FONDO PERDIDO: "Perreo" y lectura

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Ocho días duró en red la campaña “Perrea un libro”, originalmente aparecida en forma de un video colgado por el Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), nuestra egregia y máxima casa de estudios. Eso le bastó para lograr que buena parte del “medio” cultural mexicano levantara las cejas, ya con desprecio, ya con desconcierto absoluto. Comienzo por las aclaraciones de rigor. “Perrear”, para quien sea un viejano como yo que no lo sepa a ciencia cierta, se le llama a un tipo de baile, general pero no obligatoriamente musicalizado con reguetón, en el que las chicas (o quien lo desee) baila en posición de “chivo en precipicio” o, en castellano peninsular, de estar “mirando a Cuenca”, mientras su pareja le restriega todo lo restregable en los rebles, evocando la cópula de los cánidos. Entrar en juicios morales sobre la compostura o conveniencia del “perreo” me parece inútil. Todos los bailes han sido considerados inmorales, inapropiados o acicateadores de las bajas pasiones: desde el vals y el tango hasta el meneíto. No es imposible que en tres decenios la gente mire nuestro repeluzno ante el “perreo” con la misma ironía con que ahora se habla del horror decimonónico a que las parejas llegaran a tocarse las puntas de los dedos al danzar.

Total: el Instituto de marras de la UNAM (eso se pensó en un principio, con todas las bases) lanzó la campaña “Perrea un libro”, destinada a atraer a los jóvenes a la lectura mediante una pieza de reguetón con la letra basada en una obra literaria, cuyo autor, Fernando Curiel, es profesor e investigador del dichoso Instituto. Curiosa elección: no se “perreaba” a Juan Rulfo, a Rosario Castellanos o a Revueltas (por un decir), sino a un escritor “de casa”. En el vídeo aparecen algunas leyendas alarmantes como “A los jóvenes no les gusta leer… pero sí bailar”, y entonces surgen, cándidos, algunos de ellos en pleno “perreo”. Es obvio que no sospechan que están meneándose al compás de una pieza “literaria”. Al final se lo explican y ellos, felices, reciben ejemplares del libro que inspiró su bailecito. “Todo lo que venga con el reguetón es bueno y todo lo que venga con la lectura es bueno”, sonríe una chica antes de culimpinarse y seguir en la danza.

“Perrea un libro” produjo un ataque de ansiedad en la comunidad cultural mexicana. Decenas de escritores, profesores, periodistas, lectores de a pie y simples curiosos se dedicaron durante los ocho días en que el video duró colgado en la web de la UNAM a hacerle una autopsia al asunto. Algunos, los menos, defendían la idea de promover las letras del modo que fuera y se quejaban del clasismo y la altanería de quienes pusieran en duda la posibilidad de que el “perreo” se convirtiera en vehículo de difusión cultural. Otros, los más, consideraron la iniciativa en una escala del error que iba de la simple tontería a la vileza profunda.

Así, la UNAM decidió deslindarse y el Instituto, igual. “Perrea un libro” bajó de las redes el viernes 10 de abril, poco más de una semana después de haber subido a ellas. Como quien no quiere la cosa, la universidad dijo que los responsables eran los “creativos” de una agencia y que el asunto no era sino un “experimento” para generar discusión… Desde ese punto de vista, fue un éxito. Desde cualquier otro, no fue sino un zigzag de planeación y ejecución que acabó en comedia de equivocaciones.

Entretanto, y hasta nuevo aviso, el que ya “perreaba” sigue “perreando” y el que ya leía se aguanta. ANTONIO ORTUÑO