¿Se puede gritar en silencio?

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Pocas experiencias más hipnóticas que plantarse ante un cuadro como El grito de Edvard Munch. Años antes de que Albert Einstein viera que la luz se curvaba por efecto de la atracción gravitatoria, en los cuadros de Munch la materia ya se ondulaba y se curvaba por la fuerza de la gravedad de las emociones. Sus pinturas nos sumergen en un mundo subterráneo de luz opaca, de percepciones alteradas, de colores combados y rostros que se vacían de rasgos, que tienen ojeras rojas, que no sonríen y a veces ni siquiera tienen boca y lo dicen todo con la mirada.

Munch también pintaba con palabras. Los escritos de los pintores suelen ser escuetos, no es un gremio muy grafómano, pero hay que estar atentos a ellos. Alguien que dedica la vida a una tarea imposible, como es la de atrapar la luz en un pedazo de trapo armado con tan solo unos puñados de pintura, es alguien que tiene algo que contar sobre la fugacidad de las cosas. La reunión de algunos de sus textos en El friso de la vida (Nórdica Libros, en otra edición extraordinaria) nos conduce por otro camino al mismo universo de sus pinturas, a la vida misma vista con unas gafas que muestran lo que ve el alma pero escapa al ojo: la vibración del aire, la angustia que se hace espesa, la extrañeza que congela los gestos. Entendemos aún mejor los cuadros leyendo sus apuntes sin signos de puntuación: “Una madre que murió temprano - me dejó la semilla de la tuberculosis – un padre hipernervioso –pietista – religioso hasta rozar la locura –de una antigua estirpe – me dejó las semillas de la locura”.

Entre los textos variopintos (breves relatos, cartas, apuntes sobre el sentido de sus cuadros…) hay chispazos que iluminan el significado de su obra mejor que tesis doctorales de cientos de páginas: “No basta con sentarte a pintar el objeto y pintarlo exactamente como lo ves – hay que pintarlo tal como debe ser, tal y como era cuando el motivo te conmovió– y si luego eres incapaz de pintar de memoria y te ves obligado a usar modelos necesariamente te saldrá mal”. “Lo que hay que sacar a la luz es el ser humano – la vida. No la naturaleza muerta”. Lo que Munch quería pintar no era la naturaleza ni la fisonomía de las personas o los lugares: “Estos cuadros son estados de ánimo, impresiones de la vida espiritual”. Sus cuadros son vibración. Durante años se pensó que no era un pintor realista. Al final resulta que es el más realista de todos los pintores. Ahora algunos físicos cuánticos de primera línea ponen sobre la mesa la teoría de cuerdas que explica por qué un electrón puede estar en dos lugares al mismo tiempo: la materia no es algo estático como cree ver nuestro rudimentario ojo de mamíferos, sino que es como una cuerda de guitarra en constante vibración. Munch lo supo intuitivamente cien años antes: la única realidad es el temblor.

Un día, paseaba por Oslo con dos amigos. Cruzaban un puente cuando se ponía el sol y se quedó un poco rezagado: “De pronto el cielo se tornó rojo sangre- Me paré, me apoyé sobre la barandilla extenuado hasta la muerte –sobre el fiordo y la ciudad negros azulados la sangre se extendía en lenguas de fuego – Mis amigos siguieron y yo me quedé atrás temblando de angustia – y sentí que un inmenso grito infinito recorría la naturaleza”. Y, al llegar a casa, sus pinceles chillaron en silencio sobre un lienzo. ANTONIO ITURBE