NEGRO SOBRE NEGRO: El profundo feminismo de “True Detective”

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Las declinaciones genuinamente estadounidenses del género negro que irrumpieron en los años 1920 siempre fueron cosa de machos alfa. Tanto la literatura pulp como el hardboiled giraron en torno al pulso entre dos formas antagónicas de liberar testosterona: la buena (el detective) y la mala (el criminal). En este marco de violencia, sangre, sudor, efluvios alcohólicos, presumiblemente poca higiene y recelo hacia conceptos como inteligencia emocional o crecimiento interior, la mujer solía ser una mercancía, bien para ser explotada en términos sexuales –objeto del deseo de unos y otros– o en tanto que cadáver que ponía en marcha la acción. También eran objetos de atrezo, modelo secretaria resignada o angelical proyecto de esposa. La creación femenina más repetida, de todos modos, fue el arquetipo de la femme fatale: una hembra de ojos caídos, curvas generosas, pelo ondulado y labios carnosos que explotaba sus encantos para manipular al detective, tejiéndole una trampa con una mano mientras con la otra le acariciaba la entrepierna. El machismo, entendido como la reducción de la mujer a fantasías lujuriosas o piezas de repuesto, está pues en el ADN de la ficción policial made in USA y, pese a los aires de corrección política y a la muy sana revisión o actualización de visiones afortunadamente caducas, no es un modelo superado porque supone un código o una estructura profunda que define a todo un género y que invita pues a infinitas modulaciones.

Tanto en sus relatos no policiacos (aunque con toques noir), Between Here and the Yellow Sea, como en su novela negra, Galveston, Nic Pizzolatto ya dio unas primeras muestras de que su TEMA era el estudio del carácter masculino en ruinas, el macho en descomposición, el hombre como figura sufriente al ser prisionero de unos parámetros de género que lo alejan de sus emociones y lo dejan a la deriva en las turbulentas y oscuras aguas de la falta de certezas y afectos. El matón a la fuga Roy Cady de Galveston no es más que un vaquero en fase terminal que busca una redención imposible a un pasado marcado por una violencia atroz. El desarrollo de este tipo de personaje, un individuo enfrentado a una desastrosa herencia a medias genética y a medias cultural, alcanza su máxima expresión en las dos temporadas de True Detective, donde la figura del investigador y del policía atraviesa por una mutación fundamental con respecto a la fuente hardboiled de la que parte. Y es que, pese a sus defectos y carencias, pese a su modo de vida solitario y miserable, el detective clásico era un ser heroico, proclive a los arranques de frustración y de melancolía, sí, pero que no se cuestionaba su existencia, no se planteaba un cambio, asumía su mierda de vida como una fatalidad y brindaba por ello con el sexto whisky del día.

El true detective de Pizzolatto, por el contrario, reflexiona sobre su dolor y, mal que bien, intenta actuar sobre él. Se reconoce patético y miserable, entiende que está perdido y triste. Toma conciencia de que es material humano de derribo. Parte de su redención pasa por ser un true detective y resolver el caso que tiene entre manos, pero por el camino hay un intento de transformación personal. Marlowe o Spade o Archer estaban metidos en un bucle, no crecían emocionalmente. La serie, como su creador, no es machista en sentido estricto sino que retrata un universo machista enfrentado a la terrible imagen que le devuelve el espejo de unos tiempos que ya no pueden aceptarlo. En este contexto de crucifixión del macho, la mujer es preferentemente puta o víctima, pero no únicamente como un mecanismo vacío o instrumental, sino para poner en evidencia la tan lamentable como insostenible esencia cavernícola del otro sexo. El desodorante Axe como agente cancerígeno. La lujuria y la agresividad como pasaportes a viernes por la noche con pizza congelada y cerveza viendo en calzoncillos partidos de béisbol por la televisión. Aunque algo limitadas al papel de gritonas esposas agraviadas, las ex de los personajes de Woody Harrelson en la primera temporada y de Colin Farrell en la segunda suponen representaciones del sentido común y de la liberación de formas patriarcales abusivas. Y si hacía falta una mujer con agallas y necesitada de un psiquiatra para equilibrar la balanza, ya tenemos a la detective Ani Bezzerides con sus cuchillos y su papaíto majara.

Por tanto, también es posible cambiar el ángulo de enfoque y señalar que True Detective es una serie profundamente feminista, escrita por una mujer muy cabreada que saca lo peor del género masculino e intenta señalarles el camino de enmienda (genial la pequeña venganza del 2x2 con Pizzolatto poniendo en boca de Ray Velcoro las palabras: “Para que lo sepas, yo apoyo el feminismo”). Robert Towne, guionista de Chinatown, apuntó que “en el cine negro los personajes están predestinados de alguna manera porque tienen algún defecto de carácter. Son como polillas atraídas por la luz. Por ejemplo, Walter Neff en Perdición. No puede resistirse a un tobillo bonito”. En True Detective, los hombres tampoco pueden resistirse a un tobillo bonito, pero a la mañana siguiente, bajo la ducha o sorbiendo el primer café del día en un vaso de plástico camino de la comisaría, por lo menos se preguntan por qué demonios ha de ser así. ANTONIO LOZANO