Castillos hundidos en la nieve

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Si Franz Kafka se matriculara hoy día en un taller de escritura, suspendería: falta de estructura, de argumento, de conflicto. Ritmo bajo, diálogos larguísimos, situaciones imposibles… ¡La verosimilitud es el centro del universo! Kafka ignora todo eso. Y sin embargo, se mueve.

“Había caído la noche cuando K. llegó. El pueblo estaba sumergido en la nieve. No se veía nada del cerro del castillo, rodeado de niebla y tinieblas.”

El arranque de El castillo es gélido y nunca entraremos en calor. El agrimensor K. ha sido convocado para realizar un trabajo para los señores de ese castillo que se alza imponente sobre el pueblo, donde viven los señores que tienen el poder. Trata de llegar hasta allí pero por el camino sus pies se hunden en la nieve y en la burocracia. Hay mensajeros, secretarios, secretarios de los secretarios, actas, declaraciones, procedimientos. Los habitantes del pueblo miran con desconfianza, como se mira a los locos, a ese agrimensor que no parece entender lo evidente y trata de llegar al castillo por otros conductos no reglamentarios. En el castillo dicen no necesitar a ningún agrimensor, pero tampoco es rechazado puesto que desde alguna instancia se lo ha hecho venir y el error no es admisible en una organización perfecta. K. insiste en hacer valer el requerimiento que lo llevó allí a trabajar y trata de entrevistarse con uno de los señores, Klamm, tan inaccesible como un dios abotargado, desdeñoso y escurridizo.

K. alterna la indignación con la modorra, y se va hundiendo más y más. Y la lectura se traba, se hunde también en ese pantano de normativas que conducen a otras normativas y que todos acatan muy sensatamente. A ratos los diálogos son agotadores, la tozudez del propio K., que debería largarse pero insiste en quedarse y ser recibido, resulta exasperante, la circularidad de pasar páginas y no avanzar un milímetro en ninguna dirección es desalentadora. Uno siente deseos de abandonar el libro. Y no lo haces. Eres como K. Te has convertido en K. Has llegado hasta esas páginas hundidas en la nieve y no puedes salir de ellas, Has de seguir. Uno lee no por placer ni porque sea entretenido ni por curiosidad de saber en qué acaba eso porque ya ves que no puede acabar en nada, sigues leyendo únicamente porque estás hipnotizado. Lees como un sonámbulo. No sabría decir si El castillo (inacabada) o El Proceso, son buenas novelas, pero sé que están hechas con la masa madre de la literatura. ANTONIO ITURBE