¿Quiénes fueron los primeros detectives privados españoles?

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José Luis Ibáñez escribe en “Todo lo oye, todo lo ve, todo lo sabe” la primera historia sobre los orígenes de la investigación privada en nuestro país

  

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Texto: Susana Picos    Ilustración: Revista Aventuras y Detectives

 

El escritor y periodista José Luis Ibáñez es el creador del detective Toni Ferrer, protagonista de varias de sus novelas. Durante sus primeras investigaciones para documentarse encontró muy pocas referencias a los primeros detectives españoles, de hecho, le aseguraron que hasta 1950 no existían en nuestro país, por eso su sorpresa fue grande cuando descubrió que no era así y que en tiempos de la Restauración ya había detectives privados. El ensayo “Todo lo oye, todo lo ve, todo lo sabe” (Espasa) es el resultado de años de trabajo de documentación y narra, como reza en el subtítulo, “la extraordinaria aventura de los primeros detectives”, donde descubriremos, entre otros, al Sherlock Holmes español y episodios de nuestro país muy poco conocidos. 

¿Desde cuándo existe la figura del detective privado en nuestro país?

El primer detective con nombre y apellidos, Daniel Freixa, inauguró su agencia en Barcelona, en 1888. Era un despacho que respondía al modelo francés, mezclaba la información comercial con la investigación privada propiamente dicha. Su nombre lo dice todo: La Vigilancia y Seguridad Mercantil. Sin embargo, he encontrado una referencia a un enigmático «policía particular» que pudo ejercer en Madrid a finales de la década de 1850. Anduvo liado en un enfrentamiento entre dos periódicos rivales, pero no he hallado más información sobre él. La misma naturaleza de la profesión, discreta y secreta, complica la búsqueda de los primeros profesionales.

¿A qué se dedicaban los primeros detectives?

Tenían una cartera de servicios muy variada. En una época en la que el acceso a la información personal era complicado, ellos se especializaron en ese tipo de búsquedas. Los archivos no estaban centralizados, muchos habían desaparecido en las guerras y revueltas del siglo XIX, y no existía, tampoco, un documento de identidad de uso general, por lo que era bastante fácil delinquir, cambiar de identidad y desaparecer. 

La profesión no estaba regulada y los detectives españoles podían actuar en cualquier tipo de asunto a petición de parte, hasta en investigaciones criminales. Algunas agencias, como Detectives Office, de Barcelona, contaban incluso con técnicos de laboratorio propios. Los detectives se movían en tres grandes ámbitos: el de la familia, el comercial y económico, y el penal.

En el ámbito familiar iban mucho más allá de los casos de infidelidad, que les dieron muy mala fama. También investigaban la fortuna y «la moralidad» de los y las pretendientes para el matrimonio, comprobaban los antecedentes del servicio doméstico y se hacían cargo de la búsqueda de personas desaparecidas y de posibles herederos.

Las investigaciones económicas eran importantes. Muchas agencias basaban su facturación en los informes comerciales, que evaluaban la solvencia de las personas y de las empresas antes de concederles un crédito, venderles a plazos o asociarse con ellas. También conseguían pruebas sobre alzamientos de bienes y perseguían a los morosos. En el ámbito penal, investigaban robos, incendios, desfalcos, estafas, falsedades documentales, chantajes, amenazas… y hasta algún homicidio.

¿Cuál era su perfil profesional?

Tuvieron un origen dual: por un lado, guardias civiles y policías jubilados, en excedencia o en cesantía —una figura administrativa de la época—; por otro, empresarios y agentes procedentes de las llamadas «agencias informadas», que eran empresas que se dedicaban a facilitar información y a realizar trámites comerciales, inmobiliarios, laborales, de servicio doméstico, de traspaso de negocios e incluso matrimoniales, y que funcionaban desde mucho antes.

La cada vez mayor presencia de policías en estas agencias informadas es la que explica, en parte, su evolución hacia los despachos de detectives privados. A partir de los años veinte del siglo pasado, la evolución del modelo de negocio atrajo a empresarios e inversores sin vinculación previa con el sector.

En cuanto a los requerimientos, eran muy genéricos: inteligencia, sagacidad, don de gentes y facilidad para disfrazarse y actuar. En los años de entresiglos las distintas clases sociales vestían y actuaban de formas diferentes. En un manual de la época se dice que el detective debe «saber llevar impecablemente lo mismo el elegante frac que la grasienta blusa del obrero», 

¿Había mujeres detectives?

Sí, las había. En todo el mundo fue una de las primeras profesiones liberales a la que se incorporó la mujer. La primera detective, Kate Warne, trabajó para la Agencia Pinkerton a partir de 1856. En España, las primeras mujeres detectives empezaron a ejercer hacia 1910. En 1914 ya se publicaban anuncios en los que se ofrecían sus servicios con toda normalidad. 

¿Tenían un papel secundario o lideraban las investigaciones?

Su papel dependía del tamaño y del tipo de clientes de la agencia. Las dos primeras investigadoras de las que conocemos nombre y apellidos, María Álvarez Cadenas y Adela Moreno, jugaron un papel fundamental en el «caso Inchausti», un asunto sensacional de 1915. Lo tuvo todo: una falsa acusación de locura, un psiquiatra corrupto, una falsa amante… En el libro lo cuento con pelos y señales. En la sentencia, sin embargo, los magistrados de la Audiencia de Barcelona reconocieron a su compañero como detective, pero a ellas las despacharon con un «sin profesión». 

En 1924, una mujer dirigió por primera vez una agencia de detectives. Se llamaba Carolina Bravo y tuvo su despacho en la calle Canuda, de Barcelona.

portada todo lo oye todo lo ve todo lo sabe jose luis ibanez 201911041223¿Cuándo se crean las primeras agencias de detectives en España?

Las primeras agencias dedicadas en exclusiva a la investigación privada aparecieron en Madrid, en 1900. Muy pronto se abrieron también despachos en ciudades con puertos importantes, como Alicante, Almería o Cádiz. En Barcelona, en 1907, se anunció el primer «detectiv particular». Es curioso constatar cómo en las capitales con fuerte peso de la administración y de una burguesía rentista se impuso la denominación más —digamos— oficialista de «policía privada», mientras que en las ciudades con un mayor dinamismo comercial e industrial funcionó mejor lo de «detective privado». Entre 1888 y 1936 se anunciaron unas trescientas agencias en toda España. 

¿Cómo era la relación de los detectives con la policía?

Fue ambigua, en el mejor de los casos; casi nunca cordial. Hasta 1918, la figura de la cesantía permitía que cuando cambiaba el gobierno se pudiera relevar a todo el cuerpo de policía. Los comisarios e inspectores cesantes se pasaban al sector privado, de forma que liberales y conservadores se iban alternando en la policía y en las agencias, compitiendo en la resolución de asuntos. La prensa partidista azuzaba aquel enfrentamiento.

Sin embargo, el dinero creó extrañas alianzas. Durante años, los agentes cobraban las recompensas ofrecidas por bancos y aseguradoras, pero debían repartirlas con sus compañeros y mandos. Muchos inspectores decidieron aliarse con detectives para investigar juntos, y que la gloria y la recompensa se la llevaran estos últimos. Luego se repartían el dinero discretamente y les tocaba mucho más. Eso indignaba a los altos cargos policiales y del ministerio, que castigaron la práctica en varias ocasiones.

Menciona a siete detectives españoles fundamentales. ¿Qué destacaría de cada uno de ellos?

Fue la parte más difícil de escribir y creo que es la más divertida de lectura, puesto que explico las aventuras y desventuras de los siete detectives que aportaron los elementos más significativos para el desarrollo de la profesión en España.

Daniel Freixa fue el pionero. Como he explicado antes, creó, en 1888, la primera empresa que ofreció servicios de investigación. Optó por el modelo francés, que conocía muy bien por sus contactos con antiguos colegas de la Sûreté que se habían pasado al sector privado. Fue jefe de la Policía de Barcelona en un período muy convulso.

Fernando Cadiñanos fundó la Agencia Cadiñanos, en Madrid, en 1903. Incluyó por primera vez en España el apellido del detective en el nombre de la agencia, como un aval de seriedad. Fue el primero en hablar de los detectives como los garantes de los derechos de los ciudadanos frente a los abusos del poder a través de la policía.

Antonio de Nait es uno de mis personajes favoritos. Fue el más cinematográfico de nuestros detectives. Era un tipo rico, elegante, políglota y un consumado gourmet. Trabajó como periodista, fue traductor de Zola y espía francés durante la Primera Guerra Mundial… con licencia para matar. En 1909 fundó en Barcelona American Office, una empresa con vocación internacional. Resolvió casos muy sonados.

Ramon Julibert fue el gran innovador. Su agencia, L’Humanité, ofreció servicios de investigación privada, vigilancia uniformada, escolta de personalidades y correo seguro con Europa durante la Gran Guerra. En 1917 abrió en Barcelona la primera Escuela de Detectives Privados de nuestro país.

Un caso singular fue el Antoni Tresols. Inauguró la Agencia Tresols tras jubilarse de la Policía. Pese a su analfabetismo, fue jefe del cuerpo en Barcelona y dirigió una empresa sólida que le sobrevivió y prolongó su actividad hasta la década de 1950. Realizó servicios para el gobierno de los que hoy se encargaría el CNI. 

Enrique Cazeneuve Cortés era el prototipo de caballero detective. En 1919 fundó en Barcelona, Detectives Office C.º Ltd., la agencia más importante del momento. Además, fue un pionero en la divulgación de la crónica negra por la radio y escribió Detectivismo práctico, el primer manual mundial de la profesión.

El séptimo es Ramón Fernández-Luna. Era manchego y lo llamaban el Sherlock Holmes español. Ha sido, seguramente, el mejor investigador de la policía española y dirigió la primera Brigada de Investigación Criminal. En 1923 inauguró la Agencia Fernández-Luna, en Madrid, avalando con su prestigio personal una profesión que, hasta entonces, despertaba más recelos que simpatías.

¿Por qué cree que aquí el único detective privado que conocemos es, principalmente, el americano?

No hay una sola causa. La más importante, sin duda, es que las industrias culturales norteamericana, británica y francesa de finales del XIX y principios del XX eran mucho más potentes que la española. La figura del detective extranjero se multiplicó a través de los folletines, primero, y del cine, después.

Desde su nacimiento, la policía española fue instrumentalizada por el poder, solía actuar de forma brutal y tenía muy poco prestigio social. Y la desconfianza general hacia ella contaminó durante décadas la imagen de los detectives españoles. Puestos a elegir, la gente prefería el modelo importado. Sin embargo, los intelectuales de referencia consideraban al detective como un invento foráneo que nada tenía que ver con nuestra tradición. Los grandes columnistas de la época fueron, en general, muy hostiles; se habló incluso de «sarampión detectivesco», como si fuese una enfermedad social.El último factor es la Guerra Civil. Tras ella se corrió un tupido velo sobre muchos aspectos de la vida social y económica anteriores. Para las dictaduras de cualquier color, la figura del detective es muy incómoda.