El fulgor de las sensaciones o la poesía de la poeta avilesina

Texto: Enrique VILLAGRASA

 

Escribo estas letras apresuradas, pues de nuevo, las letras españolas están de luto. Ha desencarnado la poeta avilesina Marian Suárez (1940). La escritora Natalia Menéndez me ha dado la noticia. Sabía de nuestra amistad. Hace años (2008) tuve el honor de escribir el texto delantal, A modo de prólogo, que abre su retrospectiva poética 1985-2007 con el título Puente colgante sobre el abismo de las sensaciones (Esquío, 2008). Finalicé ese escrito con unos versos, entonces inéditos, dedicados a su Avilés natal, a su Ciudad regresada: “Han pasado los años./ No sé si estoy despierta/ o me regreso en sueños/ a lo que solo entonces/ soñábamos vivir./ Solo sé que es invierno/ en la mirada,/ y que admiro en silencio/ el alma que esta ciudad enseña/ tras la noble corteza/ de su perfil austero/ y arrogante”.

Hace algún tiempo también: áspero pasado, tuve la suerte de que contestase a unas preguntas, en una pequeña entrevista para esta revista Librújula, pero en papel, y nos decía que “los y las poetas han de adentrarse en lo más esencial, y lo más esencial no sólo reside en su yo más íntimo -que también-, sino que ha de mirarse en el espejo de una realidad, en sus zonas más oscuras, e intentar, a través de la poesía, denunciarlas”.

Lo ciertos es que nunca nos vimos en persona, siempre por teléfono o por correo: carta o electrónico. Hablábamos de todo, incluso de sus hijas Olga y Pino. También de poesía y poetas. Siempre tuvo en gran consideración a José Luis García Martín y a Aurelio González Ovies, con quien escribía unos cuadernillos poéticos, Fíbula de Poesía, sin firmar: una especie de juego diríase para que la persona lectora adivinase de quién eran los versos.

Y para que la persona lectora que quiera se acerque a su poesía, pues no hay mejor homenaje a una poeta que leer sus obras, recogidas casi todas en esa retrospectiva poética antes citada, les explico un poco qué era la poesía o el poema para Marian Suárez: ese resultado de ordenar ese caos que la realidad nos presenta fijándose hasta en los detalles más pequeños, ahí sin ir más lejos reside la poesía, en ese saber mirar y ver lo minúsculo. “Escribo los silencios” (título de su primer libro, por cierto) decía. Así pues, la poeta recogía en distintos florilegios esa escritura del momento o esos sus procesos poemáticos, como la vida y el testimonio de la misma, la emoción estética de las cosas heridas, el amor, el asombro y la reflexión implicada en la lírica del conocimiento y el consabido acaecer dialéctico de nuestra existencia: “los instantes más fríos/ los amaneceres más secretos”.

Por esto la poeta Marian, que fue una mujer como otra, a pesar de ser periodista, tuvo esa sensibilidad especial que contemplaba, que admiraba, que reflexionaba y con todo esto actuaba: o sea escribía poesía: y su poesía es lo que es: testimonio, esfuerzo, un acto propio de ella. Además, poesía de una tremenda frescura, ágil, sencilla, puesto que en ella está el suceder de la mujer, de su experiencia y su proceso reflexivo. Todo ello enriquecido con la vida como concepto: ella fue siendo, diríase. Vivía y escribía acompasada a los ritmos de la vida: “es llevar hasta el límite el deseo,/ la jugada maestra del más fuerte”.

Por eso, sus versos se fundamentan donde están sus raíces, sus pensamientos, su visión del mundo, sobre todo en la emoción del propio ser frente a su desvalida desnudez. Era una mujer apasionada en todo lo que hacía. ¡Doy fe! La poesía de Marian Suárez es de las que implica y conmueve, su lectura no dejará indiferente a nadie. Gozaba y goza del don preciso de su intuición, más allá de la página. Es una poesía que surge de esa necesidad de escribir en busca de la isla que intuye. Tuvo una gran fe en el lenguaje y en la capacidad reveladora de la palabra poética: “Aquella misma noche quedó presa en los adagios/ de la melancolía”.

No quiero acabar esta necrológica elegíaca sin este poema que me envío sobre el oficio de la persona poeta, sobre su admirado oficio:

 

Y quiso ser poeta para abrir bien los ojos

a la orfandad de la belleza

acercando hasta las nubes sus prendas

del interior más propio.

Porque es tan sólo la belleza quien proporciona

a los poetas

el apostar en exceso por la muerte si ella,

la belleza, les faltara.

Y cuántas noches, lo hermosamente humano,

adquiere privacidad de lo absoluto

en los ojos abiertos de la otrora muchacha

que muy pronto encendiera

por vez primera el fuego de ser poeta.

(Han pasado los años y hoy son sólo cenizas

lo que antaño fue hoguera)

 

¡Descansa en paz, querida y admirada Marian Suárez, y gracias por escribir!