Martín Abrisketa, un escritor con mucho secreto

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Martín Abrisketa (Bilbao, 1967) * “He trabajado en TVE como cámara, aprendí a escribir como periodista, he sido guionista”. * Se sirve de un seudónimo para publicar su primera novela, La lengua de los secretos (Roca), sobre las vivencias de su padre como niño durante la Guerra Civil. * “La razón es que mi padre, a medida que iba leyendo los capítulos, se sentía intimidado. Le imponía mucho ver su nombre y empezaba a poner peros, y llegó un momento en que nos bloqueamos. Se amotinó. Y decidí cambiar su nombre. Y si se lo cambiaba él, yo como hijo me lo tenía que cambiar”. * “Es una historia emotiva y debía ser fiel a ella, pero a la vez rellenar los huecos, meterme en su mente. Lo que me daba miedo era desbarrar. Respetar el equilibrio. He intentado contar la historia de mi padre como un cuento de aventuras pero que tú percibas el dramatismo”. * “¡Para ellos la guerra son vacaciones! No han de ir a la escuela. Poco a poco empiezan a pasar cosas. Acabaron en un pueblecito como refugiados. Eran como los Niños Perdidos del País de Nunca Jamás. Soy hijo de Peter Pan”. * “Hasta hace muy poco yo no era nada expresivo, muy poco comunicativo. Todo lo que eran sentimientos lo tenía guardado. Cuarenta años callado y por fin descubro el canal: la novela”.

texto de ANTONIO ITURBE

Dice Martín Abrisketa en el arranque del libro que Arrigorriaga era un territorio agujereado como un queso. Un lugar minero en una tierra apacible donde la gente cuidaba sus vacas y hablaba “la lengua de los secretos”. Pero otros agujeros se sumaron a los de las minas: los de las bombas que trajo la Guerra Civil, que trastocaron la vida de Martinxo, el padre del autor, que vio llegar la guerra con esa mirada estroboscópica de los niños. Eso de que hubiera una guerra civil le parecía poca cosa, una guerra de segunda, nada que ver con una guerra mundial. A lo largo de las páginas, el autor nos conduce de la mano del pequeño Martinxo y sus amigos por el final de la paz, la explosión de la guerra y las mil aventuras que viven, hasta llegar a trasladarse a Santander e incluso a un pueblecito alpino cono niños de la guerra, sin perder nunca la sonrisa. Una novela que no da tregua emocional al lector.

Martín Abrisketa es profundamente verdadero, pero no existe. Él mismo forma parte de ese lenguaje de los secretos. Al tratar de buscar datos en internet sobre él aparecen muy pocas referencias, un Facebook con pocos seguidores, su biografía es escueta. Le digo que me sorprende que alguien que trabaja en el medio audiovisual deje tan poca huella digital. Y me cuenta que Martín Abrisketa es un pseudónimo: “La razón es que mi padre, cuando empecé a escribir la novela y a medida que iba leyendo los capítulos, se sentía intimidado. Le imponía mucho ver su nombre y empezaba a poner peros, y llegó un momento en que nos bloqueamos. Se amotinó. Y decidí cambiar su nombre. Y si se lo cambiaba él, yo como hijo me lo tenía que cambiar. Abrisketa es mi quinto o sexto apellido”. Los vascos cuentan los apellidos. Y los apellidos cuentan.

 

Con razón no encontraba la huella…

Tampoco me agrada dejar mucha huella. Tengo otra historia, pero tampoco me interesa reivindicarla.

¿Por qué?

Prefiero empezar de cero.

Es chocante que escribas una novela tan vivencial e íntima, y en cambio no reivindiques tu propio yo.

Creo que no es importante en los medios en que he trabajado. He trabajado en Televisión Española como cámara, aprendí a escribir como periodista, he sido guionista… pero no tiene nada que ver con escribir literatura.

¿No te ha dado herramientas?

Escribir como periodista me ha ayudado a afrontar el arranque de ponerme a escribir, pero poco más. Haber sido guionista sí me ha ayudado a la construcción de la estructura. Y el ser cámara ha sido importante porque he hecho la novela como si la realizara, colocando las cámaras.

No da la impresión de una novela típica de guionista, que va midiendo los golpes de efecto…

No quería una estructura rígida, sino de frentes abiertos, más de preguntas que se vayan respondiendo más adelante. No miento, no hago trampas, no dejo señuelos. … lo que hago es dosificar la información, ir poco a poco.

Es una novela testimonial, pero novela. ¿Hay mucho de ficción?

Allá donde no alcanza la información, empiezas a crear. Había cantidad de lagunas en las historias que contaba mi padre de su infancia. Esas lagunas también te liberan del corsé y te dan libertad. Es una historia emotiva y debía ser fiel a ella, pero a la vez rellenar los huecos, meterme en su mente. Lo que me daba miedo era desbarrar. Respetar el equilibrio. He intentado contar la historia de mi padre como un cuento de aventuras pero que tú percibas el dramatismo. Intentando que el lector sea capaz de percibir el sufrimiento que hay detrás.

Hay en el relato un aire de fábula: la tragedia del bombardeo la convierten los niños en un juego…

Era así. Mi padre, cuando lo contaba, era así. Cuando se tiran los paracaidistas va a buscarlos, saluda a los nazis, y los pilotos volaban tan bajo que le devuelven el saludo. Se trataba de respetar el punto de vista de mi padre entonces, que es un niño. Su visión de las cosas es mágica. Pero a la vez hay que mostrar lo que hay detrás.

¿Y tú, al reunir los testimonios y confeccionar el libro, qué has descubierto que no esperabas?

Todo. Sabía algunas historias, pero todo lo demás no. Por ejemplo, sabía que había huido a Bilbao… pero que estuvieran los colchones sobre las ventanas. Es que es ahí, en los detalles, donde crece la novela.

Y siempre a través de la mirada de los niños, que van por su propio carril. Es como si, en medio del hundimiento, su cotidianidad no cambiara radicalmente.

¡Para ellos la guerra son unas vacaciones! No han de ir a la escuela. Poco a poco empiezan a pasar cosas. Acabaron en un pueblecito como refugiados. Eran como los Niños Perdidos del País de Nunca Jamás. Yo soy hijo de Peter Pan. Le pregunté qué pensaba él de ese pueblo, de ese lugar donde acabaron. Me dijo que tenía la sensación de estar en un limbo, ni él ni mi tía eran capaces de decir cuánto tiempo habían permanecido allí, si eran tres meses o un año. Solo se acordaban del amor de la gente alrededor…

Esta es una novela de la guerra, y sin embargo hay mucho amor y poco rencor…

Es que mi padre no tiene rencor. La guerra que vivió como niño fue una guerra sin odio y casi sin enemigos; saludaban con la mano a los pilotos nazis. El único problema de mi padre con el enemigo era el pensar que eran diablos que tenían cuernos y rabo. Cuando descubre que no, pues no lo ve tan enemigo. Es después, al madurar como adulto, cuando empieza a ver la verdadera cara del enemigo.

Y la presencia del paisaje, esa importancia simbólica de la naturaleza tan propia de la literatura vasca…

Es que tenemos una lengua muy antigua y a la fuerza ha de estar enraizada con la naturaleza. Nuestros antepasados, la forma de gobernarse era reunirse en torno a un árbol para debatir sin intermediarios. El árbol es un símbolo de la democracia. Es un símbolo con mucha fuerza, que está incluso por encima de nacionalismo o no nacionalismo, está por encima de eso. Es un símbolo más importante que cualquier bandera. Esa idea se traslada al libro.

En una carta su amigo le cuenta cómo se abraza al árbol…

Para mí es como abrazar a tus raíces, abrazar a tus padres. Es también un abrazo a la democracia. Dibujé esa imagen y sentí una paz de narices. Yo abrazo árboles de vez en cuando. Es algo agradable.

Dices en la novela: “Como tantas veces en mi vida, me quedo mudo en mitad del nada”. El libro da la sensación de decirles por escrito a tus padres lo que sientes…

Es que hasta hace muy poco yo no era nada expresivo, muy poco comunicativo. Todo lo que eran sentimientos lo tenía guardado. Cada uno lleva lo suyo. Se me murió una hermana… la vida te golpea, como a todo el mundo. Y siendo una persona poco expresiva, pues todo eso me lo he ido tragando hasta que llega un momento en que necesitas sacarlo. El dolor al final ha de salir. Cuarenta años callado y por fin descubro el canal: la novela.

Me fascina esa imagen de tu padre, un hombre mayor, que se levanta corriendo de la mesa de comer para escribir notas que te ayuden a acabar la novela…

Un día mi madre me llama y me dice que mi padre no para de escribir. Y yo sabía por qué. De repente tiene miedo. A medida que iba avanzando la historia él iba recordando pero entonces le entra miedo de morir y no poder darme más. Se entrega de tal forma que por la única razón que teme a la muerte es porque quede algo que se deje en el olvido y no me lo pueda ceder.

¿Ha quedado el hombre contento con el resultado?

Es impresionante. Siempre ha refunfuñado, especialmente a mí. Y en este caso, ha sido al revés. Hemos llegado a una confianza absoluta, yo con él y él conmigo. Esta novela me ha devuelto a mi padre. Bueno, él siempre ha estado ahí, un padre muy potente, un superviviente que siempre ha tirado adelante en todas las circunstancias cuidándonos mucho. Pero aun respetando a la gente que hace cosas artísticas, estas cosas le quedaban muy lejos. No podía entender por qué un hijo suyo pudiera dedicarse a escribir. Eso nos ha creado distancia. Sobre todo porque él no quería que pasara miseria, como ha pasado él, y le ha llevado a cuestionarme mucho. Con esta novela me he reencontrado con mi padre. Ha hecho que nos entendiéramos el uno al otro. Yo lo he entendido muchísimo, sus errores y sus aciertos.

La gasolina de esta novela son los testimonios familiares muy personales. Una vez contados, ¿hacia dónde vas a tirar?

No sé si volveré a escribir. Ha sido duro. Después de dos años, me di cuenta de que el principio y el final tenían una brutal diferencia de tono y volví a empezar a reescribirlo todo, otro año. El problema de escribir un libro es que es un proceso larguísimo. Igual regreso a mi mundo audiovisual. No sé… La fotografía o la pintura me permiten una mayor inmediatez. Quiero conocer historias y plasmarlas más rápidamente. Pero ahora sé que el lenguaje más fácil para mí es el de retratar almas.

¿Entonces no tienes un plan?

No hay plan B. Ahora, a sus 90 años, lo que me toca es disfrutar de mi padre.