NEGRO SOBRE NEGRO: ¡Ave, Fred Vargas!

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“Bueno, supongo que hay cosas que hacen que la vida merezca la pena vivirse. Por ejemplo, Groucho Marx y Willie Mays; y el segundo movimiento de la Sinfonía Júpiter; y la grabación de Potatohead Blues por Louis Armstrong; y las películas suecas; y La educación sentimental de Flaubert; y Marlon Brando, Frank Sinatra, las fabulosas manzanas y peras de Cézanne, los cangrejos de Sam Wo, y el rostro de Tracy…”. Recostado en el sofá, dictáfono en mano, el guionista televisivo Isaac (Woody Allen) listaba motivos por los que aferrarse a la existencia en el período de marcada confusión y deriva sentimental retratado en la película Manhattan (1979). De haberme encontrado en su piel, donde citaba el clásico de Flaubert yo hubiese introducido las novelas de Fred Vargas. No escasean los escritores soberbios, son menos, aunque tampoco excepcionales, los que poseen un estilo propio, ya mengua el número de los señalados que realizan contribuciones que amplían los horizontes del terreno literario que pisan, pero la auténtica rara avis, la mutación que pone patas arriba a todo el ecosistema, es aquella que podríamos decir que constituye un género en sí misma, forjadora de una identidad tan poderosa, sugerente y renovadora que ha experimentado algo parecido a la apoteosis en sentido trágico: el salto de la heroicidad a la condición divina. La arqueóloga Vargas solía trabajar hacia atrás y con las rodillas hincadas en la tierra, entre restos, ruinas y despojos, pero fue ponerse a escribir y apuntar en sentido contrario, hacia el cielo, hacia un futuro llamado a coronarla como la más grande.

La magistral El ejército furioso (Siruela), y su leyenda medieval normanda con una horda de no muertos impartiendo justicia sanguinaria por los bosques, contenía una involuntaria sensación a testamento: aquello no podía superarse, su autora tocaba techo y, quizás sin ser consciente ni quererlo, abandonaba el ruedo entre vítores y pañuelos de rendición. Hace poco nos llegó una nueva entrega del comisario Adamsberg, Tiempos de hielo (Siruela), y el párrafo anterior suena a bobada suprema: la obra de Vargas solo puede crecer, pensar lo contrario es incurrir en ese fatalismo de superchería que tantas cabezas ha hecho rodar en sus libros. Nos encontramos apenas en la página 74. Adamsberg ha dormido poco y prepara café en la cocina. Mientras, su hijo Zerk corta unas rebanadas de pan que dan lástima y le pregunta si tuvo una noche complicada. “Un muerto, en el valle de Chevreuse. Interrogatorios, un hijo nervioso tan guapo que parece la hija, secretario dotado de una memoria extraña, caballerizas, un bruto al mando, una mujer viviendo en una cabaña forestal, un jabalí, el restaurante local, la guillotina de Luis XVI, una torre maldita llena de excrementos de córvidos… Todo esto en un sitio llamado el Creux y que no figura en el mapa”.

La clave inmediata en el momento de loar la obra de Vargas puede ser su capacidad de introducir pretextos de índole sobrenatural o fantástica, cuya verdadera naturaleza nunca acaba de cruzar el puente que separa la mera superstición humana de la existencia de aspectos que escapan a nuestra comprensión, como si, en efecto, el mal estuviera compuesto de elementos diabólicos imposibles de ser catalogados racionalmente. Otro argumento laudatorio sería su brillantez a la hora de establecer convergencias entre líneas de investigación en apariencia completamente disímiles, revelar superposiciones chocantes allá donde en apariencia solo había fuerzas centrífugas. Pese a sus múltiples imperfecciones, Adamsberg es el superhombre de esa idea de inteligencia expresada por Scott Fitzgerald en El crack up: alguien capaz de sostener dos ideas contradictorias de forma simultánea en la cabeza.    

Sin restar méritos a estas cualidades, sospecho que el genio del ciclo radica, en última instancia, en una musicalidad muy buscada, que se manifiesta en la viveza e ingenio de los diálogos, en el ritmo y el humor de las réplicas, en los ecos que taladran los pensamientos del comisario, en la recapitulación briosa de lo ocurrido (caso del anterior extracto), en las metáforas y símiles con las que decodificar las zonas más umbrías de los casos. Acérquense a la librería, abran un ejemplar de Tiempos de hielo por la página 177 y asistan a la conversación sobre los picores figurados de Adamsberg. Si luego no pasan por caja, es que tienen un problema. ANTONIO LOZANO