Azahara Palomeque, poeta e inmigrante en la América de Trump

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"Año 9: Crónicas catastróficas en la era Trump", un ensayo autobiográfico en el que relata sus vivencias como inmigrante en yanquilandia

 

Palomeque

 

 

Texto: Víctor PEÑA DACOSTA 06/10/2020

Azahara Palomeque (nacida en “El Sur” -sic- en 1986) es autora de tres poemarios: American poems, En la ceniza blanca de las encías (Siltolá, 2015 y 2017, respectivamente) y RIP (Rest In Plastic), publicado en 2019 por RIL Editores. Acaba de publicar Año 9: Crónicas catastróficas en la era Trump, un ensayo autobiográfico en el que relata sus vivencias como inmigrante en yanquilandia

¿Qué estrategias has llevado a cabo para sobrellevar el confinamiento?

Mi estrategia para sobrellevar todo es siempre la lectura y la escritura.

Por si vuelve el confinamiento, ¿hay algún truco fácil para los días duros que recomiendes?

Creo que no soy la más indicada para dar consejos: antes de la pandemia ya llevaba una vida muy austera, con pocas salidas, casi ningún capricho, y muy limitada socialmente, porque la gente a la que quiero no se encuentra cerca. En ese sentido, mi confinamiento está bastante arraigado.

Haces una analogía con el retorno de Ulises: ¿es posible retornar a Ítaca o, en tu caso, a España?

Es muy difícil. Todos los días me hago la misma pregunta, no en sentido abstracto sino invirtiendo tiempo en contactar a gente, preguntando qué posibilidades hay de encontrar empleo, haciendo cálculos económicos... Ahora, precisamente, en mitad de otra crisis económica, parece imposible, pero siempre tengo la esperanza de retornar a esa “marisma”, que en el libro quiere decir un lugar seguro y sin amenazas.

CrónicasEn el epílogo del libro reflexionas sobre el desarraigo lingüístico. “Sufro una constante ansiedad con síntomas físicos al pavor que le tengo a perder mi lengua”. ¿Sigue siendo este tu mayor miedo?

El miedo es una emoción a la que he dedicado bastantes horas de reflexión, y esto es así porque realmente ha aumentado durante mi experiencia migratoria. Hay muchos estudios sobre los efectos de la inmigración en la salud mental, así que parece ser un sentimiento común entre los que nos desplazamos a otro país, pero, tratándose de Estados Unidos, nación líder en tiroteos y en ansiedad, está más que justificado. Ahora mismo, en mitad de una pandemia y desde aquí, te puedo asegurar que esa pérdida lingüística sigue preocupándome, y lucho constantemente contra ella: creo listas de palabras, me impongo una disciplina férrea de lectura, como quien va al gimnasio. A veces, descubro un término que hacía tiempo que no escuchaba y me alegro de haberlo recuperado. Perder la lengua es ver disminuir el pensamiento, sobre todo porque esa pérdida no la compensa la ganancia que representa hablar otros idiomas. Sin pensamiento no somos nada. Por otra parte, como escritora e inmigrante, el español no es solo mi herramienta de trabajo, sino también lo que me conecta con el origen y la confirmación de una identidad. Por eso le doy tanta importancia.

Una de las crónicas del libro Diario de Princeton se nutre de las notas que tomaste entre 2013 y 2016. ¿No podrían ser el germen de una novela de campus coral y generacional?

Ese Diario lo concebí como desahogo y, pasado el tiempo, vi que de ahí podía extraer muchos materiales para seguir pensando. Es curioso que apuntes a la elaboración de una novela, porque ya está escrita. Llevo unos tres borradores y todavía no estoy satisfecha con las cien primeras páginas, así que seguiré trabajando en ella hasta que esté lista.

Antonio Orejudo, que también fue profesor en una universidad estadounidense, considera que en España el género de “novela de campus” está abocado al fracaso porque la realidad de los tejemanejes académicos resulta tan surrealista que no resultaría creíble.

Creo que los campus americanos se prestan mucho más al género en cuanto que son universos cerrados. En España, los centros educativos están conectados con el mundo: la familia, los bares, etc. En Estados Unidos, donde no se puede beber hasta los 21 años, las universidades son los únicos lugares de ocio accesibles. Los botellones y las fiestas se realizan en las casas de las fraternidades, teóricamente a escondidas. Además, la experiencia de estudiar una carrera normalmente implica vivir en un colegio mayor y aislado de otros colectivos. Por cómo están estructuradas las universidades, donde el rector puede ganar varios millones de dólares y los profesores adjuntos unos pocos miles al año, e igualmente encuentras estudiantes pobres a los que llaman “diversidad” junto a otros millonarios, se dan una serie de dinámicas de poder que serían imposibles de traducir al universo español. En este sentido, creo que el género se ajusta bien al contexto yanqui. Lo que yo he escrito es una novela de campus americana, pero en español, y en Año 9 hay un esbozo.

Hablas en tus crónicas del privilegio blanco, con el que se aprende a convivir de manera involuntaria pero consciente. También retratas el miedo, casi constante, a ser víctima de un tiroteo. Me resultó inevitable recordar ambos pasajes al ver la permisividad de los cuerpos y fuerzas de seguridad estadounidense con los grupos armados de blancos que, a una orden de su presidente, habían salido a “liberar” ciudades y estados de las medidas propuestas por sus gobernadores contra el Covid-19.

En Estados Unidos estamos hablando de un privilegio blanco que alcanza cotas estratosféricas precisamente porque el racismo es muchísimo más dañino que en otros países: es un racismo institucionalizado, integrado en las leyes, en los manubrios mismos del sistema. Por ejemplo, está más que demostrado que los bancos utilizan prácticas predatorias para conceder hipotecas según tu raza, lo cual perpetúa la segregación racial por barrios. La vivienda de los barrios negros, depreciada en el mercado, a su vez rebaja la calidad de la educación, porque los colegios públicos se financian con el IBI de los barrios.

¿No es curioso que esos privilegiados que ahora tienen un digno representante al mando de la nación sigan considerándose “basura blanca maltratada” y, por tanto, con derecho a una supuesta rebeldía antisistema?

Ser blanco te garantiza una serie de privilegios, te otorga una superioridad, hasta una seguridad tangible: la brutalidad policial no se ceba con los blancos. Por otra parte, hay una clase blanca trabajadora, empleada antiguamente en una industria manufacturera que ya no existe, que ha visto mermado su nivel de vida. Hasta cierto punto, se puede entender su rabia contra un país que los ha abandonado, pero en lugar de desviarla hacia candidatos más progresistas, como Bernie Sanders –a quien consideran representante de negros, gays y otros colectivos que ellos creen inferiores– pues la depositan en candidatos como Trump. Siguen gozando de los privilegios raciales, pero no de las garantías económicas de antaño.

Como colaboradora en la prensa, ¿qué tal te sientes al contar en España tu vida americana? ¿Te ha traído algún conflicto esta labor de denuncia social que observamos a lo largo de todo el libro, y especialmente en la crónica donde relatas el encuentro con Ahmad?

Es cierto que el tono y la temática de las crónicas de este libro se parecen a los de mis escritos en prensa. Esta labor periodística, hasta ahora, no me ha creado ningún problema precisamente por el estatus que tiene el español en este país: es una lengua de segunda, de inmigrantes, de servicio (es la lengua de quien te vende unos tacos en un foodtruck o quien te arregla el tejado). Gracias a este racismo, a poca gente le importa aquí lo que yo escriba. Mi español ha actuado como búnker, pues me protege de una críticas que serían demoledoras si me expresase en inglés. Respecto a la crónica de Ahmad: este es un refugiado sirio con el que establezco una afinidad breve pero muy fuerte porque ambos somos extranjeros en un país que nos desprecia. Precisamente por ese desprecio creo que no habría interés en historias de este tipo, al menos no por parte de la ciudad letrada, en la expresión de Ángel Rama.

En la crónica Make America great again prefiguraste mucho de lo que estaba por venir con el gobierno de Donald Trump. ¿Podrías aventurarnos un resultado para las próximas elecciones?

Es cierto que nunca he estado tan lúcida como en aquella época pero, ahora que lo veo con más distancia, esa prefiguración de lo que ocurriría, o esa intuición si queremos llamarlo así, tiene mucho que ver con mi conocimiento del país y también de las palabras. La gente cree que estudiar literatura es dedicarse a contar los versos de un soneto, pero realmente lo que hacemos es analizar discursos, relatos , y la vida está llena de ellos. Cuando Trump estaba en plena campaña, su eslogan de “Make America Great Again” consiguió movilizar a una gran cantidad de gente precisamente porque plantea un ejercicio de memoria histórica. Ese “again”, otra vez, invita a pensar: ¿cuándo fue América grande, maravillosa? Se refería a la era de la industrialización, que propulsó un crecimiento económico inaudito y consiguió que miles de ciudadanos se situaran cómodamente en la clase media, esa que ahora se está desmoronando. Fíjate que no es un eslogan sobre el futuro, es regresivo, aunque con esperanzas de mejora. Evoca, también, una nostalgia del imperio perdido en un juego similar al del fascismo con la Roma imperial o incluso el franquismo con el Imperio donde no se ponía el sol. Mis conocimientos sobre estos temas me permitieron entender mejor el poder de aquel mensaje. En las anteriores elecciones, todas las encuestas le daban la victoria a Hillary, pero yo intuía que saldría Trump porque, a veces, vale más ser humanista que experto en estadística. Si la intuición no vuelve a fallarme, creo que saldrá elegido de nuevo, por varias razones: los demócratas, con su silencio e incompetencia no representan una amenaza, y además perderán los votos más progresistas que habrían ido dirigidos a Bernie Sanders; Trump sigue contando con los apoyos de antes y sabe hacer campaña en los swing states, que son los que deciden las elecciones; por último, está utilizando la pandemia para marcar la agenda mediática y eliminando sistemáticamente del ruedo político a quien lo contradice, también dentro de su propio partido. Ni siquiera creo que le afecte la ola de protestas masivas antirracistas: sus bases han aplaudido la mano dura empleada para reprimiras y, por desgracia, el voto negro es minoritario.

En su ensayo Las nuevas caras de la derecha, Enzo Traverso defiende que el Gobierno de Trump es personalista y su personalidad presenta muchos rasgos “fascistoides” propios de los líderes fascistas clásicos. Sin embargo, desmiente que se trate de una administración fascista…

En toda comparación histórica siempre va a haber errores, porque cada movimiento es producto de su época, y en eso parece basarse Traverso al efectuar su análisis. Por otra parte, entre los años 1930 y nuestro ahora ocurrió la fractura de la postmodernidad que, como explicaba Lyotard, supuso una pulverización de las grandes metanarrativas; es decir, que no hay discurso de ningún tipo ni relato emancipatorio que consiga reunir la cantidad de adeptos que, por ejemplo, en su día reunió el marxismo. Dicho esto, Trump comparte la megalomanía del gran líder y otras correspondencias puntuales con el fascismo, pero es cierto que no es un líder de masas –recordemos que el voto popular lo obtuvo Hillary–, ni un “hombre de Estado”. Ni siquiera persigue concentrar en él todos los poderes, aunque pueda parecer lo contrario. Gobierna a base de decretazos y tuits en cuestiones que movilizan a su electorado, como la inmigración, pero ha demostrado una total falta de liderazgo con el tema del coronavirus, dejando que los estados se encarguen de gestionar las consecuencias de la pandemia para que puedan así cargar con las culpas y responsabilidades. Mientras tanto, Trump destina las ayudas federales a salir reelegido: sus famosos cheques a las clases populares, y el rescate de las empresas a aquellas cuyos directivos le financiaron la anterior campaña electoral o le están financiando ésta.

Al final del libro, agradeces a la crisis de 2008 tu hogar, tu vida y tu matrimonio en Philadelphia. ¿Qué crees que puede traerte, traernos, de positivo la crisis de 2020?

Ese agradecimiento es puntual, diacrónico –no necesariamente por mi vida aquí, sino también y sobre todo por haber nacido y crecido en un país como España–, y se contrarrestra con un profundo sentimiento de protesta como acto cívico. Mi casa de Philadelphia y, no mi matrimonio sino mi pareja, actúan a menudo como refugio contra todo lo que me rodea. La crisis de 2008 tuvo poco de positivo: aumentó la desigualdad, afianzó una precariedad laboral que ya existía, nos hizo conformarnos con menos… pero sí que es cierto que creó una conciencia crítica que se manifestó en múltiples manifestaciones en las calles, masivas y constantes. La crisis nos politizó y nos hizo más conscientes de nuestros derechos como ciudadanos. Quizá en esta ocurra lo mismo. Por otra parte, tras ambas crisis ha quedado más patente que nunca la necesidad de fortalecer el Estado del bienestar y, sobre todo, la sanidad pública, y se le han visto las costuras a un sistema que no funciona, ni a nivel económico ni medioambiental. Tal vez estas lecciones conduzcan a cambios políticos en un futuro cercano.