Fernando Marías vuelve al punto de partida

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Fernando Marías (Bilbao, 1958) * Con la muerte de su padre, algo se desató en el escritor, que volvió a mirar hacia atrás, a la infancia, a la relación con su progenitor, a su fascinación por el cine y la literatura… La isla del padre (Seix Barral), premio Biblioteca Breve 2015, fue el resultado de ese reencuentro. * Desde el principio supe que este libro tenía que ser verdad, tenía que ser impúdico”. * “Ahora me pregunto si una ficción sin más me va a dar el mismo placer”. * “Voy al psicoanalista desde hace diez años. Gracias a eso he aprendido a mirar dentro de mí y a mentirme solo lo justo. Sin el psicoanálisis, este libro no hubiera sido igual. El psicoanálisis te ayuda a mirarte como eres y yo me gusto, me aprecio. Eso te da tranquilidad para contar cualquier episodio”. * “Este libro es para mí, para mi padre, pero ahora veo que la gente responde. Cada día recibo la respuesta de personas que, sin ser hijos de un marino mercante, se ven reflejadas en mí o en mi padre. El libro debe tocar algún tipo de tecla que yo no controlaba”. * “Mi pasión es el cine, lo mismo que la música es mi frustración. Yo no solo quería hacer películas, también quería ser actor.Pero ahora cuesta mucho hacer una película y los rodajes son agotadores. Me va más escribir que hacer películas”.

 

texto BEGOÑA PIÑA foto ASÍS AYERBE

Hace cuarenta años, Fernando Marías hizo la maleta, salió de Bilbao y se fue a Madrid. Llegó a la estación de Chamartín, se comió un bocadillo de jamón y empezó una nueva vida. Con la muerte de su padre, algo se desató en el escritor, que volvió a mirar hacia atrás, a la infancia, a la relación con su progenitor, a su fascinación por el cine y la literatura… y a ese principio de aventura en otra ciudad. La isla del padre, premio Biblioteca Breve 2015, fue el resultado artístico de ese reencuentro consigo mismo. Ahora, para hablar con Librújula, ha vuelto al punto de partida, a Chamartín y al bocadillo de jamón.

“Siempre pongo el número 16 en los libros, es una especie de superstición. La primera frase de Esta noche moriré era: ‘Me suicidé hace dieciséis años’. En este libro, sin embargo, pensé que no lo iba a poner. Pero al revisar vi que ahí estaba el número, en una fecha, el día del cumpleaños de mi sobrino, que fue cuando enfermó mi padre”. Así que pagamos el bocadillo y el café y nos lanzamos a las escaleras que bajan hacia el andén número 16.

Al final del apeadero, encontramos un túnel por el que nos metemos curiosos bajo las vías del tren. Oscuro, es más y más tentador a medida que nos acercamos. Sugerente, nos provoca una espontánea conversación sobre osos. Y del plantígrado sin forma del principio, pasamos a los osos americanos sobre los que advirtieron a un amigo de Marías que ahora vive, justamente, en un lugar “donde oye a los osos”…

El túnel, finalmente, no era tan intrigante y al seguirlo hemos salido a otro andén, enfrente del 16. Nos sentamos en el suelo y seguimos hablando.

 

Con este libro ha demostrado una impudicia emocional inexistente en el resto de su obra, ¿se ha sentido bien?

Desde el principio supe que este libro tenía que ser verdad, tenía que ser impúdico. Lo que cuesta es tomar la decisión, una vez tomada te llega un regalo, una impunidad obscena. Después ya me sentí muy cómodo y no me lo volví a plantear.

La isla del padre no tiene nada que ver con sus otros libros…

No, pero yo creo que soy ajeno a mi propia evolución. Este libro salió así. Yo me lo imaginaba en colores e imágenes, con los colores del Western y de las novelas de aventuras. Mi vida es muy normal, pero la de mi padre es la de un aventurero. Mi único empeño era conseguir ese tono. Además, me venía muy bien indagar en la idea de miedo entre él y yo, un recelo mutuo con el que empezamos nuestra relación [marino mercante, su padre volvía a casa casi como un extraño después de largas ausencias].

Pero volviendo al cambio de registro que ha hecho con este libro, ¿cómo piensa que va a ser a partir de ahora su obra?

Estoy pensando en un libro parecido, referido también a otra muerte. Un libro escrito con esta verdad, con impudor, porque eso hace extraordinariamente gozosa la escritura. Y ahora me pregunto si una ficción sin más me va a dar el mismo placer. La verdad es que siento mucha curiosidad por ver cómo opera sobre mí el haber escrito de esta manera cuando me ponga a escribir una ficción convencional.

Cuando muere una persona a la que queremos nos damos cuenta de todo lo que no sabemos de ella, ¿hay algo de eso en el origen de su libro?

Sí. En mi caso me asombra. Hay preguntas que me han surgido. “Pero por qué no le pregunté qué hacía en Madrid cuando estuvo aquí, dónde vivía, por dónde paseaba”… A lo mejor también estuvo aquí sentado, como yo ahora. Lo peor, probablemente, es que a él le hubiera encantado que le hiciera esas preguntas y te entran dudas sobre tu propio comportamiento.

¿Ha sido terapéutico escribir La isla del padre?

Bueno, es que aquí hay un elemento importante, yo voy al psicoanalista desde hace diez años y me gusta. Gracias a eso he aprendido a mirar dentro de mí y a mentirme solo lo justo. Sin el psicoanálisis, este libro no hubiera sido igual. El psicoanálisis te ayuda a mirarte como eres y yo me gusto, me aprecio. Eso te da tranquilidad para contar cualquier episodio. El libro me ha dejado una sensación de placidez, pero debo decir que cuando empecé a escribirlo no había desgarro ni depresión. A partir del verano de 2010, todos en mi familia veíamos el final de mi padre. Y ahí se empezó ya a hacer el duelo. Así que sí, este libro para mí ha sido para mejor, ha sido jubiloso.

Un libro de estas características, ¿se escribe más para uno mismo o se escribe para los lectores?

Este libro es para mí, para mi padre, pero ahora veo que la gente responde y se emociona, aunque eso era algo incierto. Cada día recibo la respuesta de personas que han sintonizado mucho con el libro. Personas que sin ser hijos de un marino mercante se ven reflejadas en mí o en mi padre. El libro debe tocar algún tipo de tecla que yo no controlaba. No sabía eso.

¿Escribir para usted le ha dado más libertad narrativa?

Como solo escribía para mí, me dio igual si desconcertaba al lector. Me fui dando cuenta de cosas que afectaron a la estructura. Por ejemplo, me di cuenta de que cuarenta años de viajes en tren en realidad son el mismo viaje. Cuando estoy en un tren, me siento aislado del mundo, no estoy en el presente ni en el pasado ni en el futuro. Eso está en la novela y eso en una novela convencional jamás lo hubiera hecho.

En este libro vuelve usted a hablar con más pasión del cine que de la literatura…

Los libros me gustan mucho, pero menos que el cine. Mi pasión es el cine, lo mismo que la música es mi frustración. En Bilbao, una ciudad que entonces era gris, yo me metía dentro de la pantalla del cine. La literatura para mí fue un complemento. En el libro he mitificado el cine, para mí era el sueño. Yo no solo quería hacer películas, también quería ser actor. Y el cineasta a envidiar era John Huston. Lo imagino sentado en su palacio decidiendo qué película hacer, una con Humphrey Bogart o con Gregory Peck… No se puede imaginar algo mejor. Bueno, también están esos cineastas de la época dorada, en los años veinte, Griffith poniendo en un rodaje una grúa de la construcción y cambiando el lenguaje del cine…

Siempre se está a tiempo, ¿no?

Pero ahora cuesta mucho hacer una película y los rodajes son agotadores. Para un rodaje te tienes que levantar de madrugada y yo, para escribir un libro, me levanto, hago café… y te lo inventas todo. Me va más escribir que hacer películas. Me habría gustado, pero me da mucha pereza.

 

Dos hombres del servicio de seguridad de la estación vienen muy decididos hacia nosotros. “¿Qué hacen aquí?”. Sacamos al instante el permiso que nos ha facilitado RENFE para poder hacer fotografías en “las zonas de libre acceso” de la estación de Chamartín. “Sí, sí, pero aquí no se puede estar, se pueden ustedes electrocutar”. Más decepcionados que asustados, les pedimos permiso para entrar de nuevo en el túnel y hacer unas fotografías allí. Por supuesto, no lo conseguimos, parece que hay algún tipo de alerta especial. Nos preguntan, con cierto sarcasmo, si no hemos visto todas las medidas de seguridad que hay desplegadas en las entradas. Recogemos y volvemos a subir hacia el vestíbulo principal. La conversación ahora ya no son los osos, nos hemos metido en el mundo de los uniformes, la autoridad, las amenazas terroristas y… Estamos en Chamartín, pero las cosas no son como hace cuarenta años. Salimos caminando. “Sí, por esta calle salí yo en ese primer viaje a Madrid”, dice de pronto Fernando Marías, que anuncia que volverá a comerse un bocadillo de jamón en el aniversario exacto de aquel día.