“Ruta de escape” es la historia del alto mando nazi Otto Wächter y un relato que desvela las oscuras conexiones del Vaticano con los nazis y los Estados Unidos nada más comenzar la Guerra Fría.

 

Texto: David Valiente.

El último libro del abogado, escritor y profesor Philippe Sand, Ruta de escape, debería ser de obligada lectura en los institutos de todos los países. En realidad, su anterior libro, Calle Este-Oeste, y el que ahora mismo está subiendo en el horno de la creación literaria, que como confesó en la entrevista que tuvimos por Zoom “España tendrá una participación importante porque trato el caso de Pinochet y el juez Garzón”, también deberían ser leídos por todos los  adolescentes. En su libro, Philippe Sand encarna todas las divergencias que coexisten en el ser humano a través de Otto Wächter, un alto mando nazi que mandó ejecutar a miles de personas, pero que, sin embargo, era un padre amantísimo, preocupado por el futuro de su familia,  y de Charlotte Wächter, su mujer, cómplice de las abyecciones de su marido Otto, saqueadora de museos, buena madre con sus hijos y abuela complaciente con sus nietos.

Entre la abundante descendencia de los Wächter, Horst von Wächter asume hoy en día la responsabilidad de limpiar la memoria de su padre y su madre. A sus 81 años, sigue defiendo la inocencia de su progenitor, al que se le acusa, entre otros crímenes, del asesinato de miles de judíos en Polonia. Lejos de provocar irritación, su defensa ciega despierta la lástima. Es comprensible el amor, también ciego, que profesa por su padre y que es el amor que cualquier otra persona manifiesta por un ser querido.

Dejando a un lado la semblanza familiar, Ruta de escape (Anagrama) también es un relato histórico donde se desvelan las oscuras conexiones del Vaticano con los nazis y los Estados Unidos nada más comenzar la Guerra Fría. Pero, por encima de todo, es un relato que enseña la verdadera identidad de la especie humana, de la que ninguno de sus integrantes puede huir.

¿Cómo despertó su interés por Otto Wächter?

Conocí la historia de Otto Wächter a través de mi abuelo, mientras estaba embarcado en la escritura de mi anterior libro, Calle Este-Oeste. Resulta que Otto fue gobernador de Galitzia, lugar de residencia de mi abuelo. Además, en diciembre de 2011 tuve mi primera reunión con Niklas Frank, hijo de otro alto mando nazi de nombre Hans Frank, quien me puso en contacto con el hijo de Otto, Horst von Wächter. Juntos realizamos un documental para la BBC, y en una de las presentaciones Frank acusó a Horst de ser un neonazi. Horst se defendió negando tales acusaciones, y me preguntó de qué manera podría demostrarlo. Le sugerí que donara los documentos de la familia a un museo, a lo que se mostró conforme. Pero antes me entregó una memoria USB con una copia de los 10 000 documentos de la biblioteca familiar, que tardé cuatro años en leerme.

Al igual que en su anterior libro, construye un relato muy íntimo sobre dos personajes reales y muy poco conocidos por el público, ¿cómo trabaja las fuentes?

Sigo el mismo método que empleo como abogado en los tribunales internacionales. Empiezo con un montón de materiales que comprimo hasta poder ceñirme en los detalles. En este caso, el proceso fue largo y lento, pues los papeles estaban en alemán y tuve primero que transcribirlos y después traducirlos; los leí en profundidad con el fin de encontrar patrones de todos los temas que me interesaban: amor, crimen, escape… No obstante, la tarea se complicó a partir de 1945. En ese momento, algunos de los protagonistas pasaron a la clandestinidad por lo que emplearon nombres en claves que me obligaron a trazar nuevas conexiones para identificarlos. Tres años tarde en averiguar la identidad del “hombre religioso” que Otto menciona en una carta enviada a Charlotte el 29 de abril de 1949. Es un trabajo detectivesco.

¿Otto Wächter fue una buena persona? Eso defiende su hijo.

Voy a medir mis palabras en esta respuesta. Desde luego no fue una persona perversa, pero sí hizo cosas malvadas. Era capaz, también, de hacer cosas decentes, tenía humanidad, amaba y sabía ser generoso aún con sus debilidades. Para mí el aspecto más fascinante de la pareja es como en ellos residía lo positivo y lo negativo al mismo tiempo. Siempre me pregunto cómo dos personas inteligentes, cultas, con capacidad de amar, se involucraron en un asesinato masivo.

Entonces, ¿Otto Wächter y Charlotte Wächter no fueron monstruos?

Por supuesto que no. Cometieron actos monstruosos, pero fueron seres humanos. Rechazo la idea que afirma que las personas nacemos malas, todos somos capaces de hacer cosas buenas y malas, la pregunta es ¿por qué se hacen esas cosas malas?

¿Y Otto por qué las hizo?

En el caso de Otto se produce una concatenación de sucesos y modos de ver el mundo: la relación con su padre, la pérdida del imperio alemán tras la Primera Guerra Mundial, el nacionalismo, el racismo, el antisemitismo y su ambición. Todo esto confluye para definir los actos de Otto Wächter.

Le hago una pregunta un tanto íntima, ¿qué sintió usted, descendiente de judíos, cuando estuvo delante de los hijos de los asesinos que mataron a miles de judíos?

Mis sentimientos han cambiado a lo largo del tiempo. Cuando conocí a Niklas Frank sentí mucha ansiedad. Me encontraba en frente del hijo del asesino de toda la familia de mi abuelo, aunque sabía que no tenía responsabilidad ninguna. Sin embargo, me cayó muy bien, conecté con su parte humana y aprecié su gran sentido del humor y su honestidad en lo referente a su padre. En cambio, con Horst al principio la relación resultó más complicada al no admitir los actos de su padre. Aun así, me cae bien y debo protegerlo, porque percibo en Horst a un niño pequeño herido que desea simplemente que el mundo sea diferente. Pero no es para nada una mala persona. Además, cuando estoy sentado con ellos en una mesa, comiendo y bebiendo, nos lo pasamos muy bien. Esto es lo verdaderamente importante.

¿Horst Wächter y Niklas Frank deben ser responsables de los actos de sus padres?

Claro que no. En todo caso, sobre ellos recae la responsabilidad de tratar las acciones de sus padres de forma sincera. Unos versos de Shakespeare dicen así: “Medida por medida, la verdad es la verdad, hasta el día del juicio final”. Si no lidiamos con la verdad, esta siempre regresa. Te pongo un ejemplo. En navidad recibí un correo de una historiadora que vive en Viena. En su e-mail me contaba que le habían regalado mi libro en alemán. Su sorpresa fue máxima al encontrarse en sus páginas el nombre de su bisabuelo, un procurador general de Austria, al que echaron de su trabajo y terminaron ejecutando en 1938. La familia conservaba la carta que lo condenó, pero no podían identificar la firma del alto cargo que dio la orden. Gracias al libro descubrieron que el verdugo intelectual fue Otto Wächter. Había descubierto la identidad de la persona que causó tanto sufrimiento a su familia. Sin embargo, no me escribía por ese tema, sino para contarme que vivía en casa de su bisabuelo y que su vecina, amiga suya, era la nieta de Otto Wächter. Descubrimos las conexiones 80 años después.

Usted ha reconocido en varias entrevistas, y leyendo el libro da esa sensación, que la protagonista del libro es Charlotte. ¿Le fue más fácil entender y explicar la historia a través del amor de Charlotte?

¡Exacto! El corazón del libro es Charlotte, porque participa activamente en la relación que Otto mantiene con su padre; además me fascina la historia de amor que durante 20 años mantuvieron y como las dinámicas de poder en la pareja cambiaron. El poder de Otto se manifiesta en los primero 15 años, hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando se convierte en un prófugo de la justicia internacional. Una de mis cartas favoritas la escribe Charlotte en 1949, y le echa en cara que él no hubiera ido a verla cuando estaba enferma: “acaso tú viniste a verme a mí cuando estuve hospitalizada”. En tan solo un día la balanza de poderes cambió, recayendo sobre Charlotte todo el poder que antes tenía Otto. Sin duda, nos demuestra lo más interesante del relato: su parte humana. La verdad, en un primer momento pensé que mi interés se centraría en la cuestión del asesinato masivo, pero al final me atrapó la historia de amor.

¿Charlotte hubiera sido nazi si no hubiera conocido a Otto Wächter?

Por supuesto. Debemos tener en cuenta su procedencia: una familia rica. A los 18 años ella era antisemita, así lo reflejan sus diarios. Hay un pasaje, escrito durante los años que pasó en Londres estudiando, que nos relata como estando sentada en el vagón de un tren “un judío intentó coquetear conmigo”. Esa frase revela mucho sobre su personalidad. Podría haberse quedado en Inglaterra, haberse casado y tener un hijo que ahora sería mi amigo, pero no, decidió volver y formar una familia con un alto cargo nazi. La vida es muy extraña.

En varias entrevistas ha dicho que una de las intenciones de este libro era comprender como se podía amar a un nazi, ¿lo ha comprendido?,  ¿comprende a Charlotte?

Sí, comprendo a Charlotte. En su relación la parte física fue muy importante o al menos la primera descripción que hace de él nos lo transmite de esa manera. Otto era un hombre guapo que ligaba con muchas mujeres y tenía mucho sexo, lo que a Charlotte le resultaba muy atractivo.

Sin embargo, cometieron actos pavorosos.

Los seres humanos somos capaces de hacer cosas horribles y malvadas, y a la vez amar con locura a otra persona; podemos ser genocidas, pero también grandes artistas. Por este motivo escribí el libro yuxtaponiendo la historia genocida de Otto con el relato de una Charlotte que pasa un tiempo apacible en las montañas con sus hijos y agradece a su marido la vida tan maravillosa que les ofrece. Aquí reside la complejidad del ser humano, ¿cómo a un hombre no le tiembla el pulso para firmar una sentencia de muerte masiva, e inmediatamente después con la misma mano y la misma pluma escribe una carta de amor a su mujer? Me cuesta mucho entenderlo. Y lo más trágico es que ocurre en muchos lugares.

Es cierto, parece que no hemos aprendido la lección…

Lo estamos haciendo ahora mismo, solo echar un vistazo a las noticias que llegan desde el Próximo Oriente y África para darnos cuenta de que los hechos se vuelven a repetir. Y tampoco hay que irse tan lejos, en Europa con el renacer de la xenofobia y el nacionalismo, da la sensación de que nos embarcamos en la misma dirección. La gente decente comete actos atroces. ¡Bienvenido al ser humano!

Dos autores de renombre internacional han tenido una participación en el libro. Me refiero a John Le Carré y Javier Cercas, ¿de qué manera han contribuido en la composición del libro?

Leo muchísima ficción y me encanta. Por eso, John Le Carré, Javier Cercas y Curzio Malaparte tienen un papel importante en mi libro. John Le Carré era mi vecino y me ayudó mucho a comprender la historia de la Guerra Fría, especialmente las conexiones entre los nazis, los Estados Unidos y el Vaticano. En cuanto a Javier Cercas, lo conocí en Francia. No sabía quién era ese escritor inteligente- he de confesar que no me había leído ninguno de sus títulos- con una conversación interesante que hablaba de mi primer libro. Nos hicimos amigos y leí todos sus libros traducidos al inglés. Me encanta su escritura, con él nunca sabes qué es real o qué es imaginario. En 2019, Javier dio una conferencia sobre literatura y fe delante del papa. Le dije que si en Roma conocía a un buen cardenal u obispo, que les hablara de su amigo inglés interesado en entrar en el Hospital del Espíritu Santo. Por aquel entonces, me encontraba en Italia con mi hija, y de repente mi teléfono empezó a sonar insistentemente. Eran mensajes de Javier diciéndome: “Ven a Roma, ven a Roma, ven a Roma”. Resulta que tras la conferencia, Javier parlamentó con un obispo y un cardenal, y les habló de su amigo inglés. El obispo y el embajador español en Roma, que también medió gracias a Javier Cercas, consiguieron que pudiera acceder al hospital, tras pasar la noche en la residencia del embajador. El obispo también me ofreció una visita fantástica y privada a la Capilla Sixtina. Recuerdo ese momento, estábamos sentados y le pregunté a Javier: “¿Por qué me ayudas?” Él me respondió: “Porque es más importante entender al verdugo que a la víctima”. Con estas palabras arranca mi novela, un modo de agradecerle toda la ayuda que me ha brindado. Sus palabras han generado controversia en Inglaterra. Los críticos creen que faltan al respeto a las víctimas, porque se enfocan en el verdugo y no en ellas, pero estoy en desacuerdo con quienes me escriben para expresar sus quejas. Yo sí entiendo las palabras y creo que tiene toda la razón del mundo, al menos si queremos evitar que cosas como el genocidio nazi vuelvan a ocurrir.

¿Teme ser malinterpretado y acusado de blanquear el nazismo?

No creo que haya ninguna ambigüedad en el libro. Es más, Horst me envió una carta quejándose porque le parecía que el retrato de su padre es deshonesto; está convencido de la inocencia de su padre. Es difícil leer el libro y no concluir que  Otto fue un genocida y Charlotte su cómplice. Al final del libro, recojo unas líneas que me escribió Magdalena, la hija de Horst, en las que afirma que su abuelo fue un genocida. Por esas palabras Horst dejó de hablar a su hija.