La recuperación de “Una mujer endemoniada” (RBA) nos abre el muestrario de un vendedor ambulante que expone en la América profunda de los años 1950 una variada gama de posibilidades de la mezquindad humana.

 

Texto: Sabina FRIELDJUDSSËN

 

Jim Thompson escribió veintinueve novelas y un montón de relatos apresurados, turbios; un puñado de historias que cortan las venas del sueño americano. La narrativa de Thompson no tiene la truculencia ni la sofisticación de los asesinos en serie de los thrillers actuales, donde los criminales se dedican a tatuar a cuchillo a sus víctimas los signos del zodiaco o la tabla de multiplicar. En las novelas de Thompson, como esta, todo es mucho más sencillo, más básico, más vulgar, y por eso infinitamente más perturbador.

La recuperación de Una mujer endemoniada nos lleva al núcleo del universo Thompson en una caída por la que nos despeñamos casi desde la primera página: un cobrador de morosos de unos grandes almacenes y vendedor puerta a puerta que falsifica los estadillos para irse quedando con algún dinero y que parece llevar tatuada en la frente la palabra “perdedor”; una anciana dispuesta a matar por una cubertería nueva con falso baño de plata; una muchacha tan desvalida e ignorante que cree que ese vendedor que no tiene dónde caerse muerto puede ser su salvavidas. Aunque el mayor error será el de él, que cree que con su brazo mal alimentado puede torcerle el puño al todopoderoso destino. Tal vez no sea la mejor novela de Thompson, pero está en ese puñado de libros suyos en estado de gracia donde consigue dejarte pegado a las páginas con ese engrudo caliente de realidad que chorrean las hojas.

Aunque sus personajes puedan parecernos arquetipos, las fuentes de Jim Thompson eran la cruda realidad. Empezó la documentación de sus novelas de niño, mucho antes de que supiera que sería escritor de novela negra. Su padre ejerció de sheriff y tuvo que dejar el cargo por corrupto, no está claro si más o menos que el sheriff de 1280 almas. El padre se dedicó a la explotación petrolífera y ganó dinero con todo tipo de chanchullos, pero la opulencia le duró poco y cayeron en la bancarrota. De muy jovencito, Jim se puso a trabajar de botones para traer dinero a casa y luego encontró un pluriempleo como redactor de la sección de sucesos del diario local, en su pequeño pueblo de Oklahoma. Sus primeras lecturas policiacas fueron los propios sucesos de los crímenes reales.

Cambió varias veces de trabajo, vagabundeó por el país y, como Dillon, el protagonista de Una mujer endemoniada, un día llegó a una ciudad donde precisaban un vendedor puerta a puerta y decidió probar. Como a Dillon, el trabajo le pareció un asco. Volvió a trabajar de botones en los revueltos años 1920 y redondeaba el sueldo introduciendo en el hotel prostitutas y whisky clandestino; algunas de las botellas se las llevaba puestas él mismo. El alcoholismo sería en él una pulsión intermitente hasta el final de su vida, con altos y menos altos. El crack del 29 lo pilló casado, con tres hijos y un agujero en el bolsillo. Trabajó en una revista agraria y en una fábrica de aviones, dio tumbos y más tumbos.

Finalmente, a los 39 escribió su primera novela y tomó la determinación de estirar esa habilidad suya para escribir sobre sucesos. Se instaló en Nueva York para tratar de ganarse la vida como escritor en un momento de auge de las revistas semanales y quincenales dedicadas a publicar relatos policiacos. Es una etapa de trabajo a destajo, a 200 dólares la pieza. Visita a su padre, que había sido ingresado en un psiquiátrico, aunque el viejo Thompson no quería; Jim tuvo que prometerle que solo serían cuatro semanas y que un mes después él vendría a sacarlo. En Nueva York empezó a escribir febrilmente y en dos semanas redactó una novela entera, pero el estrés y los litros de alcohol lo llevaron al colapso y tuvo que ser ingresado. Cuando salió del hospital, varias semanas después, había pasado más del mes que prometió a su padre, pero no le dio tiempo de llegar al psiquiátrico porque antes le llamaron para comunicarle que se había suicidado.

Sus novelas están impregnadas de esa mirada áspera hacia una realidad decepcionante, pero también tienen una fogosa rebeldía en esa manera en que convierte al héroe en antihéroe, o viceversa. Y hay algo que vale la pena no perder de vista: todos sus personajes, en el fondo del cubo de la basura de la sociedad —perdedores, manirrotos, corruptos, alcohólicos, depravados—, todos tienen sueños. Los Dillon de las novelas de Jim Thompson no son criminales rebuscados e impostados, sino esos hombres y mujeres con los que te cruzas en la parada del autobús aunque no terminen de subirse a ninguno o que le dan vueltas a un café en el taburete de la barra de un bar aunque te parezca que ya debe de hacer mucho que se disolvió el azúcar. Sus vidas tal vez no valen nada, pero en su desesperación son capaces de todo.