Calais

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CALAIS

Emmanuel Carrère

Ed. Anagrama

88 pág. 7,90€

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Qué viene a hacer aquí usted? ¿Quince días entre El Reino y su próxima obra para dormir en el Meurice, escribir unas cuantas páginas en la revista XXI y contar su versión sobre nuestra ciudad? Ya ve usted que digo ‘nuestra ciudad’ como si me sintiera ya calasiense. ¿Sabe usted, señor Carrère, que en los años que llevo en este agujero no he recibido petición por semana por parte de gente del exterior que, como usted, quería escribir, grabar, contar desde un micrófono lo que habían visto, creyendo que lo haría mejor que los demás, quizá queriendo saciar seguramente la imperiosa necesidad del Comentario Personal?”. Estas palabras, escritas en una nota anónima, reciben a Emmanuel Carrère nada más llegar a Calais. Su intención, al menos en un primer momento, no es ir a la Jungla, lugar donde se sobreviven atrapados miles de refugiados, a los que se les impide el paso para continuar el viaje hasta Inglaterra, su destino deseado. Carrère quiere permanecer en la ciudad, conocer cómo se vive la mal llamada “crisis de los refugiados”, porque es mucho más que una crisis, es un drama humano el que se vive en Calais, ciudad que vive su propio drama: el ser una de las zonas más pobres de Francia, con una elevada tasa de paro. En Calais, todos los barrios se han convertido en “barrios prioritarios”, habiendo algunos “que dan miedo, y cuya violencia asusta mucho más que la delincuencia de los migrantes”. En este contexto, no se puede hablar simplemente proimmigrantes y antiinmigrantes, comenta Carrèr, porque, en realidad, no hay proimmigrantes, porque “nadie es partidario de tener a las puertas de una ciudad de setenta mil habitantes una población de siete mil infelices desesperados, durmiendo en tiendas de campañas, entre el fango”. Tampoco hay antiinmigrantes, porque, salvo excepciones nadie desea nada mal para los inmigrantes, al contrario, entiendes su huida, pero no entienden por qué deben reunirse ahí, en las puertas de una ciudad que no carece de problemas propios: “sería preferible que se detuviesen en otro lugar que no fuesen nuestros jardines. Que haya que acogerlos, vale, pero ¿por qué aquí? ¿Por qué en Calais, donde ya cuesta salir adelante sin eso?”.

Este breve texto de Carrère no es un panfleto, tampoco es el clásico reportaje periodístico, pues, como el propio autor reconoce, quince días son muy pocos para penetrar en la realidad de Calais y, todavía menos, para penetrar en la realidad de la Jungla, “una pesadilla de miseria e insalubridad”, donde “pasan cosas terribles, hay ajustes de cuenteas y violaciones; sus habitantes no son todos, ni por asomo, ingenieros tranquilos, esforzados estudiantes y virtuosos perseguidos políticos; pero en ella se observa también algo extraordinariamente admirable: la energía, el ansa de vida”. Sin moralismo ni excesos dramáticos, con una mirada piadosa, pero no condescendiente, Calais es el relato acerca de unas víctimas: los refugiados y de los habitantes de Calais. Carrère no busca confrontar buenos y malos, porque, en ese rincón de Francia la realidad es tan compleja como desesperante, los esquemas binarios no funcionan. En Calais se vive el drama desde el desamparo, las instituciones, empezado por el gobierno francés y siguiendo por Europa, han abandonado a su suerte a los refugiados, que no tardarán a ser desalojados y llevados a otro lugar, un simple “cambiar de sitio” que no cambia -resuelve-nada, pero también a los calesienses, que no dejan de preguntarse: ¿Por qué aquí? En este sentido, el texto de Carrère es incómodo; no da respuestas, sino abre interrogantes: ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si estuviéramos en Calais? ¿Abríamos las puertas o las cerraríamos por miedo? Es fácil hablar desde la distancia, pero cuando se visita Calais las ideas preconcebidas dejan de ser válidas y el día a día se convierte, para unos y ara otros, en una constante lucha por una supervivencia que a nadie parece importar.