NEGRO SOBRE NEGRO: En el cincuenta aniversario de 'A sangre fría'...

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texto ANTONIO LOZANO  foto ARCHIVO

A sangre fría contiene en sus entrañas una variación del pacto fáustico. Truman Capote consiguió una obra maestra no a cambio de vender su alma al diablo, sino de renunciar a su brújula moral. Para terminarla necesitaba que ejecutaran a uno de los asesinos de la familia Clutter, Perry Smith, con quien había tramado amistad –el criminal le legó en herencia sus escasas pertenencias– y se carteaba insuflándole ánimos, mientras secretamente se mordía las cutículas a la espera de que lo sentenciaran a la soga para colocarle la guinda a su libro (1). Lo que quizás no sabía es que el precio a pagar por una obra maestra que lo convertiría en una celebridad abonada al Ritz y al champagne iba a resultar más alto que perder su humanidad, al incluir una parálisis creativa de larga duración. Quizás fuera el comerciar con la muerte violenta en una comunidad tan religiosa como aquella del Kansas profundo a la que pertenecían los finados –el patriarca era un furibundo metodista– la que desencadenó una maldición de ultratumba, pero el caso es que Capote entró en la historia al llevar hasta su cumbre técnica (2) ese invento de Lillian Ross en Picture llamado non fiction novel a costa de secársele la tinta.

Tras haber vampirizado a todos aquellos relacionados con el crimen –recurriendo a Harper Lee como ganzúa ante la pacata sociedad de Holcomb, donde su afeminamiento era una afrenta a la decencia–, y viendo que la fama y el alcohol habían bloqueado su prosa, solo le quedó recurrir a una traición más alta para desencallar el impasse: apuñalar a los suyos. Plegarias atendidas, el inacabado, viperino y crepuscular roman à clef que le costó amigos y la expulsión de los círculos sociales, tomaba prestado su título de una cita de Santa Teresa que apuntaba a la mayor cantidad de lágrimas vertidas por los deseos concedidos que por los negados. A sangre fía, la titánica empresa literaria que extrajo lo mejor de él como escritor y lo peor como persona, supuso la cristalización personal de la reflexión de la santa. Capote lloró la gestación de un libro sobre el que por momentos planeó una interrupción fatal (3), pero aún lloró más con el silencio y el aislamiento que le reportó.

Otra forma de entender las dolorosas consecuencias que tuvo para el autor alcanzar tal excelencia podría ser que el grado de obsesión y entrega que le exigió completar la obra cercenó irreversiblemente la posibilidad de llegar a cotas similares. A Norman Mailer le escribió que: “Me comprometí personalmente con la historia de manera tan absoluta que empezó a dominarme y consumirme la vida”. En otra ocasión apuntó que: “Llegué a pasar siete meses en una montaña de Suiza prácticamente solo, sin ver a nadie, escribiendo o trabajando en ese libro; y el tema y la soledad me sumieron en una densa oscuridad y en un miedo terrible. Nunca he estado tan nervioso y tan inquieto. En los siete meses no hubo noche que durmiera más de tres horas”.

A sangre fría supuso diez años de escritura intermitente –cuando tecleaba solo se permitía una pausa para el cocktail de las 18:30–, comunicaciones casi diarias con siete u ocho personas en Kansas que lo ayudaban en la investigación, incontables entrevistas con asesinos múltiples y más de 8.000 dólares en gastos de su propio bolsillo. Como había profetizado en una carta, antes siquiera de haberlo acabado ya había engordado, su calvicie había avanzado visiblemente y había dejado atrás su juventud. El único capricho que aseguró haberse permitido para celebrar tan arduo esfuerzo y sacrificio fue un Corvette Stingray.

 

***

(1) “Rezo de rodillas para que el caso no pase al Tribunal Federal”, dejó escrito en una carta.

(2) Truman Capote siempre entendió el libro como un desafío eminentemente técnico. “No escogí ese tema porque me interesara mucho –declaró–. Fue porque quería escribir lo que yo denominaba una novela real, un libro que se leyera exactamente igual que una novela, solo que cada palabra de él fuese rigurosamente cierta (...) Me dediqué a aquel crimen oscuro en aquella parte remota de Kansas porque me dio la impresión de que, si lo seguía de principio a fin, me proporcionaría los ingredientes necesarios para llevar a cabo lo que sería una hazaña técnica. Era un experimento literario”.

(3) “Al poner punto y final a la tercera parte me pasé dos días llorando como un niño de forma incontrolable”, confesó en una misiva.

 

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