CATALÁN: La impresionista mirada periodística de Lluís Foix

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“He aprendido mucho de la condición humana, de las grandezas y miserias de una profesión que redacta los borradores de la historia, que se equivoca y que acierta, que vive al paso de los acontecimientos que se producen siempre de manera inesperada”. Es un fragmento del prólogo de Aquella porta giratòria (Destino), el libro en el que Lluís Foix reflexiona sobre la profesión que ha ocupado toda su vida: el periodismo. Ganador del último premio Josep Pla, el relato de Foix es un acopio de recuerdos y vivencias, de personas que se han cruzado en su camino a lo largo de más de cincuenta años de profesión. Un nombre los hilvana a todos: La Vanguardia, el periódico en el que Foix escribe desde 1969. En él ha desempeñado todo tipo de roles y de cargos: traductor, redactor, corresponsal, subdirector, director adjunto y director. A lo largo de los años siempre hubo un testigo privilegiado: la puerta giratoria del título. La mítica puerta giratoria del número 28 de la calle Pelayo de Barcelona, la sede del periódico durante décadas hasta su traslado a la plaza Francesc Macià. El de Foix es un relato ameno, un paseo agradable por los vericuetos de su oficio; como él mismo señala, su ambición no es trazar una historia de La Vanguardia, una mirada hagiográfica y sistemática, sino un trayecto humano a través de nombres que se han cruzado en su camino, de situaciones que, a su manera, a mayor o menor escala, dan cuenta de un tiempo y de un país. Sus páginas están sazonadas de instantes relevantes, viajes y largas estancias en el extranjero (sus años de corresponsal en Washington), pero sobre todo de personas. Es este un libro sobre la sabiduría de personas sabias que, por motivos varios, dejaron huella en la memoria de su autor. Personas como los hermanos Nadal –a cargo de la sección de Internacional del diario–, Tomás Alcoverro, Lluís Permanyer, Ángel Zúñiga, Llorenç Gomis, Horacio Sáenz Guerrero, Tristán la Rosa, Álvaro Ruibal... Todos ellos, en algún momento de su vida más o menos longevo, emparentados con una marca especial y reconocible, la del centenario periódico catalán.

El retrato de Foix sobre LV es amable e impresionista, traza retratos y propone chispas y destellos sobre su metamórfica personalidad. “He escrito desde el afecto hacia un diario que, si bien no ha querido derrocar gobiernos, ha sabido dar puñetazos sobre la mesa cuando ha sido necesario. Ha perdurado porque se ha sabido adaptar a todo tipo de gobiernos y políticos y, además, ha sido rentable”, concreta. Sabe de qué habla, fue su director durante unos meses de 1983, a los 39 años. Recién regresado de Washington, el conde de Godó le confió el puesto. Cuenta que no tardó en darse cuenta de que CiU quería mandar sobre el diario. “Del poder hay que desconfiar siempre”, concluye. Y añade: “Si hacen algo muy bien debemos reconocerlo, pero no con demasiado énfasis porque se lo creerán enseguida”.

Aquella porta giratòria es un libro sencillo, de trazos humanistas y mirada serena, atravesado por un soplo de nostalgia, la que cualquiera podría sentir al echar la vista atrás y contemplar el camino andado. Nos habla de una forma de periodismo y de periodistas que existió y se evaporó. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? “No. No es que aquello fuera mejor que esto”, corrige. Fue diferente, claro. Recordar el pasado para hacer mejor el presente. Bueno, con vivirlo un poco ya está bien. La puerta, aunque ya no esté allí, seguirá girando. TONI VALL