El profesor de Historia de la Universidad de Granada, José Soto Chica, ha ganado el Premio de Narrativa Histórica de Edhasa por El dios que habita la espada. Una novela que muestra el intento de Leovigildo de pacificar la desgarrada y peligrosa Hispania del siglo VI.

Texto: Antonio ITURBE

 

El profesor de Historia de la Universidad de Granada, José Soto Chica, ha ganado el Premio de Narrativa Histórica de la editorial Edhasa por El dios que habita la espada. Una novela que muestra el intento de Leovigildo de pacificar la desgarrada y peligrosa Hispania del siglo VI.

Tras la marcha de los romanos de la península expulsados por el furor de los bárbaros llegados del norte, en el año 568 Hispania es un caos donde impera la ley de la espada más fuerte y se suceden los sangrientos enfrentamientos entre grupos y facciones.  La península ibérica lleva años sumida en una guerra civil que no parece tener solución. Pero el rey visigodo Leovigildo que tiene un sueño: ser rey de un reino fuerte y unido bajo una única ley, que acabe con los constantes levantamientos y disputas sangrientas. No va a ser fácil imponerse a violentos señores de la guerra que primero te degüellan y después preguntan. Ahí su segunda esposa, la reina Gosvinta, una mujer fuerte e inteligente con su propia idea de cómo han de hacerse las cosas, desempeñará un papel crucial, no siempre de acuerdo con el de Leovigildo.

Y es a ese momento convulso en que Leovigildo intenta ordenar el desorden visigodo -un paso crucial hacia la unificación de lo que hoy conocemos como España- que nos traslada la novela de José Soto Chica. En el acto de entrega del premio Edhasa, el autor ha explicado que “el del siglo VI es un tiempo a caballo entre la antigüedad que representa el mundo romano y una Edad Media que aún no ha llegado. Leovigildo quiere unificar un reino fuerte que logre pacificar esas revueltas constantes y que sus hijos hereden un reino pacificado. Funda el reino visigodo de Toledo, que va a ser crucial para conformar la edad Media en España y su genio militar le lleva al éxito. No solo lograr armar una administración estructurada sino también una cultura. Sin embargo, la ambición que le lleva al éxito político le lleva también al fracaso personal: dejar de lado a su mujer para realizar un matrimonio de conveniencia y acabará por entrar en guerra contra su propio hijo, Hermenegildo”.

De ahí que El dios que habita la espada sea una historia de muchos matices, donde la presencia de la reina Gosvinta es fundamental: “Las mujeres visigodas eran letradas y poderosas, es una sociedad mucho más culta que la Francia merovingia o la Gran Bretaña de anglos y sajones. Sabían leer y escribir, eran mujeres que tomaban decisiones en la política. Gosvinta fue reina dos veces y armó un sistema de alianzas diplomáticas internacionales muy importante. De hecho, Gosvinta era mucho más moderna que su marido Leovigildo. Él era un nostálgico del Imperio Romano que copiaba su ceremonial en la corte y se vestía como un emperador romano, que es lo que le habría gustado ser. En cambio, ella quiere avanzar, ya es una mujer medieval que se ha quitado de encima el lastre del mundo antiguo”.

La mala imagen de los visigodos durante décadas se debe precisamente a que fueron quienes acabaron con la civilizada e imperial Roma y convirtieron la palabra “bárbaros” (extranjeros) en un término peyorativo. José Soto Chica cree que “la historia es golosa para los políticos. Se ha manipulado mucho a los visigodos. Naturalmente que eran conflictivos y violentos. Su dios principal se convertía en espada y ellos asentaban su dominio en el hecho de ser una casta guerrera, pero sin el pueblo visigodo no se puede entender la conformación de la Edad Media en esta parte de Europa. Precisamente, esa dificultad de gobernar sobre una nobleza tan levantisca que se volvía violentamente contra cualquier imposición hace que el reinado de Leovigildo sea tan difícil y meritorio. Es un mundo violento, pero del que brota un importante florecimiento cultural y el siglo VII en Hispania es mucho más brillante que en gran parte de Europa”.

El autor apunta que “la documentación de la época es escasa y a menudo ardua: hay cartas administrativas y códigos legales que son muy ásperos de seguir y eso también ha desalentado a muchos historiadores. Pero yo llevo 20 años en ese tiempo y es una época que está en mi cabeza. Por eso no me ha sido difícil escribir esta novela. Era como si estuviera ahí y me fueran contando su historia.”

Tiene su cabeza llena de datos de la época visigoda y, de hecho, es autor de un importante ensayo sobre la época (Los visigodos, hijos de un dios furioso en la editorial Desperta Ferro), pero aunque ha querido que en su novela los personajes sean coherentes con la verdad histórica también ha sido muy importante para él “darle a la novela carne y sangre… ¡que esté viva!”

José Soto Chica fue militar profesional y estuvo destinado en la misión de paz de la ONU durante la Guerra de Bosnia Herzegovina. Un accidente con explosivos le hizo perder una pierna y perder la vista, lo que lo llevó de nuevo a retomar su gran pasión de siempre: el estudio del pasado. Actualmente es un respetado doctor en historia y aúna a sus conocimientos un sentido del humor envidiable. Afirma que “tiene mucho morbo para un historiador ciego ocuparse de las edades más oscura”. Y asegura con apasionada convicción que “Para mí la Historia no es una forma de vida, es la vida”.