Ariadna Castellarnau indaga en las grietas de la cotidianidad en su nuevo libro de cuentos, “La oscuridad es un lugar”.

Texto y foto: Antonio ITURBE 

 

Quema, la primera novela de Ariadna Castellarnau, ambientada en un futuro extraño pero no imposible, fue galardonada con el Premio Internacional Las Américas a la mejor novela hispanoamericana de 2015. Su nuevo libro, La oscuridad es un lugar (Destino) nos lleva en ocho relatos a esa cotidianidad que se desliza hacia lo tenebroso y donde los monstruos que acechan los llevamos casi siempre dentro de nosotros mismos.

Ariadna Castellarnau, profesora de literatura y periodista cultural leridana afincada durante más de una década en Argentina, se ha traído del otro lado del Atlántico esa vibración de la literatura que borra los límites de la realidad sin dejar nunca de resultar verdadero todo lo que se nos cuenta.  Nos habla de un zahorí inquieto porque su hija no desarrolla el don de encontrar el agua subterránea, un chico con cuerpo de pez que vive en la piscina y al que sus padres han convertido en atracción ferial para montar un boyante negocio familiar, una niña solitaria que ve acercarse las excavadoras que derribarán su casa de tablones en un lugar desolado para construir apartamentos de lujo, un bebé inesperado o quizá imaginario que acuna la mujer de una pareja desorientada, un sicario que lleva y trae mujeres del tráfico sexual que se topa una extraña niña en el lugar de recogida en mitad de la noche y hay algo en ella que trastorna a ese hombre que no conoce la piedad…

Tras la novela urbana de corte realista de los años 90 que difumina ese realismo con el auge de la autoficción en el cambio de siglo, vemos cómo hay una generación de escritores (muy fuerte en Argentina, con autoras como Mariana Enríquez, María Gaínza o Selma Almada) que exploran territorios en la frontera de la realidad, no para elucubrar fantasías alambicadas o pirotécnicas, sino para ofrecernos con sutilidad penetrante una verdad más compleja y poliédrica que la de nuestros limitados cinco sentidos. Castellarnau, que ha vivido muchos años en Argentina, se suma a esos escritores que miran por el ojo de la cerradura de lo cotidiano y descubren unos fantasmas que no vienen de ultratumba ni llevan sábana sino que nacen del propio interior. Nuestro vecino, el repartidor de Amazon, el electricista, incluso nosotros mismos somos el fantasma. Y, en sus relatos, quienes tienen un especial don para detectar esos quiebros de la realidad son los niños, que tienen los ojos abiertos todavía a la capacidad de asombro.

Ariadna Castellarnau explica a LIBRÚJULA que “El cuento de hadas es un género que me interesa mucho y está llenos de niños a los que les pasa de todo. Hay una parte de contenido educativo de advertencia a los jóvenes sobre salirse del camino pero también los cuentos de hadas son muy perversos, están llenos de situaciones tremendas y hablan de todo lo que es tabú, como el incesto o la pederastia”.

Sobre la potencia narrativa del género fantástico, opina que “Estamos en un momento en que el realismo está en crisis. Durante mucho tiempo se ha creído que el realismo era el único género que podía ofrecer una  crítica sobre la realidad, cuando la ciencia-ficción y el género fantástico es algo que han estado haciendo desde siempre de manera muy intensa. Es un ejercicio filosófico que viene de la reflexión de que la percepción es engañosa y lo que vemos no es lo que es. Lo que hay es una crisis a nivel literario porque muchos se dan cuenta de que para acercarse a la realidad no alcanza con representarla. Hay otras puertas y otros modos más tangenciales de conseguirlo.”

La suya es una literatura de cotidianidades desenfocadas que hace emerger los fantasmas interiores de sus personajes. Sobre esa búsqueda subterránea del escritor, considera que “somos seres muy narcisistas, muy pegados a nuestra propia experiencia y muy ensimismados en nuestro sufrimiento y la literatura se hace eco, porque el escritor por definición es alguien ensimismado que indaga en su interior”.