Hojas de Andreu Navarra: Curso acelerado de filosofía nihilista

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HOJAS

Andreu Navarra

Sloper

123 pág.  13,75€

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este comentario del último libro ganador del premio de narrativa Café 1916 empieza, a mi pesar, con una mala noticia, puesto que efectivamente será el último que se otorgue con este nombre. El local en cuestión ha anunciado su triste cierre, como anteriormente lo hiciera también el mítico café Món bajo cuya denominación y amparo nació este galardón otorgado en Palma de Mallorca y que, a lo largo de catorce convocatorias, ha premiado a autores de la talla de Fernández Mallo, José Vidal Valicourt, Jesús Zomeño o Juan Vico. Toma el relevo ahora el catalán Andreu Navarra (Barcelona, 1981), curtido sobre todo en el ensayo histórico y literario.

Vaya por delante que quienes busquen una novela al uso no la encontrarán en Hojas, escrita en forma de dietario, puesto que su leve línea argumental se centra básicamente en la acumulación de elementos subjetivos propios del discurrir cínico y derrotado de su protagonista, un maduro filósofo que ha logrado la fama gracias a los libros que escribe, cada vez más desapasionadamente. Fracasado en el plano personal y afectivo, tipo descreído, amargo, de vuelta de todo, el personaje (claro representante de una caduca élite intelectual, desengañada tras el 68 francés, que ha arrastrado su impostura hasta hoy) llega a Ámsterdam empujando una maleta de cartón. No sabemos bien qué anda buscando, puesto que dice desear encontrar prostitutas y luego las rehúye, aunque intuimos que probablemente persigue la sombra de una juventud ya finita y una reafirmación de su endeble pensamiento crítico. Hay ecos del Houellebecq más nihilista, goteras de Spinoza o Leibniz mediante, en una escritura desprovista de cualquier ramaje literario, concebida desde el yo del personaje igual que notas tomadas a vuelapluma, sin pretensiones estilísticas, rozando incluso la precariedad sintáctica, todo en un premeditado afán por acentuar la escasa importancia que el propio protagonista concede a sus “hojas” volanderas.

Pese a la implacable ironía, es este un libro cuyo tono recuerda en ocasiones la flojedad vital que rezumaba la novela La soledad de las vocales de José María Pérez Álvarez. Hojas destila la tristeza casi íntima del solitario y del vacío existencial producido por el desgaste de las mismas ideas en un mundo ajeno a ellas y a la cultura. El hastío de todo lo antaño pensado, creído y defendido, se cierne como un alud de arena sobre el protagonista, cansado y viejo,  sepultándole en una anticipada tumba de la inteligencia.

Diego Prado