La flauta mágica de Miguel Brieva despierta conciencias

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Miguel Brieva (Sevilla, 1974). * Publica su primera novela gráfica, Lo que me está pasando. Diarios de un joven emperdedor (Reservoir Books), sobre la miseria del español medio actual y la necesidad de tomar partido para intentar cambiar las cosas. * “Si tenemos alguna posibilidad de redención o de salvación, va a venir de nuestra capacidad de crear algo, no de la tecnología”. * “La intención detrás de toda mi obra es buscar un sentido del despertar, del tomar partido”. * “Si lo que quieres es transmitir un estado de ánimo de desesperanza y apatía, el humor no es el vehículo adecuado”. * “Me molesta cuando me preguntan por qué hago arte político, ya que todo arte es político en la medida en que tiene una posición sobre la sociedad”. * “La maquinaria empieza a atrofiarse, el capitalismo se agita y la única manera de salir del embrollo es, desde las élites, empezar a saquear no al propio planeta –porque ya no queda nada– sino al propio pueblo”. * “Los políticos no son malignos, simplemente no tienen imaginación ni capacidad de comprender nada porque no viven en la realidad”. * “El humor y la imaginación son terrenos en los que todo pude transgredirse porque luego, en el mundo real, no todo puede transgredirse. Son válvulas de escape, y como tales deben ser sagradas”.

 

texto OCTAVIO BOTANA

Lo que me está pasando. Diarios de un joven emperdedor es la primera novela gráfica de Miguel Brieva, con quien filosofamos acerca de la necesidad de su protagonista, Víctor Menta, de abrazar el positivismo vital –en forma de mágica flauta rupestre hallada en un sueño– para seguir adelante, sobre la miseria del español medio actual y la necesidad de tomar partido para intentar cambiar las cosas. Un demencial viaje a la deriva pero con una hoja de ruta muy clara.

¿La flauta mágica como símbolo?

Todo el libro tiene una serie de resortes simbólicos con los que he jugado, algunos con significado claro y otros con interpretación más abierta. La idea de la flauta viene de un documental de Werner Herzog,La cueva de los sueños olvidados (2011). Herzog consigue entrar en la cueva francesa de Chauvet (conocida como “la Capilla Sixtina de la prehistoria”), preservada de toda contaminación humana. Antes de que Herzog lograse entrar, el contenido de la cueva había pasado casi desapercibido. Una de las cosas que allí encontró rodando el documental fue una flauta de hueso, y en un momento dado un paleontólogo la coge, la toca, y se da cuenta de que está afinada en la escala pentatónica, que es la del blues, el jazz y la música contemporánea. Esto me hizo pensar en cómo sobrevaloramos actualmente la técnica y la tecnología. Viendo el refinamiento de sus pinturas rupestres y constatando que estos antepasados tenían una música melódicamente idéntica a la nuestra a pesar de la tosquedad de sus herramientas, se concluye que si hay algo propiamente humano no es el uso de herramientas, sino la capacidad simbólica y la creativa. Si tenemos alguna posibilidad de redención o de salvación, va a venir de nuestra capacidad de crear algo, no de la tecnología.

Esto parece aquella enumeración de Woody Allen en Manhattan: cosas por las que vale la pena vivir. ¿Cuáles serían las tuyas, a bote pronto?

Las sinfonías de Beethoven, los grafitis, la poesía... Lo único real, lo único que va a valer la pena son los productos creados por la imaginación. Todo lo demás da igual, incluso la ciencia y el pensamiento, que no dejan de ser maneras un poco torpes de pretender entender el universo. Pero la creación humana sí es genuina.

Hay claros referentes literarios en tu novela gráfica, y otros más escamoteados. Vemos a Kafka, a Pessoa, a Nietzsche, pero también a Zappa o Cioran, a Goethe o a Chesterton, entre otros. ¿Algún autor positivo, entre tanto amargado?

Cuando uno piensa en la realidad de un modo medianamente racional y ateniéndose a los hechos y a su evolución histórica, le sale ser pesimista. Un pesimismo que al final es un realismo. Frente al estado mental que emana de los media, especialmente de la publicidad, que sería una especie de carcasa superficial de felicidad histriónica que encubre un corazón profundamente nihilista y apocalíptico, un acercamiento sensato a la realidad debe ser lo contrario: asumir la evidencia de que estamos muy jodidos y que todo es muy difícil, vale, pero lo que late debajo tiene que ser optimista y esperanzador, porque es ley de vida, porque vivir sin esperanza es como estar muerto, como ser un zombi, que es el paradigma del ciudadano occidental actual.

 

 

¿Estamos ante un cómic con mensaje optimista?

Todo mi trabajo lo he hecho siempre con la misma pulsión, aunque es cierto que los lectores de Dinero deben pensar que soy un amargado al que le gusta regodearse, un cínico integral, pero eso es absurdo. No creo que nadie amargado y cínico hiciera lo que yo he hecho. Es que ni se molestaría. La intención detrás de toda mi obra es buscar un sentido del despertar, del tomar partido, porque ya nos hemos dado cuenta de qué va todo esto. En Lo que me está pasando hay el mismo objetivo que en Dinero o en otros trabajos previos, incluso de manera más explícita, sí, efectivamente es más optimista, aunque no haya tanto humor.

¿Y eso?

Porque el humor va muy bien para decir cosas muy bestias y enfrentarse a la realidad más jodida, pero si lo que quieres es transmitir un estado de ánimo de desesperanza y apatía, el humor no es el vehículo adecuado. Por el contrario, ese momento de ilusión, de cambio, ese punto de inflexión del protagonista y, que por otra parte ha sucedido en España a raíz del 15-M, sí me parece que hay que valorarlo y afinarlo mucho.

¿El protagonista, Víctor Menta, es un arquetipo del español que ronda los 30 años y no ve una salida por ningún lado? ¿Qué hay de Miguel Brieva en él?

Víctor Menta es un personaje representativo de cualquier persona de la sociedad, desde el joven que busca curro desesperadamente a la gente mayor. Hay un primer nivel de identificación genérico que apela a todas las edades, luego otro más concreto con la gente más joven, y entonces sí, claro, como por primera vez me he enfrentado a un relato clásico [recordemos que esta es su primera obra autoconclusiva y con sentido narrativo clásico] pues tiraba de anécdotas personales y de amigos. Pero, para ser honesto, lo más concreto de mi propia persona son las alucinaciones, que es lo que más me interesa del libro, ese juego entre realidad cotidiana e irrealidad intensificada, que sería la de los sueños y la fantasía.

¿Todo es política? Uno lee a Brieva y advierte que siempre planea un sentido político en su narrativa, y esta nueva historia vuelve a ello de manera incluso más directa.

Sí, yo creo que sí, es algo evidente. A mí me molesta cuando me preguntan por qué hago arte político, ya que todo arte es político en la medida en que tiene una posición sobre la sociedad. Una cosa es que haya arte inconscientemente político, otro conscientemente político pero encubierto (como el cine de Hollywood), y luego hay gente que asume conscientemente que su obra va a intervenir políticamente en el mundo. A mí me parece una obviedad. Es como cuando uno decide entrar a comprar en un supermercado o en una tienda de barrio. Eso es un acto político. Lo que pasa es que la política se ha emponzoñado al asociarse a la teatralización de la política, el Parlamento, los partidos, toda esa mierda. La política es la calle, es la gente que habla y discute sobre los temas que importan, como el 15-M. Política es eso, no lo otro.

En uno de los últimos capítulos, Víctor Menta entra en el despacho de uno de esos directores generales cualesquiera y propone un intercambio faústico: salvar un barrio periférico en vías de ser derruido (para levantar allí el enésimo centro comercial) a cambio de vender su alma. El orondo gerente se ríe y le dice que si las almas existieran ya serían de su propiedad. ¿Cómo podemos salirnos de esta maraña de fagocitación de todo acto antisocial o espiritual? ¿Por qué incluso la rebeldía más pequeña es absorbida misteriosamente por el Establishment?

El mismo sistema tiene las recetas para apaciguar todo levantamiento. Incluso se podría decir que yo mismo acabo publicando en una gran editorial o en El País, y eso es contradictorio. Estamos ante una de las batallas más difíciles de librar. ¿Cómo resolverla? La coherencia absoluta es imposible, hay que descartarla de nuestro modelo de sociedad. Pero cuidado, porque entonces eso nos lleva a pensar que ya está, que no hace falta hacer nada, a tomar por el culo y de brazos cruzados. Y no, radicalmente no. Hay que ser consciente de ello para pensar de qué maneras puede uno ser lo más coherente dentro de la incoherencia.

¿Qué hay que hacer entonces para cambiar las cosas?

Van a ser las propias circunstancias las que nos lleven a la salida, y ya está sucediendo. Estas últimas dos décadas ha resurgido una idea que se está asentando de una manera más pragmática y seria: hablo del decrecimiento. Es una ideología bienintencionada, algo hippie y nostálgica en su origen, pero no es así. El decrecimiento es un hecho real en el que ya estamos inmersos y que responde a la evidencia de que los límites físicos del planeta son los que son. La maquinaria, por lo tanto, empieza a atrofiarse, el capitalismo se agita y la única manera de salir del embrollo es, desde las élites, empezar a saquear no al propio planeta –porque ya no queda nada- sino al propio pueblo. La presión hacia dentro, no hacia fuera. Crecer es ya imposible, y la palabra crisis esconde una fuga de dinero hacia esas élites, una resituación del capital para mantener la fantasía de que los dígitos crecen. Pero la realidad es que ya estamos en ese proceso de decrecimiento, así que conforme vayamos empobreciéndonos –pobreza material, no espiritual– se irán desactivando los mecanismos de manipulación de la sociedad de consumo, y nos encontraremos con que la fantasía y el sonambulismo de poseer, de tener cosas, se irá disipando. Una neblina tóxica que se irá y nos hará ver la realidad tal como es. Desde ahí podremos tomar decisiones.

¿No saldrán nuevas maneras de volver a engatusar a la población? Los publicistas –y esto sería un gag muy Brieva– empezarán a vender que lo que mola es ya no tener objetos, abandonarlo todo y tal. Será una broma pesada.

No, toda esa apropiación del sistema ha funcionado en tanto que la máquina de producción ha seguido sosteniéndose, pero en el momento en que empiece a chirriar ese tipo de cosas saltarán como engranajes oxidados.

¿Somos máquinas con obsolescencia programada?

No. Ha habido un correlato maligno entre el funcionamiento maquinal y el humano, algo insano que se ha dado por hecho incluso en el lenguaje (“te falta un tornillo, estoy petado, necesito desconectar”) y hemos interiorizado erróneamente. No somos piezas de ninguna máquina, y menos de la estructura capitalista. Se ha construido esa idea del yo como un engranaje, y debe abandonarse ya en pos de la voluntad que durante tanto tiempo nos han anulado.

 

 

¿La culpa de todo fue de los publicistas?

Ellos son los mediadores entre los políticos y la población. Ellos y los responsables de marketing de las empresas. Los políticos no son malignos, simplemente no tienen imaginación ni capacidad de comprender nada porque no viven en la realidad.

¿Qué pasa con tus sueños y los del protagonista de la historia? ¿Por qué les das tanta importancia?

Para mí los sueños son tan reales como la realidad, en tanto que la realidad es también una construcción de relatos, una convención colectiva. Piensa en términos como crisis, recuperación económica, emprendedores. Son pura fantasía que constituye nuestra actual sociedad y la sustenta. Es el relato que nos decimos todos y que consideramos real. Una vez adviertes que vivimos en esa convención, te preguntas: “¿Por qué no va a ser real lo que yo sueño?”. ¿Quién dice que no pudieron ser los sueños los primeros impulsos que tuvo un homínido para disociarse del entorno y generar su propio universo simbólico? Los sueños han sido importantes a lo largo de la historia, no me cabe ninguna duda.

¿Sabías desde el principio que esta novela gráfica iba a ser una historia cerrada?

Yo llevo cinco años trabajando en dos guiones para novelas gráficas, pero digamos que no he encontrado el momento de ponerme a ello de pleno. Luego tuvimos un hijo y me dediqué a criarlo durante un año y medio, dejando todas mis colaboraciones. Entonces me llamó mi editora y me propuso hacer algo relacionado con el momento actual, y enseguida pensé que no podía usar el humor gráfico que me caracteriza. Yo más o menos he hablado ya de todo, de la sanidad, del consumo, de la ecología, etc. El género que había trabajado siempre ya me aburría, motivo por el cual también dejé las colaboraciones con varios medios. Y luego pensé: esta la ocasión para cambiar el registro.

¿Y cómo te has sentido?

Muy bien. Ahora quiero ponerme con las otras dos historias que dejé colgadas. Y me doy cuenta de que al tener que narrar una historia, digamos, tradicional, mi disciplina de dibujo cambia, porque yo no tomo bocetos y luego entinto y tal. Yo termino lo que dibujo en una primera toma, y eso me lleva a hacerlo a un ritmo que desconocía antes de ponerme a hacer novela gráfica. Es un reto que me divierte. Yo trabajo página a página, como me lo pide el cuerpo. Mi sistema es kamikaze, casi como improvisar con la guitarra, algo que también me encanta.

Pregunta obligada a raíz del asesinato de los humoristas gráficos de la revista Charlie Hebdo. ¿Con el humor vale todo?

Yo creo que el humor y la imaginación son sagrados y todo vale. No todo es buen humor, pero todo vale. Ambos son terrenos en los que todo pude transgredirse porque luego, en el mundo real, no todo puede transgredirse. Humor e imaginación son válvulas de escape, y como tales deben ser sagradas. Frente a eso, muchos moralistas piden restricciones a la imaginación y al humor, pero sin embargo no a la realidad, al sufrimiento, a la muerte, etc. O sea, ¿a las ideas les ponemos un límite y a lo otro ya no? Me parece que es justamente lo contrario.