Los bellos y los dandis

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LOS BELLOS Y LOS DANDIS

Clare Jerrold

trad. Miguel Cisneros Perales

Prólogo de Luis Antonio de Villena

ed. Wunderkammer

409 pág. 23,50 €

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“El bello ha estado entre nosotros desde siempre, ya que las características que lo definen son, en primer lugar, la auto-conciencia; y, en segundo lugar, la vanidad, vanidad que encuentra su modo de expresarse a través de la ropa. Encontramos literatura con historias provenientes de oriente y de occidente, de norte y sur, sobre individuos que han concedido tal extremo cuidado a su apariencia que quedan marcados por su nación o tribu como personas especiales (…) Hay muchos hombres inteligentes, muchos capaces de gobernar y reinar, pero muy pocos son los que, contentándose con dejar que su reputación dependa únicamente de su apariencia exterior, tienen también el poder de hacer que esa apariencia sea de tal calidad como para provocar una profunda impresión en los demás.” Con estas palabras Clare Jerrold comenzaba a describir en 1910 a los bellos, los beaux, pero ¿quiénes eran estos hombres que con su apariencia provocaban “una profunda impresión en los demás”? Como bien apunta Miguel Cisneros Perales, traductor de Los bellos y los dandis, el bello es el proto dandi, es el hombre “muy preocupado por su apariencia y vestido” y su origen está en Francia, como testimonia el término beaux que se usaba en Inglaterra para designarlos. “En el siglo XVIII -tan afrancesado- se llamó en Inglaterra beau a todo hombre que resaltase como distinguido, ingenioso, algo irreverente (dentro de la alta sociedad) y muy cuidadoso de su atuendo y su puesta en público, es decir, de cómo lo verías y criticarían los otros”, apunta Luis Antonio de Villena, en el prólogo a Los bellos y los dandis, una obra inédita hasta ahora en castellano que repasa la historia de los bellos y de los dandis en la Inglaterra del XVII y del XVIII a través de tres figuras: el beaux Nash, el beaux D’Orsay y beaux Brummel. “Bellos, dandis o incluso petimetres, sea cual sea el nombre que les demos, estarán siempre entre nosotros, pero su posición, su importancia y su poder dependerán de las condiciones de la sociedad en la que vivan” y la sociedad ideal para los personajes de Jerrold es la época de la Regencia, pues, como indicó M. Barbery d’Aurevilly: “Para que un bello poco maduro se desarrolle del todo, es necesario que tenga a su alcance la ventaja de una sociedad muy complicada y aristocrática”. Jerrold nos describe la sociedad inglesa de aquellos años, nos traslada hasta sus salones, nos pasea por sus calles y nos hace partícipes de esa vida frívola de una clase social privilegiada dedicada al ocio y al juego que perdía dinero, llegaba, a veces, incluso a arruinarse, pero mantenía ese estatus aristocrático en el que la apariencia lo era todo. Comenzando por el beaux Nash, el mayor (1674-1762) y terminando con el beaux Brummel (1778-1840), Jerrold nos describe como el beau se convirtió en dandi: el barón Lytton, Oscar Wilde, D’Annunzio, Byron, Robert de Montesquiou… todos ellos fueron dandis icónicos, sin embargo todo empezó con Brummel, pues, como apunta Luis Antonio de Villena, “sus desplantes, su elegante no hacer nada sino ‘aparecer’, su amistad y disgusto con el príncipe Regente, y su ruina final, lo vuelven el verdadero iniciador del dandismo”.