NEGRO SOBRE NEGRO: Ellroy, ¿ira o mala educación?

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James Ellroy ha estado de tour promocional por España con un nuevo libraco –el hombre no se pone por menos de cuatrocientas páginas– bajo el brazo: Perfidia (Random House Mondadori), arranque de un planeado segundo Cuarteto de Los Angeles, esta vez ambientado durante la Segunda Guerra Mundial. El gigante permanentemente cabreado quizás sea el único escritor de género negro de gran calibre que arrastre un TRAUMA personal –el asesinato de su madre en 1948, a cuyo culpable nunca cazaron– que 1) lo impulsa a escribir de forma obsesiva; 2) lo legitima a la hora de arrogarse el cliché de la escritura como expiación y 3) puede aducir que ha experimentado en carne propia el tormento de algunas de sus más castigadas criaturas. Por fortuna, un escritor raramente está predestinado a la novela negra por culpa de horrores íntimos.

Ahora bien, ¿un espanto así lo faculta a uno para ser el fucking king de los impertinentes? ¿Sufrí y escribo obras endemoniadamente furiosas alimentándome de ese dolor, de esa herida eternamente supurante, y todo el mundo debe aguantar mi cabreo existencial, mis bravuconadas? ¿Y tú qué coño estás mirando?

Hablando con periodistas especializados en cine y música, me da la impresión de que la divisa de “Mejor no conozcas a tus ídolos” no se aplica especialmente al ámbito literario. Pero luego hay tipos como el autor de L.A. Confidential que parecen querer compensar la actitud corderita del gremio, poniéndose en plan “yo voy a ser el tío malote, el Leatherface de los de mi gremio para acabar con tanto buen rollo meloso y vomitivo”. Para el público o el periodista mezclado entre él, oyentes ambos que guardan una prudente distancia de seguridad, resulta una bendición escuchar a Ellroy. Te suelta un titular cada dos frases. Todo es una mierda excepto él. Es un hombre de las cavernas no utiliza ordenador, no tiene móvil, no va al cine, solo escucha a Beethoven y tú, un gilipollas por no seguir su ejemplo. Es un conservador recalcitrante, pro tenencia de armas, Moby Dick apesta, Cormac McCarthy es un suplicio, no pienso perder el tiempo leyendo a Hemingway o Faulkner….

Otro cantar es entrevistarlo, tenerlo a dos palmos repantingado en un sofá rascándose las partes pudendas y mirando a todos lados con cara de palo, respondiendo con frases desganadas punteadas de chulerías y provocaciones, gruñendo exigencias a la gente de su editorial. Este periodista lo sufrió hace unos años. Consciente de la telaraña de hostilidad que disfruta tejiendo sobre su interlocutor, como si quisiera evaluar en pocos minutos si delante tiene a una maldita nenaza o a alguien capaz de aguantarle unos asaltos, el aquí firmante optó por decirle educadamente que si no tenía ganas de hablar, lo dejábamos. No fue un acto de valentía, ni mucho menos, ni siquiera una muestra de orgullo, sino un impulso nacido de la frustración, aquello era un desastre, imposible rellenar cuatro páginas de revista, menuda pérdida de tiempo. Ellroy adujo que estaba cansado, que las entrevistas le tocaban las pelotas, que el único sitio donde podría ser realmente él era sobre un escenario, montando un Cristo, aterrorizando al personal. No abandonó la expresión de hastío pero alargó las respuestas y detuvo menos la vista en las piernas de las camareras. “Acércate a la presentación de esta tarde, ahí aflorará mi yo auténtico”, fue lo último que me soltó. La verdad es que no me quedaban muchas ganas.

La pregunta que me rondaba al acabar el encuentro con el auto proclamado “Perro rabioso” apodo que, no sé por qué, me trae a le mente a un luchador de wrestling sudamericano fue si todo ese numerito era producto de que Ellroy se había creado un personaje malcarado, soberbio, chulo, lenguaraz, intimidante acorde con su leyenda negra o todo (o casi todo) era auténtico. ¿Pensó en los inicios de su carrera que a alguien que había atravesado un infierno como él le convenía presentarse como un individuo desagradable? Desde el punto de vista de la promoción de su figura y el trato con los medios de comunicación, ¿planeó que aquella tremebunda herida original lo iba a convertir en un villano en vez de en un superhéroe? ¿O quizás era el escorpión de la fábula y todo ese veneno lo llevaba en su naturaleza?

A otros colegas no les fue tan mal. No le arrancaron una sonrisa pero sus ojos tampoco transmitieron el deseo de que su alma ardiera en el infierno. Quizá supo detectar en mí a una nenaza de la que ni siquiera soy consciente. A todo esto, Perfidia es otro volcán en erupción, pura energía narrativa, un tapiz impresionante de personajes, un revoltijo de violencia, mugre y sangre a leer con una bombona de oxígeno al lado. No sé qué dirán esas mujeres a las que Ellroy asegura hacerles el amor como una fiera salvaje, pero para mí sus mejores mordiscos tienen lugar sobre el papel. ANTONIO LOZANO