Madona con vestido de piel

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MADONA CON VESTIDO DE PIEL

Sabahattin Ali

Trad. Rafael Carpintero Ortega

ed. Salamandra

224 Pág. 18€

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De un tiempo a esta parte, el interés editorial en novelas escritas hace décadas, pero que por diversas razones no alcanzaron su público, me interpela de forma singular. Primero por la arbitrariedad del canon, antes formado por hiatos, silencios, omisiones que por verdaderos méritos literarios. Después, por un motivo menos amable, la necesidad que tiene el mercado de rescatar clásicos incomprendidos, autores supuestamente marginados que son, de pronto, redescubiertos por obra y magia de un editor avisado. Por eso, mi acercamiento a Madona con abrigo de piel estuvo marcado antes que nada por la curiosidad y cierta forma de desconfianza. No quería encontrarme con un libro clásico por viejo y por capricho, aunque la historia de por sí, junto con la manera en que está contada, me intrigara lo suficiente para recorrer sus páginas. Lo digo desde ya: fue una de mis mejores experiencias de lectura. Como muchas ficciones en las que se incrusta un relato dentro de otro —pienso en alguna novela de James o Conrad, pero sobre todo en la obra maestra de este género de narración el Manuscrito encontrado en Zaragoza de Potocki—, en la novela de Ali se nos presenta una historia por etapas sucesivas, donde se dosifica tanto la información como el interés que se provoca en el personaje. El narrador que abre la novela, en un momento doloroso de su vida, cuando se encuentra agobiado por el desempleo y la melancolía, muestra un interés particular en Raif Efendi. Dicho personaje es traductor del alemán en la empresa donde el narrador termina siendo contratado de urgencia, gracias a la altiva caridad de un viejo conocido. Poco a poco, pese a sí mismo, el narrador descubre en el abúlico traductor un personaje fascinante. Por desgracia este fallece; sin embargo, antes deja al narrador un cuaderno negro en el que muchas décadas atrás contó la historia de su amor apasionado, desesperado y mortal por la pintora Maria Puder, quien inspira el título de la novela.

Madona con abrigo de piel es antes que nada la historia de un joven turco y letraherido, marcado a fuego por la literatura, ansioso de amar y ser amado. Su exilio en el Berlín de entreguerras, ciudad entregada a una bohemia indolente y sonámbula, es casi el sucedáneo de su búsqueda literaria, esa necesidad de un absoluto expresado en la amistad, los vagabundeos por la ciudad, el contacto con el arte y, desde luego, el amor. No obstante, su estadía en Berlín, dramáticamente terminada, se revela muy pronto como una historia de hombres huérfanos y solitarios, redimidos por lo lazos de amista y amor que aparecen en el instante menos inspirado. Así, el manuscrito que le deja al narrador es una fascinante exploración del sentirse extranjero en un país distinto, en una lengua diferente, en el reconocimiento y también la pérdida de la persona deseada. Además, es una sutil parábola del encuentro entre las culturas, la turca y la alemana, y los alcances del arte, cuando éste se inmiscuye en la vida. Se me ocurre que, lo mismo que ocurre con varios personajes de Kleist, a quien Raif Efendi menciona en un momento de desesperación, hay una necesidad de absoluto en la trayectoria del joven. Al no poder darle forma en la experiencia, decide renunciar a la vida, convertirse en traductor, resignarse a una vida apacible y de contemplación, desde la cual recordar la pasión juvenil. Lo que nos queda, el cuaderno negro entregado al narrador poco antes de la muerte, es la prueba tangible de que, pese a la pérdida constante, al margen de los malentendidos en los que inevitablemente desemboca el amor, algo queda, algo prístino y, al mismo tiempo, terrible. Ese algo es el recuerdo convertido en memoria, la memoria convertida en palabra. Porque lo único que en verdad hemos vivido es la literatura.