“La modernidad no ha sabido convertir los opuestos en complementarios”

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En Libros, secretos el editor y paseante Jacobo Siruela nos invita a seguirlo por algunas de sus obsesiones predilectas: los libros enigmáticos, como el Manuscrito Voynich, que sigue sin poder ser descifrado al paso de los siglos; o la teosofía, vinculada al esoterismo y fuente de inspiración crucial para maestros de la pintura abstracta como Mondrian o Kandinski. Nos acerca al mito del vampiro y nos cuenta que, aunque la palabra “vampir” no aparece impresa hasta el siglo XVIII en Alemania, ya los sumerios hablaban de muertos vivientes que volaban.

 

Y nos lleva a través de la epopeya de Gilgamesh, primer relato narrativo que se conserva, escrito mil años antes que la Biblia. Le fascinan los mitos ancestrales –por algo es el editor de gran mitólogo Joseph Campbell– y, aunque lamenta que “mito” sea “una palabra malograda, un vocablo desgastado”, también nos recuerda que la palabra griega “muthos” deriva de la raíz indoeuropea del verbo mud, que significa indistintamente “imaginar” y “pensar”. Y nos lleva a donde quería: a hacernos ver que, durante muchos siglos, imaginar y pensar eran conceptos indisolubles. No había diferencia entre lo uno y lo otro. Es nuestra época la que ha separado el pensamiento de la imaginación, como si eso fuera posible. Y, aunque en este libro no entra en el asunto, otro de sus vericuetos predilectos es el campo nocturno de los sueños. Por más que nos empeñemos en domesticar el pensamiento con la brida de la racionalidad, de noche saltan todos los postigos y se abren todas las ventanas de lo posible y lo imposible.

Jacobo Siruela no es moderno. Cree que la modernidad “no ha sabido convertir los opuestos en complementarios”. Una herencia del racionalismo del XVIII, que hizo un gran servicio a la Humanidad al barrer supercherías y abusos religiosos. Pero, a la vez, el método científico, en su afán desinfectante, ha actuado como una lejía que quita las manchas pero se lleva también los colores y apaga los matices. Él, por si acaso, tiene su editorial en una masía del XVII. Cuando mira las fotografías de Masao Yamamoto nos dice que “nunca tienen el brillo ficticio de las superficies nuevas”. Porque “cualquier máscara de novedad es una vana pretensión a escapar del desgaste temporal”. Se ocupa de cosas nada modernas: le preocupa cómo la belleza ha sido relegada de las conversaciones intelectuales y del arte, cuando es “uno de los grandes enigmas”.

Lo que Siruela persigue, desde el timón de la editorial Atalanta y desde sus incursiones escritas, es lo que perseguía Gustav Meyrinck: “Aprender a maravillarme de una forma distinta, aprender a ver las formas viejas con ojos nuevos, en lugar de mirar, como hasta ahora, las formas nuevas con ojos viejos”. Como para ver hay que iluminar, el farero de Atalanta sigue lanzando destellos en la oscuridad. ANTONIO ITURBE / FOTO DE MARTA CALVO