Lo que no se puede contar

Hits: 951

Este es un libro para quienes perciben en un bosque que hay ahí algo que forma parte de sí mismos...

 

El padre de John Fowles cada día tomaba el tren de cercanías y recorría una hora de ida y otra de vuelta hasta Londres. Pero su afán era el huerto donde cultivaba con mimo sus árboles frutales. Sus manzanos, cuidadosamente podados, le hicieron ganar casi todos los premios hortofrutícolas locales. Sin embargo, John creció como si no hubiese sido podado, justo en dirección opuesta. No quería pasar su vida yendo y viniendo rutinariamente en un tren con un bombín en la mano; no quería un jardín domesticado.

Cuando se independizó, compró una granja abandonada. “Para él, que me hubiera hecho con semejante jungla solo podía ser fruto de la locura, y no podía creer mis palabras cuando le dije que no veía la necesidad de arreglar el terreno, sino que tenía la intención de dejar que se mantuviera solo, modificado únicamente por la actuación de los inquilinos que compartían el jardín conmigo: los pájaros y los animales, las plantas y los insectos”. Lo que para su padre “era el caos, para mí era el orden”.

En El árbol (Impedimenta), a medida que se aleja del jardín cartesiano de su padre, cada vez se adentra más en el bosque. Se fascina por las composiciones vegetales cuando crecen a su antojo en cualquier paraje. En la contemplación de la naturaleza sin corsés se da cuenta de que está más cerca de esa impresión de verdad que todos andamos buscando. Eso sí, rechaza la tentadora autocomplacencia del misticismo. Explica que en los años 1950 se sintió fascinado por las teorías del zen, pero “en Occidente hemos convertido esas corrientes filosóficas en algo apropiado para nosotros, para que podamos utilizarlas de una manera que cada vez me parece más narcisista. Parece que su fin sea el de hacernos sentir más positivos, más significativos, más dinámicos… Tampoco creo que se pueda llegar a la naturaleza por esa vía, convirtiéndola en una terapia, en una clínica gratuita para los devotos de su propia sensibilidad”.

Para llegar a ese interior del bosque en el que ya no estás en el bosque, sino que eres parte de él, Fowles cree que no hay manuales ni guías. Cada uno ha de encontrar su camino. Y advierte sobre el vano intento de describir ese momento en que se atisba, en la quietud de los árboles, “algo imposible de asumir por el ser humano: un pasado y un presente entrelazados”. Ni aun para un escritor como él –autor de La mujer del teniente francés– existe una paleta de palabras para contar eso que no se puede contar: “Su secreto consiste en ser, no en decir”. ANTONIO ITURBE