«Me muero» es el último poemario de la reconocida escritora y poetisa malagueña que hoy llega a las librerías

Texto: Enrique VILLAGRASA               

 

La reconocida y premiada novelista malagueña Isabel Bono (1964) nos sorprende con un nuevo poemario Me muero (Bartleby), con sobresaliente prólogo de Juan Marqués. Y hoy 1 de febrero se distribuirá por las librerías. Un libro donde los títulos de los poemas son aforismos que me recuerdan algunos del Oráculo manual y arte de prudencia del bilbilitano Baltasar Gracián (1601-1658). Y los poemas, con notable ritmo, dan ese tono necesario para ser uno de los mejores monólogos tragicómicos que he leído de tirón. Creo que es su brillante poemario de madurez. Con él se consagra y entra a formar parte del canon heterodoxo: Bono y su escritura es pura transustanciación poética. Además, todos sus fantasmas anidan en estos poemas: «no es humo ni ceniza/ lo que ahora nos ciega». Dos significativos heptasílabos donde le duele la vida, que dan la talla de esta su poesía.

Creo que la poeta, que condensa el pensamiento sabiamente, tiene un talento natural y conoce la tradición poética, aunque utiliza el verso libre para escribir de forma coloquial, con vocabulario claro, preciso y escogido, y con esa destacada economía del mismo lenguaje. Además de ser maestra en el uso del verso renovador, sujeto a ritmo: idea e imagen. De hecho en Me muero hay poesía porque existe esa intuición de presencia que afecta a la escritura de Isabel, donde todo y nada es un paisaje de dudas: “y tus dudas no detienen el tiempo/ y tus dudas no detienen la luz”.

Juan Marqués en su prólogo explica que: “Beckettiana y un tanto nihilista (aunque ella reniegue del nihilismo de Beckett y del suyo propio), Isabel Bono nos invita en cada libro suyo a una nueva fiesta. Y no es una fiesta del abatimiento, sino, ante todo, una fiesta de la sorpresa. En el hogar de Isabel Bono las fiestas son, digamos, ‘totalitarias’: allí se celebra todo, incluso la convicción creciente de que no hay nada que celebrar. En el jardín, los agradecidos miramos las estrellas; dentro, por los sillones, languidecen los invitados más alicaídos, pero Isabel nos atiende a todos, se preocupa por todos, a todos escucha y a todos nos acaba complaciendo. Aunque en la literatura de Bono mucha gente salta por la ventana, esa obra en marcha es una vivienda hospitalaria, generosa y ‘ecuménica’ en la que permanecemos satisfechos tanto los hímnicos como los elegíacos. Y es que en la casa de la buena literatura siempre hay una chimenea encendida, pero en la casa de la poesía siempre ha de haber, además, un pozo”. Con agua clara y fresca, diríase.

Muy significativa es también la cita del poeta, malagueño, Alejandro Robles, que abre el libro: “había olvidado el placer/ de donar esta sangre/ a un papel herido/ la vida aún húmeda/ sobre mis hombros”. Bono se bate el cobre con la poesía, con su lenguaje, y se deja jirones de su alma en la escritura, como debe ser en poesía o no ser poeta: “no sé de qué hablan cuando dicen frío/ no sé de qué hablan cuando dicen silencio”.

Cabe apuntar que la poeta es autora de Bartleby, donde ya ha publicado Pan comido (2011) y Lo seco (2017), elegido por el Gremio de Librerías de Madrid como finalista en la categoría de poesía al mejor libro del año en 2018. Sus poemas han aparecido, entre otras, en las antologías La manera de recogerse el pelo. Generación Blogger (2010) y (Tras)lúcidas. Poesía escrita por mujeres (1980-2016) (2016). Y con su libro Una casa en Bleturge (Siruela) ganó el perseguido premio de novela Café Gijón, en 2016. Y del año pasado se publicó Diario del asco (Tusquets), su segunda novela, que está entre los finalistas del premio de la crítica de Andalucía, todavía por otorgar.

demasiado oscuro

hay días que no saben amanecer

no días sin sol, días sin día

 

sus noches son insectos

que crujen en una hoguera

 

brillan sus diminutos huesos

brilla nuestro dolor

empujan a dejarlo todo

ordenado sobre la silla

a quitarnos las gafas

apagar las luces

 

el asfalto del mundo

parece correr por nuestras venas

 

pero de repente los dedos

de quien amamos

recorren nuestra espalda

 

y por un momento

el dolor desaparece

 

y todo vuelve a empezar