Hubo en los años 80 en España una movida literaria que refrescó el ambiente con nuevas voces y algunas de ellas forman la malla de los autores españoles más influyentes en la actualidad: Javier Marías, Rosa Montero, Muñoz Molina, Almudena Grandes…Siempre me había llamado la atención que uno de los que más brilló al principio en esa nueva narrativa de los 80, el leonés Julio Llamazares, con sus asombrosos libros de lluvias amarillas y lunas de lobos, en el momento del aullido del éxito diera un paso atrás. En los premios y actos literarios rutilantes preguntabas por él y te decían que andaba por ahí, en su laberinto, extraviado por las montañas de León y las ensoñaciones. Ahora que tanto se reivindica la modernidad del Nature Writing y se ha descubierto la España vacía igual que Colón descubrió América, pocos recuerdan que ya había llegado ahí el vikingo Llamazares 35 años atrás.

La reedición en una edición maravillosamente ilustrada por Adolfo Serra de Memoria de la nieve, un poemario indistinguible de su narrativa porque todo está hecho de la misma masa de bosque y niebla, lo explica todo. Nos lleva por esos montes del norte en los que la noche nos golpea con su aluvión de arándonos y estrellas, donde ladran los mastines y hay espirales de miedo en las gargantas de los gallos. Dice Llamazares sobre este libro: “La memoria es como la nieve, escribes sobre ella y mientras escribes se va derritiendo. Es como si siempre escribiera sobre la nieve, no sobre el papel”. Y, sin embargo, lees estas páginas 35 años después con la misma emoción y el mismo olor a tierra mojada; una literatura que no se funde con el paso de los años. ¿Quién dice que Llamazares no ha alcanzado el mayor de los éxitos?  ANTONIO ITURBE