César Bona fue seleccionado entre los 50 maestros del mundo del Global Teacher Prize, el único español que figuraba en esa lista oficiosa del “Nobel de los profesores”.

Texto: Antón CASTRO  Foto: Javier CERVERA

 

César Bona (Ainzón, Zaragoza, 1942) suele contar que es un profesor de vocación tardía, un profesor revelado. Se licenció en Filología inglesa. De golpe, el azar y la búsqueda de trabajo lo condujeron a un aula de Primaria, y se le abrió un horizonte nuevo. En primer lugar, percibió que, para enseñar o para dar clases, necesitaba reencontrarse con el niño que había sido en Ainzón. Aquel niño que un día, con su mejor amigo, tras salir del colegio, emprendió una curiosa aventura en pleno otoño: con sus bocadillos, salieron hacia el Moncayo, que estaba a 30 kilómetros, con el deseo de ver el mundo desde arriba. Cuando llevaban media hora de caminata empezó a caer la noche y de repente se arrojaron al suelo, de rodillas, llorando. ¿Qué iban a hacer ahora? Miraron a su espalda y vieron las luces encendidas de Ainzón y emprendieron el retorno con la promesa de no volver a hacer locuras así. En estas historias y en muchas otras piensa César para ver que en su cabeza hay dos mundos: ese, de la memoria, lleno de anécdotas, instantes y sensaciones, y el del adulto que convive con los chavales. Y que pueden y deben unirse.

En el aula, César descubrió muchas cosas: algunos niños no se atrevían a hablar; otros se sentían postergados y un tanto inservibles; otros vivían una relación larvada por diferencias familiares, otros apenas sabían leer, algunos ya se sentían quemados por la enseñanza, que vivían como un territorio hostil. Y ahí, lejos de pretender reinventar el mundo o su hermosa profesión, tan antigua como la respiración, empezó a observar: se dio cuenta de que el niño viene de serie con una trilogía básica de imaginación, creatividad y fantasía, que puede dar mucho de sí. Que los niños quieren ser escuchados y que poseen un motor interno ligado a la curiosidad: solo es necesario ponerlo en marcha, darle carrete o chispa, rienda suelta, y utilizar todas las estrategias de seducción posibles.

En todo ello, de entrada, ha basado su paso por los colegios. Para aprender hay que escuchar, y el primero que quiere oír es él. Las pequeñas cosas, las risas, los chistes, esos actos como insignificantes de confidencias en los que el chico se abre y revela parte de sus poderes. Y luego, poco a poco, como quien no quiere la cosa, como un divertimento, va derramando ideas, pone en práctica acciones que desarrollan el respeto, que mitigan el miedo al otro, que fomentan la idea de que somos seres sociales, aboga por el compromiso con la naturaleza. Más que la materia misma, el programa estimulado, le atrae la motivación social, le preocupa despertar, agitar, animar y que el niño adquiera su propia responsabilidad. Una de las frases que le definen es: “Me vas a enseñar tú a mí”, le dice al joven, y lo practica. “Se aprende más enseñando que hablando”, añade por extensión. O también “La educación tiene por objeto llegar a todos y la mejor manera es a través de la educación pública”. También les sugiere a los chavales que su formación y su implicación es clave —por eso les otorga roles para que jueguen en clase e incrementen su autoestima—, que su destino es que sean felices y que, más temprano que tarde, trabajen para mejorar el mundo. Los mete dentro de una historia y todos ellos son personajes corales y además protagonistas, y todos tienen sus diálogos, sus momentos, e indagan no solo en su espacio en el mundo sino en el lugar del otro. Participan.

César Bona tiene otras palabras talismán: empatía, respeto y sentido crítico. Algo a lo que hay que añadir otras dos: pasión y resiliencia. Sus clases se viven con pasión, también porque él es como un narrador de antaño y el atónito oyente dispuesto a oír con asombro las historias que le cuentan.

César Bona, con una amplia travesía de fondo, se hizo famoso cuando fue seleccionado entre los 50 maestros del mundo del Global Teacher Prize, el único español que figuraba en esa lista oficiosa del “Nobel de los profesores”. Al final no ganó el galardón, pero esa presencia sirvió para reivindicar la educación, su propia aventura, la originalidad de sus métodos e incluso su amable disidencia. Desde entonces ha publicado varios libros: La nueva educación (2015),Escuelas que cambian el mundo (2016),La emoción de aprender (2018) y Derechos y deberes de los niños, con Joan Turu (2019). En todos ellos late su visión, su inconformismo, su química con los alumnos, su profundo respeto por los maestros de antaño y los de hoy, laboriosos compañeros de viaje, su búsqueda (hace trabajos de campo llenos de emoción y denuncia) y su constante combate para que el silencio jamás se adueñe de las aulas.