pandemia era algo imprevisible, pues ya había varios indicios que nos vaticinaban la posibilidad de que un virus colapsara el planeta; me refiero a las instituciones y la gran cantidad de epidemiólogos y virólogos, no solo de coronavirus, que mostraban en sus trabajos académicos su preocupación por una posible pandemia. ¿De verdad era imprevisible o los gobiernos han optado por correr un tupido velo?

Era previsible, lo imprevisible era determinar el momento y las dimensiones exactas. En mi libro anterior, defiendo que los gobiernos volcados en carreras electorales cortoplacistas no tienen ningún incentivo para introducir en los presupuestos una partida de dinero destinada a asuntos que no estén en el horizonte político de su actualidad.

Sí, pero tuvimos avisos: la Gripe-A, el Ébola…

La Gripe-A supuso para las arcas del Estado un gasto muy elevado y después resultó ser una alerta exagerada. Nuestras sociedades funcionan por alertas gestionadas desde el mando político; ellos deben determinar los riesgos y establecer los criterios políticos pertinentes. Pongamos que el gobierno emplea parte de los presupuestos en la prevención y la lucha contra una pandemia, sin contar con señales de que pueda ocurrir; para empezar, no pasaría el control parlamentario y, más tarde, ¿cuál cree que sería la respuesta social? Los riesgos no pueden ser gestionados como peligros reales, porque simplemente pueden ocurrir o no. Por lo tanto, obligan, tanto a los gobiernos como a las sociedades, a emplear mecanismos de prevención muy sofisticados que, por desgracia, nuestros sistemas políticos aún no han desarrollado.

¿La sociedad poscovid tenderá más hacia el racismo que la sociedad precovid?

Posiblemente nuestra amenazante percepción del extranjero aumente. No obstante, si hacemos una reflexión rigurosa, nos damos cuenta de lo contrario. La salud de todos nos interesa, por lo menos para salvaguardar la nuestra. No recuerdo el nombre del político que dijo que solo era necesario vacunar a nuestros nacionales, que a los inmigrantes ilegales no. Precisamente para evitar que el virus contagie a la población nacional, también tienen que ser vacunados los inmigrantes ilegales. El estado de bienestar no nació por la caridad de las élites, sino en el contexto de un combate social, por su necesidad. Un obrero sano y formado se traducía en una mayor producción. Así que, por qué no, se podría producir algo similar.

Para terminar, ¿cree que esta crisis va a cambiar de verdad las cosas o nos ocurrirá como en el ejemplo que usted describe en el libro: tras el chisteo, todos volveremos a nuestra conversación?

Yo creo que habrá una cosa intermedia. Esto no va a proporcionar un vuelco radical, ya que las personas estamos sacando lecciones muy contrarias. Nuestros debates sociales se dirimirán en controversias políticas, ya que en ningún sitio está escrito cuál es la forma más correcta de salir de la crisis