El nervio óptico

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EL NERVIO ÓPTICO

María Gainza

ed. Anagrama

160 pág., 16,90€ 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 El nervio óptico habla de pintura y de pintores, pero habla sobre todo de una vida, la de la narradora y protagonista, a través de un puñado de episodios que abarcan desde su infancia a su madurez y relatados sin someterse a un orden lineal. Cada uno de esos capítulos autobiográficos se vinculan e imbrican con cuadros y artistas de diferentes épocas. Alfred de Dreux, Cándido López, Hubert Robert, Foujita, Courbet, Toulouse–Lautrec, Rothko, Josep Maria Sert, Henri Rousseau, Augusto Schiavoni y El Greco conforman un museo personal, una historia del arte íntima compuesta de obras que en algún momento marcaron de un modo u otro la vida de la protagonista. La pintura no funciona en El nervio óptico como reflejo especular de la experiencia, más bien la intensifica y la amplía, contemplar el arte es primeramente una vivencia, una experiencia sensitiva antes que un ejercicio intelectual, que se detiene en la piel antes de llegar al cerebro: “Cada vez que miro Mar borrascoso —señala la protagonista sobre el cuadro de Courbet— algo se comprime dentro de mí, es una sensación entre el pecho y la tráquea, como una ligera mordedura. He llegado a respetar esa puntada, a prestarle atención, porque mi cuerpo alcanza conclusiones antes que mi mente […]. Frente a él el arte desaparece y otra cosa toma su lugar: la vida con todo su penacho estridente”. “Frente a Rothko —apunta en otro capítulo— uno busca frases salidas de un sermón dominical pero no encuentra más que eufemismos. Lo que uno querría decir en realidad es ‘puta madre’”. Porque, concluye casi al final de la novela, “¿acaso una buena obra no transforma la pregunta ‘qué está pasando’ en ‘qué me está pasando’? ¿No es toda teoría también autobiografía?”. Quizá estas dos preguntas resuman las claves de la novela. Los relatos sobre pinturas y pintores esquivan la especulación estética —aunque no falten fogonazos muy lúcidos sobre el arte pictórico y su historia— y se acompasan con los episodios de una novela familiar que nos habla de una oligarquía definitivamente en declive, de los temores frente a la maternidad inminente y del miedo a la enfermedad, entre otras obsesiones; de amistades y relaciones de pareja, en definitiva, de los acontecimientos comunes a cualquier biografía. Es precisamente en este reconocimiento de lo común y nada excepcional de una vida que nos es narrada sin ningún tipo de grandilocuencia, sostenida en la precariedad y una sensación de inestabilidad constante, atravesada por inseguridades que conducen al egoísmo como refugio, donde encontramos uno de los valores más destacables de El nervio óptico. Como los pintores que aparecen en sus páginas, la protagonista nunca parece poder llegar a la meta deseada. Pero lo que prevalece es la convicción de que en la fragilidad de la experiencia es posible también reconocerse, por ello los artistas que le interesan da igual si son primeras figuras o actores secundarios de la historia de la pintura; son importantes también por las experiencias que legaron: “Quién sabe, quizás te hayas convencido —se interpela Gaínza a sí misma—, dada tu progresiva y alarmante tendencia a vivir cada vez con menos, de que no necesitás ni grandes aviones ni obras maestras en tu vida. Cézanne decía: «Lo grandioso acaba por cansar. Hay montañas que, cuando uno está delante, te hacen gritar ‘¡me cago en Dios!’. Pero para el día a día con un simple cerro hay de sobra»”. Uno acaba de leer El nervio óptico y percibe rápidamente, detrás de la dispersión de historias y relatos que la conforman, el sólido sostén de una trama de gran coherencia y llena de hallazgos, capaz de transmitir en cada página que la vida cotidiana es algo sorprendente y digno de contar: pocas novelas alcanzan este logro.

Eduardo Becerra