La casa de 1908

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LA CASA DE 1908

Giulia Alberico

trad. César Palma

ed. Minúscula

pág. 152 12€

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La casa de 1908 es la historia narrada por una gran casa, entre cuyas paredes trascurre la vida de quienes la habitaron. En la nouvelle de Giulia Madrigale la casa es la narradora, es quien cuenta la vida de Teresa y de Leandro, que dejaron atrás Argentina para dar forma a la casa que un día soñaron, la vida de Aurelia y de sus hijos, en concreto, de Anna María, que abandona la casa familiar cuando sus padres no aceptan que comparta su vida con un hombre separado veinte años mayor que ella, y la vida de Marcella, la nuera de Aurelia y la última inquilina de esa casa. Las habitaciones, los objetos, los rincones... cualquier pequeño recoveco de la casa guarda en sí la historia familiar y, al mismo tiempo, la historia individual de cada uno de quienes vivieron en esas paredes, en los que no solo resuenan los ecos de un pasado que regresa, sino en las que está inscrito ese mismo pasado, a pesar de las remodelaciones que se han hecho. “Tengo el aspecto sólido de las casas de principios de siglo, un portal robusto, una hilera de ventanas en la primera planta y tres balcones en la segunda. La escalera es de piedra. Un lado de las habitaciones da al mar y otro da al jardín”. Así se describe La casa, que ahora permanece cerrada “durante largos meses”, porque ha dejado de ser el centro, para convertirse en el lugar del recuerdo. En la casa ya no viven habitualmente, solo por temporadas. Las habitaciones ya no están ocupadas por niños y el piano ha dejado de sonar desde que Teresa murió. La casa es testimonio no solo de unas vidas, sino también de un tiempo histórico, de una guerra vivida intra muros y de la epidemia de La Española que no tuvo piedad con los más pequeños: "La gripe española había causado la muerte de Idina y María Rosaria, ero esta guerra iba a ser pero que cualquier muerte. Traería a la familia dolores mudos e incurables, traería una muerte larga". Sin embargo, la casa también sería testigo de momentos felices: de nacimientos, de enamoramientos, de risas compartidas y de solitarias tardes de lectura. La Casa es el testimonio, esta vez no mudo, de como el tiempo avanza y todo lo cambia: las costumbres y los hábitos son como los objetos, envejecen y llegan y unos nuevos, si bien los viejos siguen ahí, envejecidos, pero nunca gastados del todo.  La Casa nos cuenta la historia de un siglo del que todos somos hijos. La pregunta de Marcella sobre si es mejor vender la casa o no venderla es, al final, la pregunta sobre qué hacer y cómo relacionarnos con nuestro pasado. ¿Hasta qué punto podemos desprendernos de él? ¿Hasta qué punto no estamos ética y sentimentalmente obligados a mantener unos lazos que, al fin y al cabo, son los que dan sentido al presente?