NEGRO SOBRE NEGRO: El detective privado según Pynchon

 

De actualidad gracias a la adaptación cinematográfica de Paul Thomas Anderson, Vicio propio, la novela de Thomas Pynchon, ha ganado un misterio con el cambio de formato: se rumorea que podría haber llevado al escritor fantasma a realizar un cameo, un rumor no desmentido por el director, que con el tiempo probablemente derivará en una leyenda urbana si bien, desde el principio, pudo no ser más que una broma para alimentar teorías cada vez más disparatadas, todo muy del gusto de quien, hasta hoy, solo había “cedido” su imagen en forma de dibujo animado para un capítulo de Los Simpson, eso sí, con una bolsa marrón en la cabeza, de esas con las que en los colmados estadounidenses se envuelven las botellas de alcohol (otro misterio, ¿la mera visión de un producto incita a su consumo?). Publicado originalmente en el año 2009 con el título de Inherent Vice -término procedente del derecho marítimo comercial, una cláusula a la que pueden acogerse las aseguradoras para no desembolsar dinero y que abarca todos aquellos fenómenos naturales e imprevisibles que pueden arruinar una carga, lo que nos conduce a un tercer misterio: ¿no serían precisamente los fenómenos naturales e imprevisibles aquellos de los que uno querría protegerse con mayor determinación?-, el libro merece una entrada en un blog negro porque, entre las numerosas lecturas que propone, algo que ocurre por sistema en todo lo que firma Pynchon, destaca una especie de mutación risible o coda posmoderna a los fundamentos de la escuela hard-boiled estadounidense de los Chandler, Hammett, MacDonald y compañía.

Ambientada en la California en tránsito de los años 1960 a los 1970, Vicio propio la protagoniza un detective hippie y fumetas, Doc Sportello, al que un antiguo amor se le presenta en casa como una alucinación -duda con argumentos de si está o no ante una visión inducida por el hecho de que su existencia supone un permanente flotar en una nube toxicológica- para pedirle que investigue el paradero de su amante, un promotor inmobiliario de aires gansteriles que ha desaparecido. La apertura no podía ser más clásica: una grácil doncella en apuros solicita la ayuda de un tipo solitario y vicioso (cambiando el alcohol por la hierba). Doc se pone a la labor y se sumerge en un revoltillo de turbias agencias gubernamentales, clínicas dentales tapadera, moteros nazis, sórdidos barcos del placer, surfistas visionarios, cultos satánicos… un potaje que reproduce en el plano de la realidad el caos que habita en su cerebro frito por las drogas. El detective tradicional también debía bucear en un sistema confuso y caótico, lleno de trampas, amenazas y peligros difusos y contradictorios, teniendo que extraer sentido de una maraña y sorteando obstáculos inverosímiles. Al igual que en el caso de Sportello, la paranoia (nadie dice toda la verdad, todos mienten, tergiversan u ocultan) y la conspiración en las sombras constituían su hábitat, de aquí que la estructura profunda de Vicio propio resulte canónica.

Lo que sí distingue a Pynchon es su voluntad de llevar el asunto al límite (Al límite es, por cierto, el título con el que se ha traducido al español su último trabajo: en un mundo paranoico todo aparece definitivamente conectado), retorcer hasta la parodia los mandamientos, lo que a su vez refleja su fragilidad y, por tanto, la candidez del lector de novela negra, dispuesto a creerse cualquier cosa.

Sportello sí que cuenta con una clara ventaja respecto a sus antecesores: si a estos el alcohol solo les producía resaca y úlceras, a él la hierba le funciona al modo de un utilísimo aliado: teniendo que avanzar por un terreno oscuro y traicionero, lleno de conexiones subterráneas que quedan fuera del alcance racional y del esfuerzo deductivo, aquella le abre las puertas de la percepción; las pistas más alocadas, que la cordura suele descartar y que la realidad luego demuestra que eran las más válidas, se ofrecen con una lógica irrebatible. Las drogas, pues, señalan el camino de la verdad (o de una posible verdad), un paño torcido necesita una llave torcida. De haber sido joven en los 1970, quizás Philip Marlowe no hubiese salido de su despacho y habría resuelto los casos liándose un porro tras otro.

Si Vicio propio resulta muy estimulante para el análisis del género policiaco es también porque, en la época en que se desarrolla, California, ese templo holístico, encara ya su despertar del sueño feliz y de la alucinación colectiva, su definitiva entrada en la maquinaria del capitalismo salvaje que hundirá su capacidad para la ingenuidad, aportando a la novela nuevas pesadillas. Ese escenario lo prefigura Pynchon durante una visita de Doc a una casa en Topanga que es un zoo de tipologías humanas, donde se hace pasar por periodista y luce un sombrero negro Fedora vintage. “Cualquier investigador privado que tomara ácido desde hacía años en esta ciudad adquiría cierto tipo de talentos extrasensoriales y la verdad era que, desde que había cruzado el umbral de esa casa, Doc empezó a percibir lo que podríamos llamar una atmósfera (…) En el Gran Los Ángeles, en reuniones de despreocupados jóvenes y felices drogatas, Doc había empezado a distinguir a hombres mayores que estaban allí y no estaban, rígidos, adustos, que él sabía que había visto antes, no necesariamente sus caras pero sí sus actitudes desafiantes, su falta de voluntad para desdibujarse en la masa, que era lo que hacían todos los demás en los eventos psicodélicos de esos días (…) Si cuanto había existido en esa prerrevolución soñada había estaba condenado, de hecho, a terminar, y si el pérfido mundo movido por el dinero acabaría reafirmando su control sobre todas esas vidas, que se creía con derecho a tocar, sobar e importunar, serían agentes como estos, sumisos y silenciosos, los encargados del trabajo sucio, quienes se ocuparían de que así ocurriese”. ANTONIO LOZANO

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