NEGRO SOBRE NEGRO: Lozano versus Lozano

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¡Corran a su librería más próxima a agenciarse el último libro de Antonio Lozano! ¿Les he dicho ya que Un largo sueño de Tánger de Antonio Lozano es la novela del verano? Si no saben que Antonio Lozano esconde un gran talento necesitado urgentemente de reconocimiento, tienen un serio problema”.

Los que piensan que me ha entrado un arranque de vanidad de grado tres, que el narcisismo patológico de nuestra era sélfica se ha apoderado de hasta la última fibra de mi ser, calma. Aquí hablamos del Antonio Lozano que sí sabe de género negro, aquel que no comparte múltiples características con el aquí firmante, entre las que están el haber nacido en Tánger, residir en Agüimes (Gran Canaria), haber ejercido de concejal de cultura, ser director de un festival de teatro y otro de narrativa oral y, last but not least, poseer un mostacho canoso y una simpatía que para mí quisiera. Conocía mi doble tocayo -desconozco si existe un término que abarque la coincidencia de nombre y primer apellido- en unas circunstancias dignas de un episodio de La dimensión desconocida o de un desdoblamiento de película de David Lynch que, gracias a Dios, pronto derivaron en comedia costumbrista.

Creo recordar que fue en la segunda edición de la BCNegra cuando el por entonces alcalde de Barcelona, Joan Clos, agasajó a los participantes con una recepción en el Palacete Albéniz. Desempolvé el traje y subí hasta la montaña de Montjuïc. En la entrada al recinto di mi nombre a una azafata que no tardó en fruncir el ceño y decirme con justificable tono de desconfianza que le constaba que el señor Antonio Lozano ya debía estar disfrutando de su cocktail de bienvenida. Complejos de clase (la corbata ya había empezado a apretarme) y traumas de adolescencia por haber visto barrado el acceso a discotecas acudieron en tropel para provocarme un repentino sudor frío. Por fortuna ningún miembro de seguridad dio un paso al frente con la intención de conminarme, amablemente o no, a regresar por donde había venido. Alguien de la organización resolvió el misterio: éramos dos los Antonios Lozanos invitados, si bien en la lista solo constaba uno.

El ahorro en tinta también había llegado al interior del palacete, pues en la mesa asignada a Antonio Lozano había un único cartelito de cartón con su nombre. Tras él ya estaba el más tempranero de los dos y también el que más se había ganado su presencia, pues su ópera prima, Harraga, venía de ganar el I Premio Jovelpol a la mejor novela negra publicada en España y de recibir una distinción en la Semana Negra de Gijón. Cuando, tras haber tomado asiento a su lado, AL desplazó el cartel para que quedara a una distancia equidistante entre uno y otro, supe que nos llevaríamos bien. La inmediatez con que desplegó su calidez y su sentido del humor durante tan ceremonioso ágape así lo confirmaron.

Ha pasado casi una década desde entonces y, por desgracia, no he vuelto a coincidir en persona con él, solo hemos tenido un contacto prácticamente anecdótico por teléfono y email. El tema estrella de estas contadas conversaciones ha sido, por supuesto, intercambiar experiencias en torno a las confusiones de identidad. A mí se me han acercado personas para felicitarme por haber publicado novela negra (“Un paso natural, ¿no?, si lees tanta y eres tan fan?”), que entiendo que jamás han hecho lo mismo con un ejemplar para que el mostacho de mi doppelgänger los saludara desde la solapa, mientras que a él le han parado en algún festival para puntualizar o rebatir algo de lo expuesto en una crítica a una novedad literaria firmada por mí en la prensa.

Tras seguir batiéndose el cobre con el género negro con títulos como Donde mueren los ríos, El caso Sankara o Las sombras del minotauro, ahora Antonio Lozano, el escritor, el poli bueno/Doctor Jekyll del dúo homónimo, ha dado un giro más intimista con la publicación de Un largo sueño en Tánger (Almuzara), un vívido retrato y declaración de amor a la ciudad en la que nació a través de las peripecias de una corajuda mujer, fuertemente vinculada a la cultura marroquíy la española.

Quizás no sea demasiado tarde para que por fin llevemos a cabo nuestro debatido plan de asumir fugazmente la personalidad del otro. Lo malo es que las recompensas no se antojan equivalentes. Yo podría coger un avión y plantarme en Tánger o Gran Canaria a promocionar su última novedad, hacer algo de turismo y disfrutar de las agradables temperaturas, mientras que él, a lo sumo, podría divertirse escribiendo una reseña en la que moliera a palos a alguno de los hypes que de tanto en cuando alabo. Una ventaja sí compartiríamos al cincuenta por ciento: si la cosa se pusiera fea y las circunstancias obligaran a uno de los dos a pasar de los libros que admiramos a la acción, esto es, a matar al otro, la coincidencia de nombre y apellido por lo menos debería allanar el highsmithiano camino A pleno sol que se nos abriría. ANTONIO LOZANO