CATALÁN: Sobre la guerra, el tiempo y la barra de un bar

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Toni Vall

Foto de Esther Navalón

 

“Contadme la historia de un soldado raso y os contaré la historia de todas las guerras”. Con esta frase empieza La colina de los diablos de acero, de Anthony Mann, una de las mejores películas bélicas de la historia del cine. Caló fuerte en mi subconsciente esta manera de entender y evocar, de concentrar en un pensamiento raudo, el dolor inmenso de cualquier vida a la que la guerra se le cruce en el camino. Y pensé en ella una vez más al caer en mis manos El brigadista, la nueva novela de Jordi Cantavella, que acaba de publicar Rosa dels vents. Está contento de contar que es su obra más enjundiosa, sin duda la más ambiciosa: la recreación de la vida de Oliver Law, el primer oficial negro que comandó tropas americanas en las Brigadas Internacionales que llegaron a España durante la Guerra Civil para combatir del lado de las tropas republicanas.


En 1995, el autor trabajaba en los mostradores de facturación del aeropuerto de Barcelona –una ocupación que le proporcionó no pocas anécdotas– y un día le tocó atender a un grupo de miembros de las Brigadas Internacionales que llegaban a la Ciudad Condal para recibir un homenaje institucional. Aquel encuentro le dejó poso y abrió el apetito. Tantos años después, ha cobrado forma sobre el papel impreso.

 

Cantavella regenta un bar, el Astrolabi, en el sur de Gracia. Surfea sobre la vieja barra barnizada por su padre desde 1996 y en esa universidad de la noche ha tuneado su alma de escritor, de alquimista de mil historias interiorizadas al anochecer e incorporadas de inmediato a su ADN creativo. Se nota en su literatura. El desparpajo y naturalidad de su prosa es pura conversación, mirada humanista tomada del natural. El personaje principal de El brigadista es Raymond, quien muchos años después de la Guerra Civil relata sus recuerdos a Sarah, su nieta, y a Joan, el novio de esta. A través de dos narraciones, presente y pretérita, la siempre robusta barrera del tiempo revienta por los aires para alumbrar un relato vivido y emocionante sobre la supervivencia, el devenir de los años y, me parece intuir, sobre la herencia que dejamos en este mundo.  
 
“No vull que tu també t’equivoquis i he pres aquesta decisió per tu. Queda’t a Barcelona, arrisca’t amb aquest noi que sembla enamorat de tu com jo ho estava de l’Anna. Sigues una brigadista de la teva vida i lluita per les teves ganes de viure, lluita a cops de fusell contra el feixisme del fracàs i de la infelicitat”. Incluso sacadas de contexto, estas palabaras de Raymond, el protagonista, cobran todo el sentido y resumen perfectamente el espíritu del libro.

 

Mirando hacia atrás… ¿sin ira?

Un paseo por las calles de la infancia. De este pretexto cotidiano y natural nació Sense nostàlgia (Proa), el delicioso librito de memorias de Feliu Formosa. El gran poeta y traductor quedó con su hija Clara para transitar durante un rato por las calles de su Sabadell natal. Ella le había insistido en la recomendación de evocar los días de su infancia en un libro, tal y como –le gusta recordar– había hecho el Nobel sueco Tomas Tranströmer. Así fue, padre e hija quedaron para pasear y el libro fue cogiendo forma y altura literaria en su mente y su alma.

 

Es importante el título, aviso para navegantes, pues Formosa no proyecta sobre los tiempos evocados una mirada blandengue ni con vocación paisajística. “El franquismo es algo para recordar, no para añorar”, ha dicho a cuento de la publicación. Así pues, a través de doscientas páginas que se leen de un plumazo, asistimos a dos décadas, los años 1930 y 1940, en el seno de una familia de tradición conservadora en la que chirría la figura del padre, simpatizante del POUM, y cuyas ideas no congeniaban del todo bien con el statu quo más próximo. Sobresale la mirada del niño que descubre el mundo, el colegio, las amistades y el deseo. Su mirada virginal proyectada sobre un espacio y un tiempo convulsos. Sense nostàlgia, pues eso.


La creación del mundo

“Me enfado mucho cuando un novelista dice que escribe mentiras o que escribir una novela es mentir o cosas así”. “No hay nada más alejado de la mentira que el arte”. La vida narrativa de los objetos me fascina. Aquel zapato en medio de la calle... qué hace allí?”. “El fenómeno del envejecimiento de los textos es todo un misterio. ¿Por qué hay algunos que tras diez años de haberlos leído con interés se te caen de las manos y, en cambio, un texto de hace doscientos años te reclama como si fueras coetáneo?”.

Paro ya de escribir porque llenaría unas cuantas hojas y la idea es que al lector se le despierten las ganas de comprar Les incerteses. Sobre la creació del món (Proa), el extraordinario libro de pensamientos que Jaume Cabré acaba de regalarnos. Él mismo confiesa en el primer capítulo que, tras dar por cerrados los aproximadamente siete años de creación de Jo confesso, su última y colosal novela, le invadió una sensación de vacío bastante inquietante. De resultas de ella, con el paso de los días se vio abocado a dar forma a una cascada de sensaciones sobre el arte, la creación, el objeto literario, la inspiración, el viaje etcétera. Les incerteses es una especie de continuación apócrifa de El sentit de la ficció, una experiencia equivalente a la presente que escribió para vehicular las sensaciones resultantes de la escritura de L’ombra de l’eunuc. Sea como sea, en ficción, realidad, mentira, verdad, alumbramiento, realidad, sueño o música, hay que leer a Cabré. Hay que leer Les incerteses. TONI VALL