ADAPTATION: Le llamaban “Big Jim”: Jim Harrison en Hollywood (1977-1990)

 

Hace unos días, a la respetable edad de 78 años, falleció Jim Harrison, del que me compré algunos libros en su día. Quizás me pongo a escribir esto porque el primero de todos ellos fue una novela precisamente titulada Un buen día para morir, o más bien Un bon jour pour mourir, según la impecable traducción del gran Brice Matthieussent, pues me la compré en París, ciudad a la que por entonces, finales de los 1980 y primeros 1990, subía regularmente, dos o tres veces al año, con la maleta medio vacía para llenarla de… ¡novelas americanas! Americanas, porque muchos escritores estadounidenses eran mucho más conocidos, y mejor publicados, en el Hexágono que en su país de origen (por no hablar del nuestro). Harrison tenía estatus de estrella en el sello de Christian Bourgeois (y en su impresionante colección de bolsillo (10/18), que era la que yo más consumía con ansiedad bibliófila), donde llegó a publicar una veintena de títulos, entre ficción, poesía y hasta memorias culinarias. El célebre editor enviaba a Franck, su chófer personal, a buscar a Big Jim, así le llamaban, cada vez que este aterrizaba en la capital francesa para firmar ejemplares y disfrutar de la buena mesa, una pasión muy documentada a la que se entregó definitivamente tras dejar la cocaína, después de un viaje a Brasil en el que se dio cuenta de que lo que se consumía en L.A., como en casi todo el mundo occidental (salvo en Galicia y otros enclaves privilegiados), era pura basura.

Aquel viaje a Brasil, donde fue recibido por una encantadora Sonia Braga, fue una de las pocas cosas que Big Jim sacó en limpio de su relación con Hollywood, que duró algo más de una década. Harrison había sido enviado por la Warner para tratar de involucrar a la actriz en un proyecto que, como tantos otros, quedó en nada. Francia lo trató mejor que Hollywood. Es fácil imaginar por qué los franceses lo adoraban. Escritor de las praderas del Medio Oeste, del terruño y de la gente corriente, amante de la naturaleza más salvaje, de la caza y de la pesca, de las leyendas indígenas y de la novela negra, alérgico a las grandes urbes, a la par que extremadamente culto y refinado, físicamente imponente y con un ojo de vidrio, tan canalla como sensible, era algo así como la viva encarnación del mito americano. Y ya se sabe cómo viven los franceses lo del mito americano. Pero Jack Nicholson también lo adoraba. Fue él quien lo introdujo en Hollywood. Se conocieron durante el rodaje de Missouri (Arthur Penn, 1976), al que Big Jim acudió porque su amigo Thomas McGuane (otro escritor mucho más publicado en Francia que en nuestro país) era autor del guión. Nicholson, que había leído su primera novela, Wolf. A False Memoir (1971), trató de convencerle para que escribiera algo para él. Big Jim no le hizo ni caso, aunque al año volvieron a encontrarse en L.A., y se hicieron best friends. Tenían gustos parejos, Harrison era fanático de Truffaut y Nicholson de Renoir, y a los dos les gustaba la coca bien regada. A Big Jim solían tomarlo por el guardaespaldas del astro, cosa que le divertía y a veces simulaba que iba armado. En París, cuando a Harrison todavía no lo paraban por la calle, un jefe de seguridad le advirtió: “Aquí no disparamos a los periodistas”.

 

 

Cuando Jim conoció a Jack, andaba enfrascado en el libro, compuesto de tres largos relatos, que le haría famoso, y que nosotros llegaríamos a conocer bajo el título de Leyendas de pasión (RBA). Nicholson le prestó 15.000 dólares para que pudiera acabarlo y le presentó a la gente adecuada para comprar más tiempo para seguir escribiendo. Nicholson soñaba con actuar en una película escrita por Jim Harrison. Pero le advirtió: “No quiero otra historia sórdida como la de Scott Fitzgerald, que, una vez en Hollywood, no escribió ni una sola línea potable. Te haré ganar dinero, pero tienes que jurarme que no dejarás de escribir”. Harrison se lo tomó al pie de la letra. Es más, al cabo de una década de escribir para Hollywood, lo que hizo fue dejar de escribir guiones. Si la mayor parte de proyectos no salieron adelante, los que sí se materializaron tampoco resultaron satisfactorios. Aunque Big Jim se lo pasaba en grande con Nicholson, Sean Connery, Warren Beatty, John Belushi, Bill Murray, John Candy o Danny DeVito, entre otros, Hollywood le seguía pareciendo una casa de locos que perjudicaba su precario equilibrio mental, amén de que las decepciones se sucedían una tras otra. Sidney Pollack tenía que dirigir una adaptación de El hombre que había perdido su nombre, uno de los tres relatos de Leyendas de pasión. No se hizo. Empezó a escribir una película de caballos para Martin Ritt, pero el hombre estaba ya demasiado mayor para que le cubriera ningún seguro. Taylor Hackford le pidió un biopic del explorador Edward S. Curtis, fotógrafo del Far West, pero insistió mucho en que Curtis tenía que matar a alguien en la película, cosa que no había hecho en la vida, de manera que tampoco se entendieron. Docenas de guiones se quedaron sin ver la luz, y otros lo hicieron para avergonzar al pobre Big Jim, que escribió, junto a McGuane, una película independiente con Tom Waits llamada Monty, dedos largos (Robert Dornhelm, 1989), bajo la permanente influencia del alcohol y de toda clase de productos farmacéuticos. Un desastre, como lo fue también la película soñada de Nicholson.

“Les entregué un Ferrari, y ellos sacaron un Mazda –cuenta Harrison en sus memorias de Lobo (Mike Nichols, 1993) –, una película que ha costado 50 millones de dólares, el equivalente al presupuesto de todas las películas de Truffaut”. Wesley Strick, que debe su reputación a Pesadilla en Elm Street, fue el encargado de tunear el Ferrari en Mazda, dejando fuera de plano los aspectos más sexuales para vender un mensaje mucho más conservador. En el film, Nicholson es un editor que se convierte en hombre-lobo. Harrison había escrito una historia, inspirada en una leyenda inuit, sobre la aceptación de la naturaleza más salvaje, su vida, y los productores se empeñaron en convertirla en una de licántropos con toda la parafernalia, deslizando además la idea de que la única alternativa al American Way of Life es la violencia. Según Matthieussent, solo una escena, casualmente la más célebre del film, conserva las esencias harrisonianas: aquella en la que Nicholson, en los urinarios de la editorial, se mea en los zapatos de su rival, James Spader, para marcar territorio. Una escena perfecta como metáfora de Jim Harrison en Hollywood: no consiguió marcar territorio. Tal y como aseguró en su día James Agee, guionista de La Reina de África o La noche del cazador, “nadie en Hollywood puede llegar a ser lo suficientemente dueño de sí mismo para llevar una carrera enteramente fiel a sus metas personales”. Veremos que tenía razón.

 

 

David Lean tenía que dirigir la adaptación del relato titular de Leyendas de pasión, pero la Warner se acabó deshaciendo de él porque la película hubiera sido demasiado costosa (sic), y muchos años después, en 1994, la acabó dirigiendo Edward Zwick, a mayor gloria de Brad Pitt, pero en detrimento del texto. En sus memorias, Big Jim aún se muestra bastante diplomático con el resultado: “Nicholson y yo pensamos que tenía que haber sido mucho más dura”. Tampoco le importó demasiado, porque cuando salió el film, que vio por casualidad en París, hacía ya un tiempo que no quería saber nada más de Hollywood. No iba con él. Ni Leyendas de pasión, ni Carried Away (Bruno Barreto, 1996), ni el telefilm, un auténtico ébola del celuloide, que un tal Ken Cameron sacó ese mismo año de Dalva, una de sus novelas más largas y celebradas. Jim Harrison se hartó definitivamente de Hollywood tras el estreno de Venganza, adaptación de otro de los tres relatos de Leyendas de pasión. Al principio tenía que dirigirla John Huston, con Nicholson como protagonista, pero el estudio consideró que era demasiado difícil trabajar con él, y el proyecto pasó un tiempo en las manos de Orson Welles, que tampoco parece a priori un tipo acomodaticio. Aunque Big Jim compartió con Welles, otro gourmet, algunas comidas memorables, el proyecto languideció y acabó en manos de Tony Scott, que estrenó el film en 1990. “Tampoco es que me sintiera violado por un elefante mientras la veía –recordaba Harrison–, pero era evidente que mi visión de los personajes y de la acción era increíblemente más negra y áspera que la de Scott. Al salir solo le comenté que no entendía la escena de las velas. Es el primer encuentro sexual entre Kevin Costner y Madeleine Stowe. Hay cientos de velas, velas por todas partes. ¿De dónde han sacado tantas velas si están en medio de ninguna parte? Solo una tienda de velas tiene tantas velas. Cuando salí del cine era todavía de día, y me dije que, en el futuro, me concentraría únicamente en las novelas, porque cualquier película iba a escapar a mi control”. En 1994, rechazó una adaptación de En la carretera, de Kerouac, para F.F. Coppola, de la que se ocupó Barry Gifford.

Agee tenía razón. Pero, en el transcurso de su relación con Hollywood, Harrison compró tiempo para escribir tres novelas, dos libros con tres relatos largos y cinco libros de poesía. Mercenarios somos todos. Claro que, libre de las cadenas hollywoodienses, su obra, que se prolonga hasta este mismo año con The Ancient Minstrel, dio mucho más de sí. PHILIPP ENGEL

 

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