Leer proporciona placeres licuantes que, por otra parte, resulta cansino andar ensalzando ante el inmenso batallón de los escépticos y los apantallados. Pero hay uno en el que no se suele hacer demasiado hincapié: descubrir el hilo invisible. Todos los libros que se han escrito, incluso los que no se han escrito y se han armado en la cabeza de quienes los contaban en voz alta al calor del fuego o al frío de la intemperie, están de alguna manera conectados en una malla. Porque todo pensamiento está contaminado de lo escuchado, percibido, intuido o soñado. Todo relato está atravesado por todos los relatos anteriores que nos han llegado, directa o indirectamente, enteros o como ecos, ese aerosol vírico que flota en el aire que respiramos y nos contagia sin saberlo: la lectura, el cine, las historietas del patio del colegio, los concursos de la tele, el teatro, los mítines, youtube, los chistes de Lepe, el Telediario, las batallitas del abuelo… la croqueta que hagamos con todo eso depende de nuestras manos y del pan rayado de la imaginación.   ANTONIO ITURBE