En «La gata y el general» muestra en la Rusia y la Chechenia de los años 90 lo mejor y lo peor del ser humano.

Texto: David VALIENTE    Foto: Danny MERZ

 

Nació en Georgia hace 37 años y emigró a Alemania para completar sus estudios. Aprendió desde joven el alemán en su país de origen. Habla otros tres idiomas más: el materno, el ruso y el inglés. En 1998, fundó la compañía de teatro Fliedertheade y representó obras de teatro hasta el 2003. Ha ganado muchos premios teatrales y cinematográficos y, sin embargo, su novela toma muy pocos recursos visuales y se centra en estimular la mente lectora. Durante la entrevista que tuvimos por Zoom me dejó bien claro que la novela tiene desventajas, pero también cuenta con alicientes imposibles de conseguir en el teatro o el cine: “La novela me ofrece todos los colores de la paleta, mientras que con el teatro tengo que intentar crear con cuatro o cinco colores”. Y no hablemos del espacio y el tiempo, fundamentales en la concepción de La gata y el general: “Sin un espacio y un tiempo más flexible, hubiera sido imposible retrotraerme a la infancia de los personajes principales”.

Mientras leía su novela, una palabra acosaba mi mente: frustración. No perdí mi oportunidad, ya que la tenía delante de la pantalla, de hacérselo saber. Me dijo que no estaba entrando en un proceso depresivo -eso me tranquilizó- y que la constante puesta en escena de la frustración fue intencional e inspirada por un libro de la periodista asesinada en 2006, Anna Politkóvskaya, luchadora de los derechos humanos. Se pregunta, como nos preguntamos muchos, si hay algo más frustrante en este mundo que la violación de los derechos humanos, si hay algo que genere más “rabia” que encontrarse un “crimen impune”.

Todos sus personajes ven sus sueños frustrados, ¿define de este modo la vida: un camino de sueños frustrados?

Me considero una persona realista con la creencia de que los sueños pueden ser trampas para las personas que viven en países con pocas oportunidades. Nuestra biografía nos define, es una mochila pesada sobre nuestros hombros, especialmente, cuando afrontamos ciertos sueños que cuestan un precio muy alto. Esto es terrible. No obstante, no podemos vivir sin sueños. Sin metas, nuestra vida sería tremendamente aburrida, así que los necesitamos tanto como comer y respirar. Ahora bien, hay sueños y sueños, y en el caso de Nura, que soñaba con ser una mujer independiente, pagó un alto precio por ellos.

Además, no importa el origen de sus personajes, se sienten marginados, desconectados de la sociedad, ¿a que debe?

Tienen diferentes razones. Por ejemplo, la Gata es inmigrante, tienes dos partes de su vida que trata de conectar con puentes y no siempre encuentra los ensambles acertados, por eso busca lugares a los que pueda pertenecer y le gusta mucho esa sensación de pertenencia. Viaja mucho, lucha por sobrevivir y encontrar su lugar en la sociedad, y por eso se ve tan influida por Nura, que le permite escapar de los problemas de su vida.

En su novela el General regresa constantemente al pasado, ¿entonces, la única manera de reconciliarse con el pasado es enfrentándolo?

Puede evitarse; sin embargo, caeremos en un círculo vicioso, a veces inconscientemente, y repetiremos actos y actitudes una y otra vez. Cuando lees mi último libro, te das cuenta que eso mismo le ocurre al General. Afrontar el pasado no significa que nuestro presente y futuro serán más sanos. No. Simplemente nos liberaremos de determinadas cargas que harán nuestro viaje más liviano. Y muchas veces consiste en cuestionarse a uno mismo. Porque, cuando uno es consciente de lo ocurrido, puede cambiar determinadas cosas e ir a mejor.

El General busca el perdón; pero, y la sociedad actual ¿lo sigue buscando?

Si bien es cierto que nuestras sociedades han cambiado poco, creo que somos más egoístas ahora. Sin duda, el egoísmo enturbia nuestra búsqueda del perdón. Empero, hasta cierto punto, la falta de empatía es comprensible, porque la vida es compleja, gigantesca y difícil de entender; una persona se siente protegida en su pequeña parcela de realidad. No obstante, hay veces que nos iría mejor si comprendiéramos el contexto y dejáramos de considerarnos el centro del universo para conectar con el mundo de fuera y obtener una panorámica general que nos hiciera conscientes de todo.

Uno de los temas que trata su libro es la búsqueda de la justicia y la verdad, pero supedita esa búsqueda- sobre todo en lo referente a la justicia- al azar, ¿por qué?

Algunas personas cometen crímenes que quedan impunes, y su falta de conciencia les inmuniza, siguen viviendo su vida como si no hubiese ocurrido nada. Por el contrario, hay otros como el General que sí sienten remordimientos, y me pareció interesante representar a un personaje como él, poderoso y con medios, convirtiéndose en su propio juez y verdugo. Luego está que en Rusia y Georgia, en los países occidentales menos, todavía persisten las creencias en el destino. Así como, obviamente, tampoco tenemos que perder de vista el trasfondo literario, la literatura requiere de esta serie de artificios simbólicos y exagerados.

La Gata es idéntica a una adolescente chechena llamada Nura asesinada de forma brutal por soldados rusos. Paulatinamente, la Gata asume la identidad de la joven porque quiere hacerla vivir todas las experiencias que se ha perdido por su prematura muerte. ¿Cómo viven estas personas el desarraigo identitario?

He reflexionado mucho sobre este tema, no deja de ser una cuestión personal que me afecta directamente. Intervienen varios factores, como la edad de llegada al país o las experiencias vitales previas. Conozco muchos inmigrantes que han terminado integrándose, pero aún así tienen la sensación de que dejaron algo atrás; sienten vacío. Creen que necesitan amor y lo buscan, pero cuando regresan a sus países comprenden que echan de menos una ilusión. Ese vacío es imposible de satisfacer en el país que te encuentres, aunque lleves una vida plena y satisfactoria.

Los personajes de su novela son todos inmigrantes en Alemania. ¿Cómo trata Alemania a los inmigrantes?

Depende de la parte de Alemania que vivas, del país de origen que procedas y de lo que sepas hacer. Como refugiado es muy complicado salir adelante. En mi caso, llegué conociendo el idioma y como estudiante, por lo tanto tuve un montón de privilegios. Aun así, un inmigrante debe luchar un poquito más que un autóctono. Me lo decía mi madre: “tienes que ser mejor que los alemanes si quieres conseguir algo”. Los inmigrantes somos conscientes de ello. Sin embargo, se han producido algunos cambios, a partir del conflicto ucraniano. Cuando llegué a Alemania, nadie sabía situar Georgia en el mapa, pero ahora sí, gracias al interés actual por el antiguo Telón de Acero. De todos modos, al igual que el resto sociedades, la alemana está divida en dos grupos cada vez más radicalizados y con menos tendencia al diálogo. Esto me da miedo, porque el discurso liberal integrador, que alentaba a todas las partes a dialogar y convivir, se está perdiendo.

¿Qué conexiones existen entre un país como Alemania y Georgia?

(Risas) Son totalmente diferentes, dos extremos opuestos de una misma cuerda. Los alemanes piensan que los georgianos somos gente del este, pero están muy equivocados, nos asemejamos más a los griegos. Georgia comparte los colores del Mediterráneo, además es caótica, sucia, nos relacionamos y expresamos nuestros sentimientos casi igual que un siciliano. Los alemanes gestionan sus emociones de manera opuesta a como lo hago yo y a veces siento esa distancia cultural. Ahora bien, Georgia ha sufrido importantes cambios. La gente busca su propia identidad y se aleja de la generación de nuestros padres que tenían más presentes los derechos civiles; tuvieron que luchar por ellos, a nosotros nos los regalaron. Mi generación conecta con Europa, en cambio mis padres aún respiran el ambiente de la Unión Soviética en sus palabras, sus convicciones, sus gestos. Georgia se está transformando en un país turístico, donde la gente viaja para descubrir su cultura. En suma, hay esperanza, pero el camino por recorrer todavía es largo.

Usted que ha estado en Chechenia documentándose para su novela, ¿ha visto cambios en el trato a las mujeres respecto al siglo pasado?

La cultura chechena, aun habiendo leído muchos libros, pisado su suelo y hablado con su gente, no la conozco en profundidad. Todo lo que sé de Chechenia sigue siendo muy poco. Sí puedo decir que han cambiado dos cosas: el gobierno y la mentalidad social. Ahora mismo, en Chechenia hay establecida una dictadura que combina instituciones autocráticas y religiosas. Los jóvenes se han vuelto más conservadores y, en cierto modo, comprendo por qué. Quieren encontrar su propia identidad, alejarse de los preceptos de la Unión Soviética, y no han encontrado mejor manera de hacerlo que a través de la religión, que durante el dominio soviético tenía poca importancia. Sin embargo, dudo mucho que el camino tomado les permita progresar. Las mujeres son muy fuertes, amables y hospitalarias, con la mente abierta e interesadas en cosas modernas como Facebook, pero buscan experiencias diferentes: desean casarse, tener hijos y estar con su marido. Me costó mucho entender cómo esos dos mundos podían conectarse.

En su novela es crítica con los medios de comunicación. ¿Qué papel desempeñan los medios en las pugnas que afectan al Cáucaso?

Desde luego que tienen un papel fundamental. En 2008, estalló una guerra de unos días entre Georgia y Rusia; yo estaba en mi país de vacaciones cuando comenzaron las hostilidades. Varios periódicos alemanes me pidieron que fuera su corresponsal, me pareció una buena oportunidad para no volverme loca, así que acepté. Entonces me di cuenta de lo poderosa que sigue siendo la propaganda rusa. Empecé a seguir los medios rusos para establecer paralelismo, era sorprendente cómo, incluso acontecimientos que viví en primera persona, en sus medios parecían una película, no establecían ninguna conexión con la realidad. Si queremos ahondar en los hechos puros y duros nos chocaremos de lleno con la interpretación editorial. En 2008, comprendí con qué facilidad se propaga la propaganda. Y así lo he querido mostrar en mi libro.

¿Y qué paralelismos ve entre el conflicto de Armenia con Azerbaiyán y el conflicto que azotó a Chechenia en 1994?

El Cáucaso es una región pequeña con una diversidad cultural vasta. Tendríamos que remontarnos en el tiempo para entender lo que ocurre hoy, porque son las decisiones que los dirigentes rusos llevan tomando desde el siglo XVIII sobre el Cáucaso las que están repercutiendo en los conflictos actuales. Los zares introdujeron paulatinamente población rusa en la región; Stalin continuó con esas medidas, pero fue un paso más allá deportando al 90% de la población chechena a Kazajistán e incrementando el número de colonos rusos. Aún con todo, yo diría que el conflicto checheno guarda marcadas diferencias con el vivido hace unas semanas. Se asemeja más al conflicto georgiano del 2008. Chechenia es un país muy diminuto, nadie esperaba que le plantara cara a la gran Rusia y menos durante tantos años. Me cuesta imaginar cómo soportaron tanto tiempo toda la violencia que se descargó sobre la población.