Rosa Montero vuelve al Madrid de 2109

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Rosa Montero (Madrid, 1951) * Presentó en la Biblioteca Bonnemaison de Barcelona El peso del corazón (Seix Barral). * Se trata de la segunda aventura de Bruna Husky, una tecnohumana de combate que, a diferencia de sus congéneres, tiene los recuerdos de su creador; como ellos, no obstante, cuenta con una fecha de caducidad de diez años. * “Una cosa maravillosa de escribir una novela de ciencia ficción es la posibilidad de regalarte un mundo propio.” * “No se escribe para enseñar nada, se escribe para aprender. Y si no aprendes algo de tus libros es que lo has hecho mal”. * “Este libro lo he hecho con la misma necesidad, con la misma ambición y la misma profundidad. Me parece un libro muy íntimo y muy mío”. * “Bruna Husky es un emblema perfecto de la mayor tragedia del ser humano: venir a este mundo con tantos deseos de vivir y tantos proyectos, con este yo tan enorme que tenemos, y luego en dos parpadeos se va”. * “La democracia es el único camino posible, lo que pasa es que hay que mejorarla y hay que empujarla; el progreso no crece solo”. * “Claro que si te quitan el deseo te quitan el dolor, pero también la vida. Yo soy occidental: prefiero deseo y dolor. Estoy dispuesta a pagar ese precio”.

 

texto ANTONIO ITURBE / fotos ELENA BLANCO

Rosa Montero, como su replicante Bruna Husky, es algo biónica. No sólo por los cuatro tornillos que lleva en la columna vertebral, sino por su propia electricidad personal. Topamos con ella en la Biblioteca Bonnemaison de Barcelona para que nos invitara a asomarnos al mundo del siglo XXII en El peso del corazón.

En los Estados Unidos de la Tierra, donde los países se han unificado en una democracia frágil acechada por levantamientos y problemas, Madrid es una ciudad donde los barrios de clase alta y baja se diferencian por la calidad del aire de que disponen. Unas calles salpicadas de pantallas por todas partes que lanzan pastillas de información de acontecimientos en directo, por las que se mueven personas y tecnohumanos creados genéticamente en laboratorios. Estos replicantes tienen insertados en su cerebro los recuerdos que escriben los memoristas y una fecha de caducidad de vida de diez años. Bruna Husky es uno de ellos, del tipo de combate, especialmente dotado para ejercer labores militares o de seguridad. Ella ha elegido ser detective. Bruna Husky no es exactamente humana, pero tampoco es exactamente igual a otros tecnohumanos: su memorista, Pablo Nopal, saltándose todos los protocolos, no le insertó una de las memorias estándar felices e insulsas preparadas para los androides, sino sus propios recuerdos. Husky es una rara entre los raros. Dice Rosa Montero que de todos sus personajes, Husky es el más parecido a ella. No exactamente en lo físico, pero sí en ese obstinado inconformismo, en el no parar quieta un instante, como si no quisiera perderse ni un minuto precioso de la vida.

 

Esta es una novela futurista pero todo suena rabiosamente realista…

Una cosa maravillosa de escribir una novela de ciencia ficción es la posibilidad de regalarte un mundo propio. Un mundo que yo trazo de manera muy detallada. En la primera novela cuento cómo es el reglamento de los taxistas del año 2109 y ha de ser coherente. Si escribes una novela de género mágico maravilloso, que a mí me interesa poco, puedes empezar escribiendo: “Aquel fue el día en el que a las ranas les creció el pelo…” y a partir de ahí puedes escribir lo que te dé la gana. Para mí eso es un aburrimiento. Una novela de ciencia ficción de estas características significa escribir un rompecabezas enorme en el que tienen que encajar todas las piezas.

Y aparecen ahí todos los temas que te han interesado siempre a lo largo de tu carrera… la memoria, el encaje social de los que son diferentes, el miedo, la mentira…

Tú intentas volver una y otra vez a esos temas. No se escribe para enseñar nada, se escribe para aprender. Y si no aprendes algo de tus libros es que lo has hecho mal. Encontrar una manera de explicártelos a ti misma de una manera más exacta, más profunda y más bella. Eso es la escritura. Y vuelves, y vuelves…

Este es un thriller, pero también una novela existencial.

Este libro lo he hecho con la misma necesidad, con la misma ambición y la misma profundidad. Me parece un libro muy íntimo y muy mío. Las novelas se escriben con el inconsciente: no escribo lo que sé sino lo que no sé que sé.

También es un libro que habla mucho del tiempo.

Otro tema que me importa…

Ya en La ridícula idea de no volver a verte decías que sólo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo. Y que ahí se abre una grieta hacia lo verdadero… ¿Qué vemos por esa grieta?

Vemos la gran tragedia del ser humano. Bruna Husky va descontando obsesivamente el tiempo que le queda: sabe exactamente cuándo va a morir. Ella no puede hacer como los humanos, que se olvidan de que son mortales. Por eso es un emblema perfecto de la mayor tragedia del ser humano: venir a este mundo con tantos deseos de vivir y tantos proyectos, con este yo tan enorme que tenemos, y luego en dos parpadeos se va. Y cuando en dos parpadeos más se vaya la siguiente generación ya no habrá siquiera quien nos recuerde. La muerte es algo inhumano, no nos cabe en la cabeza. La certeza de la muerte, más que asustarla, la irrita.

Bruna prefiere la rabia a la pena…

Yo tengo tentaciones de eso.

En la novela se nos muestra la fragilidad de la democracia de esos Estados Unidos de la Tierra, incluso sus zonas opacas. Dentro de cien años parece que seguimos arrastrando los mismos problemas de ahora.

Hay un deterioro de la credibilidad de la democracia y como la democracia tiene transparencia, o al menos cierta transparencia, deja traslucir todas sus lacras: hipocresía, corrupción, falta de igualdad… Y en ese hundimiento de la credibilidad de la democracia va creciendo la tentación de las tiranías, tanto desde el punto ultrarreligioso como laico: ahí vemos los neonazismos y el Isis. La única certidumbre que tengo es que la democracia es el único camino posible, lo que pasa es que hay que mejorarla y hay que empujarla; el progreso no crece solo. En cualquier momento puede hundirse todo e ir a parar a un pasado retrógrado. Si se hunde la democracia es el infierno. De lo que se trata es de empujar para que esto que se tambalea vaya hacia un lugar mejor, una sociedad más habitable, mantener los logros, aunque sean pequeños y manchados de cosas turbias, conseguirlos ha costado siglos y siglos de luchas.

Hay un matemático en la zona caliente del Norte donde se producen los enfrentamientos con los separatistas llamado Mikael. Defiende la democracia frente al fanatismo, pero a la vez hace una arenga sobre el desencanto, sobre ese gobierno planetario salpicado por la corrupción incapaz de atender las necesidades reales de sus ciudadanos. Dentro de cien años siguen los de Podemos dándole...

¡Pobre Mikael! No, no lo veo en Podemos.

Una cosa que marca la clase social es la disponibilidad de aire de calidad y se explica que el Tribunal Constitucional acaba de prohibir su comercialización. Lo que más me sorprende no es que se comercie con el aire, sino que dentro de cien años siga ahí el Tribunal Constitucional.

Hay novelas de ciencia ficción en que la gente hace cosas muy extravagantes. Pero si miramos atrás vemos, por ejemplo, que cocinas ha habido desde el siglo de Pericles… ¿cómo no va a haber cocinas en el siglo XXII? Y tribunal constitucional, pues también. La condición humana ha variado poquísimo.

¿Eso no es una tragedia?

Lo es.

 

 

Uno de los personajes, Yiannis, intelectual con un pie en el siglo XXI con la casa llena de libros de papel dice que lo único que da sentido a la vida es el conocimiento, el arte, la belleza… pero también nos advierte de que nuestra fugacidad hace que sea un aprendizaje frente a la nada. ¿El esfuerzo intelectual tiene realmente sentido?

Es lo que pasa en la famosa anécdota de Sócrates. Lo condenan a suicidarse tomando la cicuta y pasa la noche rodeado de sus alumnos pero a lo suyo, aprendiendo tozudamente a tocar una melodía muy complicada en la flauta. “¿Cómo pierdes tus últimas horas aprendiendo esa canción si vas a morir?”, le dicen. “¿Cómo para qué?”, responde. Para aprenderla. Da igual aprender algo cinco minutos antes de morir o cincuenta años. Siempre va a ser un conocimiento frente a la nada. Pero a Sócrates le daba igual. A qué mejor iba a poder dedicar el tiempo que a eso que nos eleva por encima de nuestra mediocridad humana, el dedicar un tiempo de nuestra finitud a aprender algo y crear belleza, o al menos rozarla.

Cuesta a veces asimilar eso…

Es que no somos duchos en el arte de disfrutar del presente. No existe más que este momento de ahora mismo. O vivimos atormentados por el pasado o vivimos posponiendo la felicidad. Pasamos por el presente pisoteándolo para tratar de llegar a ese futuro que no existe.

En la novela, un personaje le dice a Husky que al enamorarse se ha vuelto más vulnerable, ha bajado la guardia. Entonces, ¿la sensación de poderío que da el amor es imaginaria?

Totalmente. El enamorarte te hace frágil. Cuando quieres a alguien empiezas a tener miedo por lo que le pueda pasar. Pero también aumenta la vida. Frente al dolor de la vida y la frustración está la opción budista de rechazar el deseo: no desees y no sufrirás. Y Occidente es todo lo contrario: todo es desear. Y claro que si te quitan el deseo te quitan el dolor, pero también la vida. Yo soy occidental: prefiero deseo y dolor. Estoy dispuesta a pagar ese precio.

Se dice en la novela que “sin miedo no hay creación”. ¿Por qué?

El arte es una manera de combatir el miedo, una manera de refugiarnos del mal y del dolor. La vida da mucho miedo: porque nos morimos, porque se muere la gente querida. El miedo no es siempre malo, también nos pone las pilas. Es malo cuando te paraliza, cuando te derechiza. Pero el miedo es un aguijón que nos hace ir hacia adelante.