La poesía se acerca en esta nueva primavera, pandemia mediante, y llega con poemas que son verdaderas tentaciones: la alegría y el color de los versos, más su funcionalidad anímica, hacen el resto. Lenguaje y memoria: evocación, ritmo, sugerencia.

Texto:  Enrique VILLAGRASA

 

El poeta, ensayista y traductor Martín Rodríguez-Gaona (Lima, 1969), quien sabe bien que la poesía para ser necesita del lenguaje, describe en su último poemario Motivos fuera del tiempo: las ruinas (Pre-Textos) la reconstrucción europea:  de esto sabe bien la insuperable Venecia como reflejo y belleza de lo clásico: engañada y engañando por y con el lenguaje que: “crea realidad, al menos para los que son conscientes de que viven en sus intersticios. O, lo que es igual, es un bálsamo para los que buscan”. Y también y a la par necesita y se sustenta en la memoria y de ese ejercicio del recuerdo: “(…) la ventana/ y yo al borde de la cama/ contemplando tu cuerpo desnudo,/ bebiendo tu luz”.

Por su parte la profesora y poeta Bibiana Collado Cabrera (Burriana, Castellón, 1985) nos presenta en su último poemario Violencia (La Bella Varsovia), con una gran fuerza expresiva, todo aquello que no estaba dicho y cómo lo dice: con la utilización de un lenguaje de conversación común, pero empleando siempre la palabra exacta; evitando todos los clichés al uso; y con una musicalidad verbal envidiable, logrando que sus poemas sean concretos, firmes, definidos, duros. La comodidad y la violencia son los males de nuestra sociedad. Un libro para despertar conciencias: “Al día siguiente siempre/ sonrisas / luz// expandiéndose, ocupando/ el espacio violeta de mi cuerpo”.

El novelista y poeta Juan Vico (Badalona, 1975) presenta su último poemario Condición de los amantes (Siltolá) sabiendo que, como el lenguaje, “la vida es una charla corregida/ por las caricias de un geómetra”. 33 poemas nos dan para conocer qué es lo que cantan y cuentan los poetas de raza: Vico es un poeta que escribe sobre lo que ve, lo que conoce, lo que experimenta, lo que ama, lo que pierde: “Tu esqueleto/ me sostiene”. Todo en esa claridad y en ese lenguaje tan concreto: “otra forma/ de esperanza”. Hay que leer este poemario para que la nada no olvide su dudar en el viento: “si solo creo, al fin y al cabo,/ en el delirio de tu carne resurrecta”.

La poeta Inma Luna (Madrid, 1966) publica Edificio Nautilus (Baile del Sol) donde desde el verso más sencillo al poema más exquisito e incluso algún poema en prosa deslumbran a la persona lectora. Abre el poemario con este sencillo homenaje, que no deja de ser una declaración de intenciones en toda regla: “capitán Nemo/ soy cangreja ermitaña/ en tu Nautilus” y termina el libro con estos dos tremendos versos: “haré sonar una música ad libitum/ mientras acciono, ya sin delicadeza, cada detonador”. La poeta no nos dice como se siente: lo muestra y además señala a sus escritores preferidos, cosa que agradecerán las personas lectoras. Inma ha escrito su poemario de madurez.

Otro poeta que ha aprehendido de la poesía de la vida y es su amante es el profesor, poeta y ensayista peruano español Alfredo Pérez Alencart (Puerto Maldonado, Perú, 1962), quien en su antología Perú en alto (Municipalidad de Lima) nos cuenta todo con estos elocuentes y significativos versos: “Para ustedes, por mi memoria congregados ahora/ en la vieja casona, va mi abrazo indeleble/ y sin distancias.// Lo que fue nuestro nos sobrevive,/ amigos”. Versos finales del inédito que cierra el poemario, pues más que un florilegium es un libro nuevo: pergeña el mapa de su Perú, cuya historia acompaña a la persona lectora: tal es la fuerza arrolladora de esta firme poesía.

Y qué decir de Violeta Niebla (Málaga, 1981) quien en Compro oro (Letraversal) nos da una lección: al seguir al pie de la letra lo que explicaba el gran Rilke: “Sálvese de los temas generales y vuélvase a los que le ofrece su propia vida”. Niebla es una poeta de raza: “A la música de fondo le cuesta respirar,/ le duelen los huesos de lo contemporáneo”. El poemario sorprende y para bien. Está muy bien hilvanado y lleva un inteligente epílogo de Jorge de Cascante: “Este libro no se lee, se entierra en el pecho”. Y aun brillando ese norte narrativo en el poemario, los versos gozan de   musicalidad en sus diferentes estructuras. Es un dejarse caer libre en la página en blanco.

Por su parte, Pablo Sergio Alemán Falcón (Araucas, 1980) en Apenas en descenso (Mercurio) destaca por emplear el lenguaje con frescura y sencillez: “el paso de los versos en otoño.” Acepta la diversidad y desafía convencionalismos. Nuevas estructuras para las personas lectoras, ávidas de poemas con belleza y calidad: “No obstante, el terreno se descubre/ efímero: No queda más que ver/ el cielo con sus bordes sobre un firme/ cristal donde se escancia en lentitud”. Versos con ritmo endecasilábico que cantan y cuentan con una gran sensibilidad lo cotidiano, lo que tenemos más cerca y conocemos mejor: “Apenas en descenso,// la mirada”.

El azor es solitario y fiero, también salvaje: no necesita nada ni a nadie, y sí sabemos que la poeta cetrera Gloria Fortún (Madrid, 1977) quiere o persigue ser así en su poemario Todas mis palabras son azores salvajes (Dos Bigotes). También tenemos claro que el arte de la cetrería le va y sus poemas son, tal vez, un mucho salvajes aunque los adiestra: son poemas despiertos y que despiertan: la vida es dura y el verso no la hace más fácil ni más difícil, depende de cada cual: es una historia de amor o un grito de amor “desde el otro lado del mundo”. A ninguna persona lectora dejará indiferente este singular libro, poemas en prosa y o al uso: “Yo amaré lo que tú amas”.

Miguel Martínez (Madrid, 1982) con su Filosofía de la cuchara (Cálamo), IV Premio Internacional de Poesía Jorge Manrique, me lleva a recordar aquella escena de Matrix, del niño y la cuchara. ¿Hay verdad o no hay verdad?: “El diazepam es mi pastor, nada me falta”. Un poemario escrito desde la esquina del verso: “dueños de la única esquina de este mundo/ que las sucias manos de la realidad/ no alcanzan”. Que eleva a la categoría de poesía las cosas cotidianas de una forma inteligente, lúcida, generosa. Le echa un pulso al lenguaje, la memoria y a la realidad con la más sutil e ingeniosa ironía. Urge hoy esa otra realidad que el poeta propone: “en el bando vencido de tu vida”.

Y Carmen Hernández Zurbano (Salamanca, 1976) con su Esa flor parece un pájaro (RIL) nos aproxima a esa poesía cercana a la ecología emocional que necesitamos. Es una celebración de la vida y de la memoria, ejercicio del recuerdo. Es un bucear en la existencia más natural con la ayuda del lenguaje: “La flor del cerezo cae antes de marchitarse”. La poeta ilumina con sus palabras, versos y poemas, y nos descubre su entorno, lo más cercano, incluso lo que la apariencia oculta. Domina el apasionante juego de la sugerencia: “hacíamos como que éramos niñas humanas”. Textos con una inteligente arquitectura verbal y una acidez brillante: “Cabalgando sobre un fantasma”.

Busquen estos libros. No lo duden, personas lectoras, ya que leerán con placer estos poemarios que viajan desde el interior de su ser hacia el asombro del sujeto que vibra en ese límite infinito que marca el verso. Son libros que buscan la complicidad lectora. Y sepan que como una epifanía puede levantarse lo posible en las entrañas de la imposibilidad: “Epifanía viene del griego y significa manifestación”, Hernández Zurbano dixit.