En “Cuaderno de historia” (Pre-Textos), Rico nos abre las ventanas de su casa y de sus recuerdos con este libro de poemas.

 

Texto: Enrique VILLAGRASA

 

Notable madurez poética de Manuel Rico (Madrid, 1952) en Cuaderno de historia (Pre-Textos). Así de sencillo. Estamos ante una poesía escrita con buen ritmo por un poeta que sabe definir la existencia de los años de nuestra educación: los que nacimos en la década de los 50 nos vemos fielmente reflejados: “y era el barro en la calle./ Y el silencio”. Es un poemario que he leído con tranquilidad y perdiéndome entre sus versos, mirando por esas ventanas que nos abren estos singulares y significativos poemas: “La ventana de las casas en que he vivido”.

Abren el libro dos poemas señeros, cual delantal de entonces, con guiños a la patria del ser humano, que decía Rilke, la infancia: aquellos cuarenta años de oscuridad medieval; y al cruel abril de Eliot, fatídico en este caso. El poemario, bien apoyado en citas cuidadosamente escogidas: de Levertov, Fermín Herrero, Caballero Bonald, Eliseo Diego, Josep M. Rodríguez, Szymborska y Sharon Olds,  se divide en seis partes: Así se hizo, Itinerario, Presente en fuga, Intemperie (poemas en prosa), Deudas (músico literarias) y Volver a la casa, más un curioso epílogo: “la salvación quizá habite en el poema”.

Es la historia de la vida de los años 50, 60 y 70, que fue tal vez muy dura para muchas familias, a veces incluso con falta de esperanza. La memoria es un arma de doble filo, pues no siempre es fiel, casi siempre te traiciona: aunque todo sea del dominio de ella y del ejercicio del recuerdo. Del material que ha almacenado en este Cuaderno de historia su autor se nutre este libro tan cercano en el tiempo: “un silencio de alcohol y usados naipes”.

Hay caminos que se entrecruzan, hay contradicciones de clase, hay violencia, marginación, malestar económico y social en definitiva. Y hay amor y dolor. Es ese narrador poético el que nos muestra aquel mundo donde el franquismo paseaba a sus anchas. Domina el lenguaje con precisión y maestría, utilizando ese lenguaje que nos es tan querido: el de la conversación común, pero empleando siempre la palabra exacta; evitando todos los clichés al uso; y con una musicalidad verbal justa y necesaria. Incluso en los poemas más duros (calle Atocha, número 55): “cruzando los crepúsculos de un gris casi industrial y descampados/ que aún llevaban pobreza en las rodillas y miedo en la garganta”.

Este descubrimiento de la poesía de Rico, en este libro, me ha sorprendido e iluminado a la vez. Es un poeta en perfecto equilibrio entre lo que es la palabra reveladora (en poesía hay que velar y revelar) y mirada crítica: no hay que olvidar que recordar es volver a mirar. Es un poeta que domina ese caminar por el filo de la certeza de esa realidad que plasma sin pleitesías de ninguna clase. Y si a esto añadimos ese epílogo referencial, miel sobre hojuelas: “quienes vimos la noche y la agrietamos”.

Tal vez sea el libro de poesía que mejor plasme aquellos años de nuestra vida, de una infancia de palio, de un mundo condicionado por la familia, el municipio: léase barrio, y el sindicato: léase realidad y política: en esa “Manejable vida”. También hay mucho amor y mucha ternura, apenas alguna decepción: “un mundo no vivido al que llaman herencia”. Es, en definitiva, un libro crónica real de aquellos años que nos hicieron hombres y mujeres, en la España franquista. No sé si despertará conciencias; pero, sí sé que es un libro firme y que conmoverá a toda persona que lo lea: “La mano de los abismos y de la claridad para mi miedo”.

Manuel Rico es poeta, narrador y crítico literario. Licenciado en Periodismo, ha colaborado en diversos diarios y revistas (El Mundo, Cuadernos Hispanoamericanos, Ínsula, Letra Internacional, Mercurio, Turia…). Ejerce la crítica de poesía en el suplemento Babelia, del diario El País. Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores y con Un extraño viajero obtuvo el IX Premio Logroño de novela. Su último libro publicado es Escritor a la espera. Diario de los 80 (2019).

Quiero señalar, por último, que hay un poema excelente que por sí solo justifica el libro: Ese desconocido, que trae ecos de aquella famosa película: ¿Conoces a Joe Black?:  “Nadie le preguntó su nombre, nadie lo sintió ajeno cuando llegó/ a la casa”.

 

Dormitorio propio

La habitación del niño

jamás definitiva. Tierra

del tránsito y de los años fugaces,

la ventana a la calle, el libro muerto,

la colcha diferente y el armario

despojado, al final,

de la ropa infantil, de los olores nuevos,

de los amaneceres

dee fiebre y tos ferina.

 

La habitación, también,

del color algo ocre de las pesadillas, del terror

hacia lo que no se conoce, de los espejos

donde asoman abismos

y caricias negadas.

 

La habitación del niño

que fuiste alguna vez

todavía te huele y te recuerda.