CATALÁN: Tener un libro, publicar una pareja

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Toni Vall

Darse un garbeo por cualquier librería equivale a contemplar montones de libros sobre las mesas. Cuidadosamente expuestos, recién salidos de la imprenta, huelen a nuevo, relucen para llamar la atención del visitante, que puede ser que vaya a tiro fijo o que desee ser tentado. Viendo el muestrario puede parecer que publicar un libro es fácil. No es que lo sea, efectivamente, pero siendo del todo sinceros podríamos pactar que no es la cosa más difícil del mundo. Claro que a veces cuesta lo suyo, es verdad. Así le sucedió a Joan Benesiu, pseudónimo de Josep Martínez Sanchis, que logró publicar su estupenda novela Gegants de gel (Edicions del Periscopi) tras dar algunos tumbos. Él mismo nos lo ha contado, con todo lujo de detalles, por cierto.

“Podría empezar esta historia explicando cuando abordé a Manuel Baixauli –escritor que lo ha apadrinado– a la salida de un teatro en la ciudad de Alcoy, pero ahora que sé –después de leer el prólogo a Gegants de gel– que Baixauli pensó aquel día que yo era un desequilibrado pacífico ya no sé si contarlo. El caso es que, tiempo después, cuando ya se había leído mi anterior novela Intercanvi (no sé ni cuántos meses tardó) y comimos juntos en Sueca, yo estaba ya iniciando el plan de Gegants de gel. Solo que venía de investigar a fondo mi tatarabuelo e iba un poco fatigado. ‘Ya me dices cuando la acabes’, me dijo Baixauli. Y yo se lo dije… más de dos años después”.

“Cuando terminé de escribir la historia me dirigí a las editoriales que creía que podían escucharme, pero siempre recibía silencios o negativas. Los premios tampoco me resultaron favorables (recientemente he sabido, de una manera muy extraña y rocambolesca, que estuve muy cerca de ganar uno de los importantes, aquí en Valencia). Y, ya casi vencido, recibí el ofrecimiento de Vibooks –un sello dentro de Grupo 62– que me proponía la autoedición. Tras pensarlo dije ‘basta’ y ‘sí’ (las dos cosas). Y nació Els passejants de l’illa de Xàtiva, y se lo envié a Baixauli. Esta vez, los ocho meses se acortaron a una semana. Después de eso volví a Sueca en un Cercanías y quedé con él en la misma estación. La estación del tren en Sueca está separada de un parque por una vía no muy ancha. Ese día, la vía estaba vigilada por policías locales que no me dejaban cruzar al otro lado (a mí y a tres o cuatro viajeros más). Detrás de los policías estaba Baixauli esperando al desequilibrado pacífico. Yo no sabía qué pasaba, así que le pregunté a uno de los policías locales y este, no sé por qué pero nervioso, me dijo que había una carrera. Yo pensé que en cualquier momento giraría la esquina un grupo de ciclistas enfurecidos, o incluso algún coche, y por eso tanta precaución. Baixauli y yo nos saludamos con la mano y esperamos. Nadie aparecía y yo hice intento de pasar aquella calle sin peligro. El policía me retuvo: ‘No, por favor’. Y de repente apareció un corredor que a mí me parecía que casi caminaba. Perdí la paciencia y le pregunté a Baixauli por encima del policía: ‘¿Qué tal?’. Él me dijo que le había gustado mucho. Así comenzó el camino hacia Edicions del Periscopi”.

“Después de eso conversamos largamente bajo uno de los árboles del parque. Él me dijo que creía que yo había tenido mala suerte y que escribiría un artículo para tratar de cambiarla. Lo hizo en El País. Yo compré el periódico para leer y guardar el artículo. Lo busqué con mal disimulado nerviosismo. No lo encontré. Pensé que había comprado un diario al que le faltaba el suplemento en catalán (El Quadern). Bajé rápido, fui a otro quiosco y compré otro. Tampoco estaba. Le escribí a Baixauli. Hacía más de un año que el cuaderno no se editaba en papel. Quedé fatal, por lo visto yo solía leer los artículos de Baixauli y otros en internet y no me había dado cuenta. El caso es que aquella mañana recibí tres mensajes de tres editores pidiéndome la novela. Dos me contestaron afirmativamente. El otro, todavía no”.

Gegants de gel es un relato de frontera donde un grupo de personajes se conoce e interactúa. Una especie de fin del mundo, gélido y evocador, en el que Benesiu anida con tino para hurgar en vidas en fuga permanente, ancoradas en la poética del solitario. Gran libro.

 

Cuentos para todos, todos en un cuento

Hace bastantes años leí que Augusto Monterroso –a quien el cliché señala como el rey del relato corto– dijo una vez que todos cabemos en un cuento, que su medida supuestamente corta no es el límite de su espacio. Y me gustó la idea. Y pensé en ello leyendo Puja a casa (L’Altra Editorial), el libro de cuentos de Jordi Nopca galardonado con el último premio Documenta.

Nopca es periodista literario del diario Ara y posee el don de la hiperactividad. Lee, entrevista autores y escribe noticias y reportajes como mandan los exigentes cánones de tan ciclotímico oficio: rápido y bien. En su caso, muy bien. Por si hace falta aportar pruebas, da fe de ello el premio Pere Rodeja del Gremi de Llibreters. Bien, pues Puja a casa es un acopio de diez cuentos que se zambullen en el siempre jugoso y tentador mundo de la pareja. Barcelona es el escenario, esa ciudad de marca y postín, que el autor retrata de pasada, en tercer plano, pero con afán detallista. Su interés, claro, son los personajes, seres a la deriva que se preguntan lo que nos preguntamos todos: ¿qué es el amor? Y, más importante: ¿me gusta cómo es? Esta última es la cuestión esencial, creo, de un libro hábil y preciso. Hallamos en él a una dependienta que recibe de un pretendiente vasitos de chocolate a la taza, una chica de compañía que se interpone entre un escritor y su traductor, el propietario de un bar chino –¿Hay de otro tipo en Barcelona? –; una pareja con el alcohol metido hasta lo más profundo de su alcoba, un chico desorientado con predilección por su abuela...

Son relatos atravesados por la fina flecha del humor, por la pizca de pimienta que sacude la lengua al paladear. No creo que su intención última sea el puro escepticismo por lo que retrata. Aunque sea diáfana su mirada descreída ante los dogmas, clichés y otros facilismos sobre la relación de pareja, el retrato que uno interioriza es limpio y hermoso. Concluye uno que vale la pena seguir experimentando. TONI VALL