NEGRO SOBRE NEGRO: La puta bifronte, la muerte cutre y las ficciones paranoicas

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texto ANTONIO LOZANO  foto MARTA CALVO

1. Con su mezcla de brutalidad y chapucería, el caso Carmen Broto condensó las esencias de la crónica negra española. La humilde joven llegó a Barcelona de su Huesca natal en busca de una salida a la pobreza, pero se encontró fregando suelos, prostituyéndose y asesinada con un mazo de madera a los 25 años por su novio, con la ayuda del padre y un amigo de este, para robarle las joyas. Un reguero de pistas condujo hasta su cadáver, enterrado en un huerto de la calle Legalitat de Barcelona, la noche del 10 de enero de 1949, y los dos cómplices se suicidaron con arsénico antes la inminencia de su detención.

Carmen Broto condensó las esencias de la puta bifronte, aquella capaz de alternar los grandes salones con los ambientes más lumpen, de dejarse ver una noche en un palco del Liceu del brazo de empresarios y, a la siguiente, emborrachándose en tabernas infectas del Barrio Chino en compañía de facinerosos. Aires de marquesa y a sus anchas entre la baja estofa, al modo de una trepadora social que se revelara incapaz de escapar de sus miserables orígenes y volviera fatalmente a ellos.

La muerte de Carmen Broto disparó como ninguna antes la especulación delirante, la paranoia peliculera y la sospecha jugosa. Habiéndose vinculado su nombre a capitostes del régimen franquista y de la Iglesia católica, y a protectores tan turbios como Juan Martínez Penas, el dueño gallego del teatro Tívoli, que la paseaba para acallar los rumores sobre su homosexualidad, un final tan sucio y cutre como el suyo sabía a engaño y enmascaramiento, resultaba intolerable que en un ambiente tan opresivo y claustrofóbico como el del franquismo no fuera ejemplo supremo de corrupción moral de los poderosos, los cuales debían haber movido hilos para silenciarla y buscar chivos expiatorios. En un hervidero de rumores marcados por el morbo y la conspiración, se habló de chantajes con fotografías en las que aparecían menores de edad en orgías, de tráfico de esclavas sexuales, de suministro de mancebos al obispo de Barcelona y de una relación ilícita con una de las manos derechas del dictador.

Los españoles impusieron sus propias ficciones paranoicas a la triste y vulgar realidad.

 

2. Juan Marsé pasó los hechos luctuosos en torno al mal fario de Carmen Broto por el filtro de su imaginación en Si te dicen que caí (1973), pero cometió un error: mantuvo el nombre real de su matarife, Jesús Navarro. La buena conducta hizo que este cumpliera solo diez de los treinta años de cárcel a los que fue sentenciado -en primera instancia había recibido una condena a muerte-. Ofendido por el contenido del libro, incapaz de entender que toda novela es una mentira que parte de alguna verdad, el asesino visitó al escritor en su estudio dispuesto a enmendarle la plana. “Me impresionó mucho nada más verle -cuenta Marsé-: entró con una gabardina tristona y con gafas negras, era un tipo bajito y concentrado. Me apresuré a explicarle que no había pretendido escribir nada periodístico o documental, que era una ficción, pero a él no le entraba en la cabeza, me repetía que su nombre estaba ahí, que su nombre estaba ahí y tenía razón. Aún salí bien parado, ya que me podría haber puesto fácilmente una demanda. En vez de eso, me prestó un cuaderno donde había registrado su versión de los hechos porque creía que podía interceder para que se lo publicara Planeta. Lo leí y era un puro disparate, una fabulación absoluta, según la cual Carmen era una delatora de la policía, que la CNT estaba detrás de su muerte, etc., etc.”.

Al nudo de ficciones populares generado por la muerte de Carmen Broto, su ejecutor -incapaz de entender la ficción ajena- añadió una de cosecha propia, mientras que Juan Marsé siguió el mismo camino con una de carácter literario.

El episodio del encuentro entre ambos sirve al autor como base argumental de su última novela, Esa puta tan distinguida (Lumen), en la que el protagonista es contratado en 1982 para escribir el guion cinematográfico de un crimen acontecido en 1949 y que está claramente inspirado en el de la malograda Broto, lo que hace que Marsé haya fabulado dos veces sobre un caso que mantiene intacta, pues, su capacidad regenerativa 65 años después de su irónicamente bien simple y pobre ejecución. En el libro, por cierto, Marsé lanza un dardo contra el género negro, tildando de “majaderías” esos ya clichés según los cuales aquel retrata como nadie la condición humana, la corrupción, la injusticia social… “Y los tebeos también, no te jode. Ni que hubieran inventado la magnesia o el sifón”.

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