POESÍA: En el adiós a Tomas Tranströmer

 

“En lo profundo del bosque hay un claro inesperado que sólo puede hallar el que se ha extraviado”. Estos fueron los primeros versos que leí de Tomas Tranströmer (Estocolmo, 1931-2015). Fue en el número 43 de la mítica revista Hora de Poesía, era en enero o febrero de 1986, no recuerdo bien, en un artículo de René Vázquez Díaz: Muestra de poesía sueca contemporánea, se titulaba. Y hoy me entero, gracias al subdirector de Librújula, de que ha fallecido mi admirado poeta sueco, que recibió el Nobel de Literatura en 2011. Creo que es el único poeta cuyos versos le hacen pensar a uno que escribe mientras sueña.

Lo último que leí fue su poemario El cielo a medio hacer (Nórdica), con prólogo del poeta Carlos Pardo y traducción de Roberto Mascaró, que es un libro que recoge lo mejor de su poesía, desde 1954 a 1996. Edición que, por cierto, amplía la de Para vivos y muertos (Hiperión), también en versión de Mascaró y del gran introductor de la poesía báltica en nuestro idioma, Francisco Uriz. Sigo diciendo que Tranströmer es un poeta de exigente y cómplice lectura, dado que sus poemas brillan cual luna llena de frío invierno. Una poesía que huye del hermetismo y de la experimentación. Su poesía es fruto de la observación certera, desde la naturaleza hasta lo más cotidiano, y pretende provocar y de hecho así sucede un forcejeo en y con el lector: “Sucede que en medio de la vida / la muerte viene y mide la talla del hombre. / La visita se olvida y la vida continúa. / Pero el traje va quedando listo en el silencio”.

Tranströmer era hijo de una maestra y de un periodista, quedó huérfano de madre siendo un niño; su padre les había abandonado a ambos antes. Psicólogo. Licenciado en Filosofía y Letras, debutó en 1954, 23 años tenía, como poeta con el libro 17 poemas y desde entonces y hasta mañana ha estado, está y estará en el centro de atención poética de su país. Creo que, cuando en 2011 fue premiado, los suecos dijeron “¡ya era hora!”. El poeta era célebre en su país y había sido traducido al inglés, condiciones básicas para optar al Nobel.

Del poeta se puede decir que escribió poesía desde joven y supo y sufrió la persecución escolar de sus compañeros, aunque años después le vendría bien ser conocedor de esa experiencia pues ejerció de psicólogo en una cárcel juvenil, rehabilitando delincuentes, según cuenta en sus memorias. El poeta siempre ha navegado entre dos aguas, la poesía y la psicología, que no cabe duda eran sus pasiones: “Mañana tendré que trabajar en otra ciudad. Hacia ella me lanzo a través de una madrugada que es un enorme cilindro negriazul. Orión cuelga sobre la tierra helada. Un silencioso montoncito de niños aguarda el bus escolar, niños por los que nadie reza. La luz va creciendo despacio, como nuestro cabello”.

El poeta sufrió una hemiplejía en 1990 y lo curioso es que una veintena de años antes, en su poema más largo, Bálticos, y había plasmado su premonición más tremenda: “Entonces llega el derrame cerebral: parálisis en el lado derecho / con afasia, solo comprende frases cortas, dice palabras / inadecuadas. Así, no lo alcanzan ni el ascenso ni la condena. / Pero la música permanece, sigue componiendo en su propio / estilo”. Continuó escribiendo, también siguió tocando el piano con la mano izquierda y viajando por el mundo con su mujer, Mónica.

Creo en la poesía de Tranströmer porque escribe de lo que le ofrece la vida, su propia vida, y dice y cuenta y versifica lo que ve, lo que experimenta, lo que ama y lo que pierde. Seguiremos leyendo al poeta y dando las gracias últimamente a la editorial Nórdica porque ha publicado su poesía. Gracias por escribir, maestro: “Durante los meses sombríos mi alma estaba / acurrucada y sin vida / pero mi cuerpo tomaba un camino / que lo llevaba directamente a ti. / El cielo nocturno mugía. / Tú y yo ordeñamos el cosmos / a escondidas; y sobrevivimos”.

La Academia sueca, cuando le concedió el Nobel, dijo que su poesía era un don, un festín visual, ya que, a través de sus imágenes condensadas y traslúcidas, aportaba un fresco acceso a la realidad. Un poeta ha muerto. Nos quedan sus versos: traducidos, que yo sepa, a más de cincuenta idiomas. ENRIQUE VILLAGRASA

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