CATALÁN: Sisa y Espinàs, dos contadores de vida

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Toni Vall

 

“La vida es una cosa muy extraña, pero de esto solo eres consciente cuando vas acumulando años. Yo estoy en un punto en el que esta extrañeza va en aumento. Día tras día todo se va haciendo más raro. Yo, cuando tenía 20 años ya quería ser viejo. De alguna manera me interesaba más el saber de los viejos que la vitalidad de los jóvenes”. Así empieza la conversación del gran Jaume Sisa con el periodista musical Donat Putx que da lugar a Jaume Sisa, el comptador d’estrelles, el delicioso libro que acaba de publicar Empúries.

En la sencillez de la cotorrera entre dos amigos hallamos el recorrido por la vida, la obra y la marciana personalidad de Sisa, autonombrado cantautor galáctico desde tiempo inmemorial, una de las mentes creativas más lúcidas y preclaras de la música de nuestro tiempo. El despertar de su pasión, los días y las noches de Zeleste, la política, el éxito y el fracaso como vinculación casi imprescindible, su exilio madrileño, sus temas clásicos, los discos, el directo, la fama, el retorno a Cataluña... Nada se queda en el tintero. Putx sabe tratar a su partenaire de conversación, sacarle brillo, lograr que se sienta cómodo, y así transitar plácidamente por el río de su existencia.

Es uno de esos libros que se leen casi sin darse cuenta, pasando las páginas fluidamente, a buen ritmo, y con una tarde basta para dar cuenta de él. Su gran mérito es su sencillez: una entrevista que con lo imprescindible –la palabra bien dicha y bien escrita- penetra y percute en la personalidad de su protagonista, alguien que ha construido un personaje tan enigmático como entrañable y que, lejos de resultar esquivo o enmarañado, se le antoja a uno de lo más natural y cercano. Alguien que ha parido una obra maestra como El setè cel por fuerza debe tener sólidas convicciones humanistas, el cerebro y el alma amueblados con criterio exquisito.

Hacia el final de la conversación, Sisa saca a colación el concepto “enfermo del cielo”. “Estoy trabajando con él de cara a mi próximo disco, que se titulará así: Malalts del cel. Por definición, un enfermo del cielo es todo aquel que tiene un sueño, un anhelo, un ideal, y que se ve irremediablemente arrastrado por su deseo”. Enfermo del cielo, sí: bendita enfermedad la suya, que nos ha contagiado para sanarnos siempre que lo necesitemos.

 

Espinàs, la vida, el tiempo y la memoria

El empleo del tiempo. Cada vez que Josep M. Espinàs publica nuevo libro pienso en el título de la película de Laurent Cantet. No por el contenido del film en sí mismo, sino por la propia semántica del título. Hace ya años que los libros de Espinàs tratan de esto, del tiempo, de su paso inexorable y la huella de sabiduría que queda impresa en todos nosotros. Como es bien sabido, sería raro que el escritor se decidiera a emprender sus memorias de manera canónica u ortodoxa, por eso lleva ya bastantes libros a cuestas en los que reflexiona, con carga autobiográfica, sobre su vida, su memoria, su manera de estar en este mundo. Tras los ya lejanos Inventari de jubilacions y Temps afegit, llegaron más recientemente El meu ofici, I la festa segueix y Una vida articulada. Ahora se les añade A ritme del temps (La Campana). En la contraportada halla uno pistas sobre la personalidad del volumen: “¿Una autobiografía? No a la manera habitual. A la manera Espinàs, saltando de un tema a otro, libremente, a lo largo de los años”.

El piano de la portada también resulta elocuente, pues se trata de textos en forma de poemas, inyectados de la musicalidad que siempre ha fluido por las venas del autor. A lo largo de los capítulos el lector tropieza con canciones de su gusto, estribillos musicalizados, letras universales traducidas al catalán por él mismo. Nos habla de episodios de su vida, de encuentros y de viajes. Del amor, la vejez, la luz del día, el mar, los hábitos cotidianos. Y de la muerte, también de la muerte.

Morir dissimulant: “Deu costar molt morir dissimulant i aprofitar l’últim moment de silenci per dir ‘Adéu i gràcies’”.

En tan solo dos años cumplirá 90. Qué gusto hallarle de nuevo, lúcido y sereno, incansable relator de instantes. TONI VALL